*** En el marco del 15 Encuentro Nacional de Fototecas, el Sinafo otorgó al creador la Medalla al Mérito Fotográfico
 

*** El fundador del Centro de la Imagen ve en sus proyectos editoriales y fotográficos actuales los testimonios de una trayectoria que sigue escribiéndose

 

Pablo Ortiz Monasterio (Ciudad de México, 1952) es un hombre de imágenes y de libros, y en esa medida le resulta complicado definir qué tanto de él se concentra en ellos y en qué medida, las imágenes y los libros, lo han construido a él; en todo caso no se detiene en los reconocimientos, aunque se muestra agradecido con la Medalla al Mérito Fotográfico que le otorgó el INAH, a través del Sistema Nacional de Fototecas (Sinafo).

De mirada inquieta y andar presuroso, Pablo Ortiz Monasterio piensa siempre en el porvenir, ahora espera con ansiedad que llegue a sus manos un ejemplar de Akadem Gorodok, editado por RM, un libro compuesto con fotografías que tomó de un centro de física nuclear, en Siberia, un sitio que hasta 1989 había permanecido vedado para cualquiera “armado” con una cámara.
 
Ortiz Monasterio fue uno de los 20 fotógrafos seleccionados para retratar espacios emblemáticos de Rusia, el suyo fue Akadem Gorodok (Ciudad Académica), un lugar “fascinante porque hasta los años 90 representaba el desarrollo tecnológico más sofisticado, el sitio más importante y más avanzado en energía nuclear”. La estética del centro quedó suspendida en el tiempo, como salida de una película sobre la Guerra Fría. 
 
El maestro de la lente fue galardonado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) con la Medalla al Mérito Fotográfico, durante el 15 Encuentro Nacional de Fototecas, que concluyó ayer en Pachuca, Hidalgo, junto con sus colegas y amigos, Lourdes Grobet y Gerardo Suter.
 
Pablo Ortiz Monasterio ve en Akadem Gorodok, en sus proyectos editoriales y fotográficos actuales, los testimonios de una trayectoria que sigue escribiéndose. Así, en su estudio, en Avenida Revolución, al sur de la capital, mientras disfruta hojear su libro La última ciudad, publicado en 1996, dice: “No hay que mirar para atrás. No hay que esperar reconocimientos, de lo que se trata es el futuro y la pregunta que me ronda constantemente es ¿qué puede hacer para que el próximo libro, las siguientes fotografías, sean mejores que lo anterior?”.
 
Entre libros de arte y un retrato de su padre (el prominente cirujano plástico Fernando Ortiz Monasterio), el destacado fotógrafo recuerda algunas anécdotas tempranas que determinaron su vocación. La primera de ellas ocurrió en la casa familiar, cuando sus papás planeaban proyecciones para mostrar las fotos que habían tomado en sus viajes.
 
“Nos iban dando cuenta de cómo paseaban, de cómo eran otras culturas y ahí aprendimos, mis hermanos y yo, que finalmente la fotografía construía todo un mundo que estaba más allá de lo que se veía en una imagen en particular. Fue ahí cuando me di cuenta de la potencia del discurso fotográfico y de cómo no sólo una imagen, sino el conjunto en un orden específico, producía sentido”.
 
A estas funciones se sumó la presencia en la biblioteca de obras como Nómada del mundo: una odisea fotográfica, de David D. Duncan, y The family of man. También, siendo joven, quedó fascinado con la imagen del fotógrafo viajero francés Bernard Plossu, quien un buen día se presentó “con dos gringas hippies, altotas, flacas, guapísimas, y dije: si eso es ser fotógrafo, yo quiero ser fotógrafo. Luego me volví fotógrafo y caí en cuenta de que no era así”.
 
De su estancia en la capital británica, en el London College of Printing, rescató el aprendizaje y la vitalidad rockanrolera de la ciudad en los 70, pero también descartó dedicarse a la “banal” fotografía de moda. Influido por el trabajo de Henri Cartier-Bresson y Manuel Álvarez Bravo, estaba más interesado en la fotografía directa. 
 
De regreso al país se toparía con el “México profundo” del que habló Guillermo Bonfil Batalla. A sus ojos de “ciudadanito de clase media del DF” se presentó “una realidad sorprendente”. 
 
Expresa que las herramientas que aprendió al estudiar Economía, construyéndose una visión política del mundo”, así como de la fotografía, “sirvieron para darme cuenta de la realidad huichol, tarahumara, huave, los mayas, porque no se trata únicamente de hacer buena foto, sino de utilizar un medio de representación para contar cosas”. A la par, con la edición de Los pueblos del viento (1982) nació su otra gran pasión: los libros.
 
Para Pablo Ortiz Monasterio, en la fotografía y en la edición de publicaciones está el arte de escoger para comunicar una idea. Así sucedió con sus imágnes sobre la Ciudad de México, una urbe que durante una década se le presentó como “un monstruo que no se estaba quieto”, hasta que entendió que no haría una descripción de ella. Su interés fue presentar la sorpresa y la energía que asalta en sus calles.
 
Sobre su faceta como fundador de espacios para la reflexión, crítica y difusión fotográficas, como el Consejo Mexicano de Fotografía —al lado de Pedro Meyer— y el Centro de la Imagen, señala que fue cuesta arriba, aprendiendo sobre la marcha en un camino que es a veces ingrato. Sin embargo, las instituciones permanecen, proyectos como la Bienal de Fotografía y el Festival Fotoseptiembre dejaron huella, y esfuerzos editoriales como la revista Luna Córnea son todo un referente.
 
Con la mirada atenta en el monitor, a la par que un cigarro se consume entre sus dedos, Pablo Ortiz Monasterio se muestra entusiasmado al hablar de sus proyectos. Además de Akadem Gorodok, ahora “esculpe” una serie fotográfica en torno a los monolitos prehispánicos como la Coatlicue, una interpretación conceptual y un homenaje muy particular a las culturas mesoamericanas.  
 
Este hombre “obsesivo de las cosas bien hechas”, por ejemplo del libro Mexico: the Revolution and Beyond —que editó y lleva impresos 100 mil ejemplares— ha ido entendiendo con el tiempo una lección que le diera don Manuel Álvarez Bravo: que para tomar una gran foto, hay que detenerse y observar.
 
“Este ejemplo ético de que para hacer mejores fotos hay que ser mejor persona, convertirse en un ser humano digno y sereno, es importante. Tener la capacidad de observar y a partir de la observación entender qué es lo importante y qué debes decir. Se dice fácil, pero cómo batalla uno con sus mezquindades…, no hay que mirar para atrás ni esperar reconocimiento”, finalizó. 


 

Atención a medios de comunicación

 

  Arturo Méndez

 

Suli Kairos Huerta Figueroa
Directora de Medios de Comunicación

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