Eduardo Matos Moctezuma, profesor emérito del INAH, y Leonardo López Luján, director del Proyecto Templo Mayor, durante la presentación del Coloquio Internacional Χρώμα (croma) Color Tlapalli. Foto: Mauricio Marat, INAH.

 

 

 

*** Esta antigua cultura usó dos paletas pictóricas: una de ellas en códices, que abarca una veintena de colores; y otra reducida a cinco tonos, usada en la pintura mural y la escultura mayor
 

*** Inicio el Coloquio Internacional Χρώμα (croma) Color Tlapalli. El cromatismo en el arte grecorromano y mexica, con la participación de expertos de México, Alemania y Francia

 

Los mexicas usaban dos paletas pictóricas, una de ellas impresa en los códices, y que abarca una veintena de colores; y otra reducida a cinco tonos, que dio vida a la pintura mural y a la escultura de gran formato, que se vinculó con el simbolismo de los puntos cardinales y al centro.

Lo anterior fue dado a conocer por el arqueólogo Leonardo López Luján, investigador del INAH, al inaugurar el Coloquio Internacional Χρώμα (croma) Color Tlapalli. El cromatismo en el arte grecorromano y mexica, que a partir de hoy y hasta el miércoles próximo tendrá lugar en El Colegio Nacional.

Junto con Eduardo Matos Moctezuma, investigador emérito del INAH y miembro de El Colegio Nacional, López Luján abrió el primer día de conferencias de este encuentro académico dedicado a la escultura policroma, la pintura mural y los códices de esas antiguas civilizaciones. Expuso que una posible explicación a la reducida paleta de los murales y la escultórica mexica, es que para resistir los efectos del intemperismo requería pigmentos más resistentes, de ahí que sean de carácter inorgánico; en tanto, los códices al albergarse en palacios, tienen un cromatismo más rico basado en pigmentos orgánicos.

Asimismo, “una paleta de cinco colores en la escultura mexica: ocre, rojo, azul, blanco y negro, podría aludir no sólo a cuestiones prácticas sino al simbolismo asociado a los puntos cardinales y al centro”.

El azul se obtenía mezclando una arcilla que quizá provenía del norte de la península de Yucatán (usada para producir el azul maya) con la planta del índigo, el blanco es calcita, el negro procedía del carbón vegetal, el rojo de la hematita y el rojo vino a través de una mezcla de hematita y titanomagnetita. Estudios de Espectometría de masas indican que estos polvos se fijaban muy probablemente con mucílago de orquídea.

Al hablar sobre Línea y color en el arte escultórico de los mexicas, Leonardo López Luján, director del Proyecto Templo Mayor, comentó que a través del tiempo en México —al igual que sucedió en el caso italiano— se había teorizado sobre el tema, “como si las esculturas estuvieran desprovistas de color”, prevaleciendo los tonos grisáceos, negros y violáceos, propios de las piedras volcánicas de la Cuenca de México que datan del Cuaternario.

El color en el mundo prehispánico se convirtió en un asunto de análisis a partir de la década de los años 70 del siglo pasado y en los 90 aumentó su interés. El hito, concretamente sobre la escultórica mexica, vendría con el hallazgo del monolito de la diosa Tlaltecuhtli, el 2 de octubre de 2016, en las inmediaciones del Templo Mayor de México-Tenochtitlan, de la cual se pudo conservar su policromía.

En el primer día de actividades del Coloquio Internacional Χρώμα (croma) Color Tlapalli, que contó con la participación de los doctores Vinzenz Brinkmann, director de la Colección de Antigüedades del Museo de Münich, y Ulrike Koch-Brinkmann, curadores de la muestra El color de los dioses, cuya estancia en el Palacio de Bellas Artes concluyó los primeros días de  este mes, el arqueólogo Leonardo López Luján reconoció la labor pionera realizada por este matrimonio que comenzó a develar el colorido mundo de la escultórica grecorromana.

Desde la década de los 80, valiéndose de sofisticados equipos de rayos láser, barridos de luces ultravioletas, exámenes microscópicos y análisis químicos, el matrimonio Brinkmann analiza los restos de pigmentos con la finalidad de poder reconstruir su color original.

Escudriñan cada centímetro cuadrado en busca de un rastro, aunque sea mínimo, de los tonos originales: los pigmentos de los colores cristalizaron en tamaños variables, siendo los más finos los más persistentes y los gruesos, más vulnerables; unos y otros se quedaron fijados a las rajaduras del mármol; pero todos ellos sufrieron una erosión de distinta intensidad que dejó una serie de huecorrelieves detectables mediante luz ultravioleta aplicada de forma rasante y que de otra manera serían imperceptibles para el ojo humano.

Este esfuerzo ha servido de guía para otros profesionales, como el italiano Paolo Liverani o el danés Jan Stubbe Ostergaard; mientras en México los pasos más importantes en la materia los han dado investigadores del INAH, adscritos a los museos Nacional de Antropología y del Templo Mayor, y de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Retomando las palabras de Vinzenz Brinkmann, el arqueólogo del INAH abundó que el color imprime vida, naturalismo y realismo en las esculturas; pero también sirve al espectador para que logre una mejor legibilidad de la obra; así como a transmitir códigos y significados muy específicos sobre las mismas.

Al respecto, detalló que un equívoco en torno a las recreaciones cromáticas de icónicas esculturas mexicas, como la Piedra del Sol —ampliamente reproducidas en objetos de carácter comercial—, vino de su asociación a la paleta usada en los códices. 

El Coloquio Internacional Χρώμα (croma) Color Tlapalli. El cromatismo en el arte grecorromano y mexica, continuará este martes por la mañana con la participación de expertos mexicanos, así como de Alemania y Francia, con las conferencias: Antecedentes del estudio de la pintura mural mexica, El registro de la pintura mural por computadora y Restitución cromática de la escultura en originales, dibujos y réplicas tridimensionales.

 

 

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