Entierros prehispánicos

Con dos entierros hallados fortuitamente días pasados, suman ya 61 individuos descubiertos desde 1991 en El Conchalito. Imagen proporcionada por Alfonso Rosales, INAH.

 

 

 

*** Con dos entierros hallados fortuitamente días pasados, suman ya 61 individuos descubiertos desde 1991 en El Conchalito, dentro del área delimitada por el INAH

 

*** Cada entierro ha dado valiosa información sobre las costumbres funerarias de los antiguos indios californios que practicaron rituales de doble inhumación

 

La playa El Conchalito, en La Paz, Baja California Sur, volvió a dar a luz un hallazgo arqueológico: días pasados la marea dejó al descubierto parte de un cráneo humano que antropólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) identificaron como prehispánico, de una antigüedad de entre 1100 d. C. a la época de contacto español y misional jesuita (1533 a 1768 años d.C.).

 

El rescate lo realizó el antropólogo físico Alfonso Rosales-López, investigador del INAH en BCS, quien informó que el cráneo fue avistado en la playa que se localiza frente a las instalaciones del Centro Interdisciplinario de Ciencias Marinas (CICIMAR-IPN), por científicos que realizaban estudios marinos.

 

Dicha zona pertenece a un sitio arqueológico conocido como El Conchalito, registrado por la arqueóloga Harumi Fujita en 1991, donde hasta el momento se han descubierto 61 entierros humanos pertenecientes a los antiguos californios, cuya práctica funeraria se distinguía por enterrar a los individuos dos veces: las llamadas dobles exequias.

 

Sobre el hallazgo, el antropólogo explicó que “se trata de un entierro humano compuesto por dos individuos adultos (uno femenino y el otro masculino) cuya edad al momento de la muerte era entre 20 y 25 años. Fueron sepultados de manera simultánea: el hombre abajo y la mujer arriba”.

 

Los cuerpos se depositaron dentro de una fosa no mayor de 50 centímetros de profundidad, boca abajo, con las piernas dobladas hacia atrás y los talones sobre la cadera. Habían sido amortajados con pieles y amarrados fuertemente con cordeles, de los cuales no quedó rastro. Sin embargo, la existencia de la mortaja se infirió por la posición “apretada” de ambos esqueletos.

 

Rosales-López detalló que el entierro corresponde a un sistema funerario de doble inhumación, en el cual la anatomía corporal era modificada intencionalmente en la segunda exequia. Si bien muchas culturas “primitivas” compartían dicha costumbre, aquí presentaba rasgos únicos: “a diferencia de otras tradiciones, en las que la separación post mórtem de partes del cuerpo se hacía con instrumentos como navajillas y cuchillos, en El Conchalito se aprovechaba el proceso de descomposición natural del cuerpo para realizar esta tarea manualmente”.

 

Los dos esqueletos hallados tenían removida la cabeza de tal forma que los cráneos estaban en posición vertical: el facial de la de mujer “miraba” hacia el mar y el del hombre hacia el interior peninsular.

 

El especialista explica que otros entierros localizados con anterioridad en el sitio presentaron uno o ambos brazos separados, o las piernas, e incluso en algunos no se seccionó el cuerpo, sino sólo se cambió su posición. Las direcciones a las que fueron orientados los diversos cuerpos o sus partes separadas en la segunda inhumación, son variables. Por todo lo anterior, lo que el científico ha considerado relevante es el hecho de tocar el cuerpo y mover la anatomía original, lo que está relacionado con una cosmovisión particular.

 

 “A través de las investigaciones hemos concluido que este proceso corresponde a una forma de pensamiento particular de los conchaleños: para ellos la muerte no existía. En su cosmovisión, el individuo entraba a otra etapa de su existencia: la inmovilidad, seguida por una serie de cambios corporales  (proceso de putrefacción) indicativos de que el individuo ‘sufría’ —si una cortada duele, cuánto sufriría el individuo con estos cambios—, lo que se agravaba si se considera que estaba imposibilitado de comunicar a sus congéneres ‘activos’ lo que sentía.

 

“Llegada esta nueva etapa se le daba una primera sepultura, en la que podían depositar o destruir todos los objetos personales del difunto por considerarlos portadores de aquella inmovilidad —muerte según nosotros—. Ninguna cultura deja que el humano sufra eternamente, siempre resuelve una forma de liberarse de ese estado. En el caso de los conchaleños ese momento se daba en  la segunda inhumación: Por eso los destapaban. Había que tocarlos y modificarlos”.

 

Las dobles exequias, explicó Rosales-López, se realizaban de la siguiente forma: “al morir los sujetos se daba la primera exequia. Los cadáveres eran fuertemente amortajados en posición flexionada y sepultados en fosas poco profundas (entre 40 a 50 cm). Pasado un tiempo (entre 6 a 8 meses) se celebraba la segunda exequia: el cuerpo era destapado, como éste estaría en proceso de descomposición era frágil y con la ayuda posiblemente de pieles de animal procedían a modificar la anatomía corporal.

 

“Algunas veces solo movieron una parte anatómica y en otras ocasiones separaron partes enteras del cuerpo. Todo ello de forma manual y sin el uso de instrumentos líticos (de piedra), de hueso o concha. Con esta segunda exequia el fallecido dejaba de ‘sufrir’”.

 

De acuerdo con sus creencias, tras la segunda exequia, la existencia del individuo se fundía con el entorno que rodeaba al cuerpo. Eso revitalizaba la naturaleza, garantizando que la riqueza del entorno natural, siguiera disponible a sus descendientes, entre ellas las fuentes de alimento. En otras palabras, los inmóviles (difuntos) nutrían el hábitat.

 

El antropólogo comentó que el estudio detallado de los entierros localizados en El Conchalito ha permitido develar el mecanismo utilizado en las segundas exequias, ya sea que hubiera concluido con el movimiento de partes corporales, hasta seccionamiento de las mismas, lo que ha confirmado que no se ocupaban instrumentos de corte para lograr la separación de regiones corporales, todo se hacía aprovechando el natural proceso de putrefacción; incluso, en algunas ocasiones, con ceremonias asociadas a este momento.

 

La zona arqueológica de El Conchalito tiene una extensión aproximada de tres kilómetros sobre la costa y entre 40 y 50 metros hacia el interior. Atrás del sitio (hacia el interior peninsular) se extendía una zona de manglar en donde se han hallado puntas de proyectil y manos de metates. Los 61 entierros que se han hallado en un área de kilómetro y medio de la poligonal mencionada, coinciden con los mejores lugares para habitar dentro de la playa.

 

El antropólogo físico Rosales-López ha descubierto otros sitios arqueológicos con inhumaciones similares en Baja California Sur: en Ensenada de Muertos y Rancho Rodríguez, municipio de La Paz; El Médano, Barco Varado y playa Las Destiladeras, municipio de Los Cabos; San Juanico, municipio de Comondú; Bahía Concepción, municipio de Mulegé, así como las islas Margarita y Magdalena.

 

Para el antropólogo, todos los entierros han sido relevantes ya que cada uno ha arrojado información distinta que en conjunto ha aportado elementos con los que hoy se puede bosquejar la historia de las costumbres funerarias de los antiguos californios.

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Suli Kairos Huerta Figueroa
Directora de Medios de Comunicación

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