Arqueóloga Ximena Chávez. Foto Malitón Tapia, INAH.

 

 

De forma interdisciplinaria

 

*** Más de una decena de especialistas de instituciones científicas, nacionales y extranjeras, indagarán sobre la identidad del personaje vinculado con la primera catedral de la Ciudad de México
 

*** Mediante la osteoarqueología de campo, metodología usada durante la excavación del contexto, se determinó que el ritual funerario del individuo se efectuó en dos tiempos

 

Tras retirar mediante una cuidadosa maniobra la lápida funeraria descubierta recientemente frente a la Catedral Metropolitana, arqueólogos hallaron dentro de una fosa ovalada los restos óseos de quien —por la inscripción tallada en la losa— suponen fue el canónigo español Miguel de Palomares, fallecido hace 473 años en la Ciudad de México, entonces capital de la Nueva España, donde sirvió por más de una década al Primer Cabildo catedralítico. Estudios de osteología y genética, entre otros, ayudarán a confirmar la identidad del personaje.

Raúl Barrera Rodríguez, supervisor del Programa de Arqueología Urbana (PAU) del Museo del Templo Mayor, dijo que luego de que en febrero pasado se localizó la lápida, ésta fue trasladada a dicho recinto museístico en dos partes. Cabe recordar que se encuentra partida casi a la mitad debido a que siglos atrás se asentó sobre ella un poste o la base de una cruz, sin que en ese momento se reparara en la existencia del monumento funerario.

Las maniobras de remoción de la lápida, cuyo peso es de alrededor de 850 kilogramos, se efectuaron de mediados a finales de abril pasado, bajo la supervisión de arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).            

La lápida estaba sellada por una capa de estuco y luego había otro relleno de arcilla fina de 20 cm. Al centro del espacio delimitado por la lápida se observó la fosa ovalada, una oquedad reducida de un metro de largo, 55 cm de ancho y 35 cm de profundidad, donde se halló el esqueleto de un individuo del sexo masculino que tenía aproximadamente 40 años al morir, lo cual concuerda con la edad de Miguel de Palomares, quien presumiblemente falleció a los 42 años.

A lo largo de casi un mes, entre el 27 de abril y el 30 de mayo,  un equipo del PAU conformado por los arqueólogos José María García Guerrero, Mariel de Lourdes Mera Cázares, Jacqueline Castro Irineo, Karina López Hernández y Lorena Medina Martínez, realizó la excavación de este contexto.

La maestra Ximena Chávez Balderas, investigadora del Proyecto Templo Mayor y quien colaboró en estos trabajos, indicó que fue aplicada la osteoarqueología de campo, que consiste en una descripción pormenorizada de las relaciones anatómicas que guardan los restos óseos. Mediante esta metodología fue posible saber que el ritual funerario de este personaje se hizo en dos tiempos.

En un primer momento, el esqueleto atribuido a Miguel de Palomares debió estar contenido en un espacio hecho de madera y metal, a juzgar por las astillas y los 46 clavos de hierro ahí encontrados. Este tipo de lugares —detalló—, conocidos en el ámbito religioso como pudrideros, “tienen la función de reducir los cadáveres a huesos, a partir de la descomposición natural”.

La investigadora dijo que, posterior a este proceso, los despojos suelen llevarse a otro sitio para su enterramiento final. Sin embargo, “en este caso, los restos de este personaje conservaban algunas articulaciones persistentes, lo que implica que no pasó tiempo suficiente en el pudridero; a lo sumo fueron meses o un par de años los que transcurrieron entre su muerte y su depósito final bajo la lápida funeraria”.

Ximena Chávez comentó que aunque el esqueleto ya se encontraba desarticulado cuando lo llevaron a la nueva fosa, los restos óseos fueron acomodados en relación anatómica. “Así, pusieron brazos y piernas del lado que les correspondía y el esqueleto axial al centro. Fue una disposición muy cuidadosa.

