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INAH rinde homenaje a la antropóloga mexicana Beatriz Barba
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Martes, 05 de Marzo de 2013 15:21
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Antropóloga Beatriz Barba

Es una de las figuras más importantes de la antropología en el país, quien en los años 50 se convirtió en la primera arqueóloga mexicana en titularse.

Galería - Dra. Beatriz Barba



Trayectoria académica de 60 años

 
INAH RINDE HOMENAJE A LA ANTROPÓLOGA MEXICANA BEATRIZ BARBA


*** Es una de las figuras más importantes de la antropología en el país, quien en los años 50 se convirtió en la primera arqueóloga mexicana en titularse

*** El próximo 12 de marzo, colegas, amigos y alumnos destacarán su amplia carrera, que ella misma define como una “especie de ensalada profesional”


La vida y la trayectoria de la antropóloga Beatriz Barba están marcadas por el destino, de niña jugaba a la maestra influida por la profesión de sus padres y hasta el día de hoy, a los 84 años, continúa recibiendo a los estudiantes en su propia casa de Chimalistac, no obstante su condición de investigadora emérita del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

El próximo 12 de marzo, colegas y un buen número de sus amigos y alumnos, le rendirán un merecido homenaje a la doctora Beatriz Barba de Piña Chan, para destacar su amplia carrera, que ella misma define como una “especie de ensalada profesional”, pues lo mismo ha abarcado la docencia, que la antropología física, la arqueología, la museografía, la etnología…

Previo a dicho reconocimiento que le otorgará el INAH a través de la Dirección de Etnología y Antropología Social, y el Seminario Permanente de Iconografía, Beatriz Barba conversa sobre su paso en la disciplina antropológica, mientras hace una pausa en la organización de la biblioteca de quien fuera su esposo, el destacado arqueólogo mexicano Román Piña Chan, para su traslado a la Universidad Autónoma de Campeche.

Al igual que el destino, en los recuerdos de Beatriz Barba el “deber ser” es una constante. Mientras comenta que tomaba los papeles de su mamá, Beatriz Ahuactzin, para “tomar lista”, ella misma considera que “no me quedaba más que ser maestra, no me quedaba otro remedio. Tenía yo que serlo. Afortunadamente pude cambiar y ser antropóloga, pero primero tenía que ser maestra.

“Mis padres eran maestros y los maestros siempre llevan a sus hijos a los museos, es una maldición gitana. Mi papá, Santiago Barba, que era geógrafo, nos llevaba a mi hermano y a mí, a ‘El Chopo’, que era el Museo de Historia Natural, y me fascinaba ver las mariposas disecadas, las “pulgas vestidas” y el esqueleto de una ballena que parecía una macetota porque en su espalda habían crecido hongos y enredaderas. Era maravilloso”.

Con su modo afable, Beatriz Barba señala que a los 21 años y tras cursar en la Escuela Nacional de Maestros, comenzó a trabajar con niños de primaria y, tal vez, un primer acercamiento con lo que serían sus estudios antropológicos, fue una tesis que elaboró sobre los daños en la columna vertebral producidos por el mobiliario inadecuado, circunstancia que observó en sus alumnos.

Este interés por el comportamiento humano la llevó a entusiasmarse por los carteles que anunciaban de forma sensacional las carreras que ofrecía la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH): “¡Tome antropología! ¡Aprenda lo que es el hombre!, además tenían fotografías de los indígenas de Norteamérica y de México”, parodia Beatriz Barba.

Al igual que a su amiga Perla Valle, a Beatriz Barba la convenció el ambiente de la ENAH no solo por el entusiasmo que se veía entre los estudiantes, sino por la dedicación de los profesores, varios de ellos, científicos e intelectuales que salieron de España por la Guerra Civil. Tuvo como maestros a Pedro Armillas, Pedro Bosch-Gimpera, Fernando Cámara, Pedro Carrasco, Juan Comas, Barbro Dahlgren, Calixta Guiteras…

Uno de ellos, Román Piña Chan, se convertiría en su esposo. Para Beatriz Barba, el apoyo que él le dio fue importante para continuar con su carrera, a la par que trabajaba y cuidaba a sus tres hijas. Este esfuerzo se materializó con una tesis sobre el sitio Preclásico de Tlapacoya, y por la que incluso mereció cum laude, convirtiéndose así en la primera arqueóloga mexicana en titularse.

