Dunas, desierto El Pinacate, Sonora. Foto INAH.

 

*** La caminata, de 400 a 500 kilómetros, requiere del conocimiento del desierto, en el trayecto se hacen rituales que desembocan en la obtención directa de la sal

 

*** En las entrañas sofocantes del desierto más seco, este pueblo originario cosechó una cultura de más de tres mil años que mantiene vivas sus tradiciones


 


Parece imposible sobrevivir en la región del Gran Desierto de Altar, en Sonora: el entorno más seco de Norteamérica, con temperaturas de hasta 57 grados en verano, menos de 250 mm anuales de lluvia y kilómetros interminables de arena, pero los indígenas o´odham llevan más de tres mil años adaptados como parte de esa naturaleza. En las entrañas sofocantes del desierto, cosecharon una cultura milenaria que sigue brotando, al lado de los sahuaros, con la sabiduría ancestral, lo que representa una herencia invaluable de esta sociedad, advierte Alejandro Aguilar Zeleny.


Desde 1984, el antropólogo estudia la cultura o´odham. Él es investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en Sonora. Luego de 33 años de interactuar con varias comunidades, conoce la historia y las tradiciones que le han compartido. Bajo un intenso sol de más de 40 grados comenta que esta etnia y sus antepasados han habitado la región del desierto de Sonora por miles de años, donde, siendo nómadas, aprendieron a cultivar una tierra, aparentemente estéril, y además sobrellevaron un gran calentamiento global: el periodo altitermal, fechado entre los años 5500 a 2500 a.C. Un ciclo con temperaturas muy altas y un descenso considerable de lluvias.


Comúnmente, a los o´odham se les conoce como pápagos (frijoleros), término despectivo impuesto durante la Colonia por lo que en la década de 1970, en acto oficial lo rechazaron, dando a conocer oficialmente su nombre en lengua indígena: tohono o´odham (otam), que quiere decir “la gente del desierto”.


Una nación indígena dividida por la frontera internacional


Los pueblos o´odham conforman una nación indígena, son grupos originarios del noroeste de México y suroeste de Estados Unidos. Por estudios arqueológicos y etnohistóricos se piensa que en principio se establecieron en torno al río Gila, en Casa Grande, Arizona, posiblemente descendientes de la cultura hohokam.


Fue una extensa y compleja sociedad agrícola con grandes sistemas de irrigación, que entró en crisis debido, entre otras cosas, al periodo altitermal, cuyas prolongadas sequías afectaron su sistema social, dando lugar a una diáspora territorial con la expansión hacia regiones del desierto y de la sierra, en lo que hoy es el territorio ubicado entre Sonora y Chihuahua.


Al momento que se establece la frontera entre México y EU, en el siglo XIX, la gran nación o´odham quedó dividida en dos países: de este lado de la línea divisoria da la impresión de que los o´odham están desapareciendo, la realidad es que la mayoría vive en la Reserva de Sells, una de las más grandes y antiguas de la unión americana. Actualmente la población en México es de alrededor de 600 personas, mientras que en EU rebasan los 10,000, aunque el territorio de la nación indígena es transfronterizo, explica el antropólogo.


En México habitan en pequeñas comunidades dispersas en el extenso desierto, como Quitovac, Pozo Prieto, El Cumarito, El Bajío, Chuwy y Güsk, entre otras, ubicadas en las cabeceras municipales y diversas localidades como Puerto Peñasco, Sonoyta, Caborca, Altar, Pitiquito, Átil y Plutarco Elías Calles.


Para nosotros el desierto es el mismo en apariencia, dice Alejandro Aguilar pero está lleno de contrastes que resaltan aquella diáspora: un sector de esta compleja sociedad son los hia-ced o’odham (gente de la arena), habitantes de una extensa región alrededor de El Pinacate, conocidos históricamente como “areneños” y “pinacateños”, quienes han sabido obtener los frutos que crecen bajo los inmensos arenales de hasta 200 metros de altura, en el campo activo de dunas más grande del continente americano.


Hay estudios de etnobotánica que ofrecen un panorama de los recursos disponibles en la región del Pinacate: aproximadamente 560 especies de plantas vasculares, al menos 41 de mamíferos, 184 de aves y 43 de reptiles.


En la inmensidad del Pinacate hondea una pequeña bandera mexicana que flanquea la construcción donde se alberga el Centro de Visitantes Shuk Toak de la Reserva de la Biosfera El Pinacate y Gran Desierto de Altar, desde 2013 es Patrimonio Mundial. A solo 800 kilómetros está la frontera con EU. Aquí, Alejandro Aguilar habla de la fortaleza de la sociedad o´odham.


Una peregrinación ancestral


Desde la prehistoria americana quedaron marcadas en el suelo del gran desierto sonorense, las huellas de paleoindígenas que transitaron principalmente desde el norte y este, hacia el escudo volcánico conocido como El Pinacate, donde existen inmensos cráteres. Lograron cruzar valiéndose de un sistema de tinajas naturales que se recargan con agua de las escasas lluvias, y continuaron hacia el sur para converger en las salinas de Bahía Adaír, en la costa este del Alto Golfo de California.


En El Pinacate, además de la evidencia lítica material, sobre el “pavimento del desierto” persisten figuras hechas con piedras y escarbadas en el suelo, quizá  elementos de una comunicación simbólica temprana. También existen, al borde de veredas antiguas, túmulos de piedras de varios tamaños que pudieron ser utilizados por aquellos caminantes para orientarse.


Hacia el oeste del territorio o´odham está el Golfo de California. Antes, las dunas, las pozas ancestrales, los humedales y los sitios de la sal, en torno a los cuales se desarrolló una ruta muy importante en la cosmovisión indígena: la peregrinación por la sal. Rito de paso que reconoce a los jóvenes como adultos.


La peregrinación se conserva hasta nuestros días. La caminata de entre 400 a 500 kilómetros de distancia de sus comunidades, obliga a los jóvenes o´odham a prepararse física y espiritualmente, así como en el conocimiento de los senderos entre tinajas. En el trayecto se hacen una serie de rituales que desembocan en la obtención directa de la sal, considerada elemento sagrado porque da importantes beneficios, como la posibilidad de conservar alimentos pese a las altas temperaturas, curtir pieles para producir indumentaria e hidratar al ganado.


Los grupos de peregrinos deben regresar a sus comunidades con la sal. En principio son recibidos con burlas, como una manera de recordarles que lo logrado es lo que ha hecho posible a esa sociedad. La peregrinación por la sal forma parte de una serie de ritos y creencias relacionadas con la lógica de cómo vivir en el desierto, cómo sobrevivir a sus inclemencias, conociéndolo, sabiendo las rutas y la manera de recorrerlas.


Entre los o´odham de la arena perduran diversos rituales de origen prehispánico que requieren del tránsito por rutas de peregrinación a la orilla del mar, las salinas y diversos sitios de El Pinacate. Uno más es la ceremonia que se realiza durante julio en la comunidad de Quitovac, que requiere la anticipación de una serie de “llamados” y recolecta de plantas sagradas por la región.


Esta ceremonia forma parte de un ciclo ritual en riesgo de desaparición que se conserva prácticamente sólo del lado mexicano. A ella acude y participa gente que vive en ambos lados de la frontera. Unos hablan español y otros inglés, pero permanecen relacionados familiar y culturalmente y comparten una lengua materna en común: la o’odham.


Los o´odham son portadores de una riqueza cultural invaluable que forma parte del abanico multicolor de los pueblos originarios del noroeste de México, ejemplo universal de adaptación humana, concluye Alejandro Aguilar.

 

 

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