En  1939, el estadounidense Charles Goodyear  descubrió  – por casualidad-  el proceso  químico que más tarde se conocería como vulcanización, esto sucedió cuando mezcló hule con azufre y formó una masa dura y resistente,  sin embargo, hace más de tres mil 500 años, los Olmecas  utilizaron un procedimiento similar para crear pelotas de hule de uso ceremonial, para el juego de pelota y otros utensilios.



En 1989, durante la realización del proyecto de rescate y salvamento de piezas arqueológicas del cerro El Manatí, ubicado al sur del estado de Veracruz, sobre la cuenca del Río Coatzacoalcos; en el  ejido de El Macayal perteneciente al municipio de Hidalgotitlán, los arqueólogos Ponciano Ortiz y María de Carmen Rodríguez, descubrieron 12 pelotas de hule asociadas con ofrendas de hachas (varias de jadeíta).



Los investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), se sorprendieron por el perfecto estado de conservación de las pelotas de hule, pese al paso de los años, y esa situación los llevó a pensar que eran resultado de algún proceso similar a la vulcanización que las hizo resistentes al tiempo y las condiciones atmosféricas en las que se encontraban.



Tras años de investigación y varios estudios en los que participaron especialistas  estadounidenses de Cambridge se logró establecer que  para la creación de las pelotas, los Olmecas,  mezclaron látex del árbol  de hule, cuyo nombre científico es Castilla Elástica con una especie de enredadera con flores llamada Ipomoea alba – cultivada en las regiones tropicales de México-,  la cual contiene látex con sulfuros, es decir, azufre.



Las reacciones químicas que produce la  mezcla de los dos látex permite la vulcanización, es decir,  los átomos de azufre se entrelazan a las cadenas poliméricas de isoprenos del hule, convirtiendo el látex en un material duro y resistente. Mejorando así su uso y durabilidad.



Los antiguos mesoamericanos procesaban el hule o "ulli" de la siguiente manera; realizaban una incisión en el árbol Castilla Elástica para obtener de ahí la savia, que en su estado natural es un líquido lechoso y pegajoso, el cual al secarse es muy frágil y no logra retener las formas.



Este líquido era recabado en vasijas que colocaban al pie del tronco del árbol, por otro lado recolectaban la enredadera cuyo nombre científico es Ipomoea alba, ésta era triturada hasta obtener un líquido, cuando ya se tenía una cantidad suficiente éste era vertido en un recipiente, donde previamente había sido vaciado el látex, después de remover y mezclar aproximadamente 15 minutos, el látex se solidificaba y se formaba una masa blanca que era sacada del recipiente para poderse manejar, entonces comenzaban a moldear las pelotas y otros utensilios como bandas elásticas y figurillas de hule.



A diferencia del proceso descubierto por Charles Goodyear, en el que se necesita de grandes cantidades de fuego para poder realizar la homologación del azufre con el látex,  no es contaminante porque no desprende partículas toxicas.



Los Olmecas, no sólo utilizaban el látex como materia prima para realizar pelotas y otros objetos, sino que también lo ofrecían en sus ceremonias rituales, en forma líquida; además servía como uso cotidiano para la impermeabilización de telas y utensilios.



LAS PELOTAS DE HULE DEL CERRO MANATÍ



Los arqueólogos Ponciano Ortíz y María del Carmen Rodríguez señalan que en el sitio sagrado del Cerro de El Manatí se efectuaron hace más de tres mil años importantes ceremonias religiosas.



Una o varias aldeas, por algún motivo, practicaron subsecuentemente varias ceremonias a través de un largo tiempo que culmina con la ofrenda masiva de esculturas labradas en madera acompañadas de diversos elementos entre los que se encuentran las 12 pelotas de hule.



En el cerro, y de acuerdo con la información de los investigadores, se  descubrieron tres fases de ofrendamiento, en las cuales las pelotas fueron una constante. De la primera fase, fechada mediante el carbono 14 en el año 1600 a. C., se rescataron dos bolas asociadas con ofrendas de hachas.



En la segunda fase, alrededor de 1500 a.C., también se localizaron tres bolas, las cuales se encontraron alineadas hacia el noreste, éstas al igual que las de la primera fase tienen un diámetro que oscila entre ocho y 15 cm.



De la última fase, aproximadamente en el 1200 a.C, se hallaron un conjunto de dos pelotas, que estaban acompañadas por dos bastones de mando, estas bolas tienen un diámetro de 25 centímetros.



Para los arqueólogos este hallazgo demuestra la importancia ritual del juego de pelota, el cual se mantuvo hasta la última fase de las ofrendas. El cambio de tamaño en las bolas, explican los expertos, puede indicar cambios en la forma del juego.



Los campesinos que tuvieron el primer encuentro con estos altares, localizaron por lo menos cinco más, por lo que en total en El Manatí, se rescataron 12 bolas, lo que indica la relevancia de esta ceremonia para los Olmecas.



Pese a que las pelotas se encontraron en muy buen estado de conservación, su preservación ha sido difícil porque no se ha descubierto el proceso para evitar su degradación.
 
No obstante, los especialistas del Centro INAH-Veracruz trabajan en la investigación de métodos para poder conservar estos ejemplares, únicos en el mundo, pues son de gran aporte informativo para entender más sobre la cultura Olmeca, llamada también cultura madre.

Atención a medios de comunicación

 

  Arturo Méndez

 

Suli Kairos Huerta Figueroa
Directora de Medios de Comunicación

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