“Desgraciadamente mi amiga Perla (Valle) se tuvo que ir, pensé que toda la vida íbamos a trabajar juntas, pero su marido Silvestre Revueltas (ingeniero y sobrino del músico Silvestre Revueltas) no la dejó […], se fue a Guadalajara y me quedé solita estudiando arqueología, ahí conocí a Piña Chan, ahí —dice entre risas— me regañó la primera y la última vez.

“Afortunadamente me encontré con un marido que entendía la situación de que tenía que ausentarme tiempo por ir al campo. Los trabajadores nunca querían que uno fuera su jefe, en Tlapacoya tuve un ayudante muy atinado, muy cuidadoso, pero un día me dijo: ‘me da mucha pena, pero no quiero trabajar con usted’. ¿Por qué?, le pregunté y me respondió: ‘a mí no me manda ninguna vieja’”.

Finalmente el ayudante se quedó a trabajar y fueron amigos, pero Beatriz Barba reconoce que cursar una disciplina antropológica en ese entonces, en los años 50 no era fácil, un estudio que hizo reveló que 80 por ciento de las alumnas abandonaba la licenciatura para casarse. Y aunque hoy en día, las mujeres engrosan las aulas de la ENAH, tampoco resulta sencillo.

En el homenaje que recibirá este 12 de marzo a las 10:00 horas, en el Centro Cultural Isidro Fabela (Casa del Risco), coordinado por su amiga, la doctora María J. Rodríguez-Shadow, también se destacará la participación de Beatriz Barba en los museos, primero en la conformación del Nacional de Antropología y después, en el Nacional de las Culturas, trayendo a México colecciones provenientes de todo el mundo.

“Cuando nosotros hicimos el Museo Nacional de las Culturas, no había piezas extranjeras y teníamos que conseguirlas con canjes, la gente de otros museos del mundo decían: ‘¡No!, México solo me da cosas de barro, a cambio de nuestras piezas hechas en mármol, en metal’ […]

“Tuvimos que aprender a llegarle a la gente y decirle que eran para que los niños mexicanos conocieran otras civilizaciones. Sí logramos buenos canjes, pero mucho mejores regalos, porque curiosamente los países pobres (varios de ellos de Europa del Este y Sudamérica) estuvieron dispuestos a regalar, mientras que los países ricos de ninguna manera obsequiaron algo”.

También en su peregrinaje por la antropología, Beatriz Barba se encontró con curanderos y brujos, siendo pionera en una línea de investigación que no era considerada “seria”: la historia de las religiones, el estudio de la magia y la brujería, y el esoterismo de las religiones prehispánicas, áreas en la cuales ha brindado valiosos aportes.

A sus 84 años, Beatriz Barba continúa por este sendero que todavía le ofrece —como ella dice— incógnitas y lagunas de información: “no he encontrado los datos suficientes para decir cómo se comportaba la ley frente al pensamiento de la brujería en el siglo XIX, ya hecha la Independencia, si es que le importaba o no le importaba”.

Como antropóloga, la investigadora emérita del INAH se reconoce a sí misma como “un ser humano con sistema nervioso, que se emociona con los reconocimientos, como a cualquiera le gusta que le reconozcan su labor”. Trabajadora incansable, Beatriz Barba ha forjado su propio destino y ha ayudado a muchos más a definir el suyo, por eso el homenaje que recibirá de una institución con la que está comprometida desde hace más de 60 años.

Centro Cultural Isidro Fabela (Casa del Risco): Plaza de San Jacinto, no.5 y 15, San Ángel.

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Última actualización el Martes, 05 de Marzo de 2013 16:54
 

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