De manera preliminar se puede mencionar que el individuo tenía un padecimiento en la pierna izquierda que afectó al fémur y a la pelvis. En la actualidad trabajamos en el diagnóstico diferencial de esta lesión, apoyándonos en el análisis radiológico”.

Dada la importancia de este hallazgo, que supone el primero del periodo colonial temprano, vinculado con un personaje específico, los arqueólogos Raúl Barrera y Ximena Chávez han integrado un equipo interdisciplinario que estará coordinado por 12 especialistas de ocho instituciones científicas, nacionales y extranjeras, cuyo objetivo es indagar sobre la identidad del mismo y su historia de vida.

Por parte del INAH, los especialistas Ximena Chávez y Joel Hernández, este último adscrito a la Dirección de Antropología Física (DAF), estarán a cargo del análisis osteológico y estudiarán el tipo de tratamiento mortuorio al que fue sometido el personaje.

En tanto, Diana Medellín, jefa del Departamento de Restauración del Museo del Templo Mayor (MTM), ha iniciado el tratamiento de la osamenta con una limpieza superficial para retirar el exceso de polvo sobre los huesos, y en zonas específicas donde persiste se aplica una solución especial. Los restos de metal y madera asociados al enterramiento, también serán tratados y analizados por la restauradora.

En lo referente a la investigación de las enfermedades que padeció este individuo, se aplicarán novedosas técnicas. El estudio radiológico estará a cargo del doctor José Luis Criales, de CT Scanner de México, mientras el investigador de la DAF, Joel Hernández Olvera, hará la toma de muestras de sarro (cálculo dental) para realizar un estudio de proteínas encaminado a conocer los posibles microorganismos patógenos que afectaron al individuo.

El análisis molecular de dichos patógenos lo realizará Andrea Jiménez, responsable del Laboratorio de Biología Molecular del Departamento de Zoología, del Instituto de Biología de la UNAM.

La procedencia de los restos óseos hallados bajo la lápida es un punto clave para determinar si se trata de Miguel de Palomares. Es conocido que el canónigo era oriundo de España y falleció en la otrora capital de la Nueva España, en octubre de 1542.

El estudio de isotopía de estroncio, que realizará el equipo de Peter Schaaf, del Laboratorio Universitario de Geoquímica Isotópica, del Instituto de Geofísica de la UNAM, permitirá conocer si el individuo presenta este mismo patrón de migración.

Diana Moreiras, de la Universidad de Western Ontario y colaboradora del MTM, llevará a cabo los análisis de isótopos de carbono, nitrógeno y oxígeno. Éstos ayudarán a determinar la procedencia del personaje y a establecer si hubo un cambio en la dieta con su migración hacia el Nuevo Mundo.

Este último aspecto también será abordado a través del estudio del cálculo dental, que coordinará Julia Pérez Pérez, el cual permitirá conocer si existen residuos botánicos (fitolitos y fibras) que aporten datos sobre su alimentación. La investigadora del Proyecto Templo Mayor además  efectuará el análisis de los sedimentos asociados a los huesos del individuo. La bióloga Aurora Montúfar López, investigadora del INAH, analizará lo concerniente a los macrorrestos asociados al entierro.

El estudio genético tendrá lugar en el Laboratorio de Genética del Instituto de Ciencias Forenses, del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México, y estará a cargo del especialista Mauro López Armenta.

Finalmente, los resultados obtenidos serán contrastados con el estudio histórico que incluirá el trabajo en archivos de México y España, por la investigadora Eliana Maniaci, de la Universidad de Valencia, y de la arqueóloga Lorena Medina Martínez.

Con la conformación de este equipo interdisciplinario, el Programa de Arqueología Urbana espera poder corroborar la identidad del canónigo Miguel de Palomares. Asimismo, se planea que los resultados sean publicados en un volumen dedicado a este caso de estudio y a la excavación de la lápida.

 

 

 

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