Guillermina Escoto
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“En el momento en que una persona muere cesan todas las funciones biológicas y químicas del organismo y, en consecuencia, también la producción de minerales,  provocando un proceso de descalcificación, que es la pérdida de calcio, magnesio y flour; esa falta de elementos hace que los huesos se vuelvan débiles, porosos y susceptibles a que se fracturen,”, explica la restauradora Luisa Mainou, restauradora perito del INAH.

Después de estudiar durante varios años el proceso de mineralización y desmineralización de huesos en personas vivas, en la Facultad de Medicina de la UNAM, Mainou encontró que en restos de individuos prehispánicos e históricos sucede la misma descalcificación, pero que con pequeñas cantidades de fluoruro de sodio, el hueso se remineraliza.

La idea de experimentar con fluoruro de sodio la tomó de los dentistas que trabajan con este producto para tratar piezas dentales, detalla la especialista, quien en 1995 comenzó a restaurar restos localizados en contextos arqueológicos, sumergiéndolos en tinas con agua destilada y pequeñas cantidades de floruro de sodio, “lo más natural que se puede usar para fortalecer un hueso y devolverle sus características físico-mecánicas y químicas”, asegura la inventora.

En entrevista realizada en el Taller de biomateriales húmedos y anegados, de la Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural (CNCPC), donde labora desde 1993, la restauradora detalla que posteriormente a la remineralización, utiliza otro proceso que llamó bioconsolidación, a través del uso de quitosán, un polímero que se extrae del exoesqueleto de los crustáceos, como los camarones y los langostinos, y que sustituye el colágeno perdido. El quitosán se aplica por diferentes métodos, ya sea por inmersión, aspersión o goteo sobre los huesos para que penetre y se aloje donde falta colágeno y cemente la parte mineral, formando una consolidación natural que no afecta los estudios posteriores de los restos óseos.

Proceso de bioconsolidaciónMainou inició la búsqueda de nuevos métodos de conservación para restos óseos porque los anteriores no le eran satisfactorios: “Son productos que causan daños a la salud del restaurador, tóxicos al medio ambiente y no consolidan los huesos porque se colocan en la superficie ósea, como una capa protectora, pero el deterioro continúa al interior del hueso”.

El proceso, denominado Mainou FQ95 (Floruro, Quitosán, 1995), desarrollado como resultado de las investigaciones de Mainou en la Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural del INAH, ha sido solicitado tanto en proyectos de investigación arqueológica del mismo Instituto como de otras dependencias, como la UNAM, por los excelentes resultados y la seriedad de la investigación de la cual se desprende. Tales resultados llevaron a que en 2010, Luisa Mainou fuera elegida para formar parte de la comisión de científicos que llevarían a cabo los estudios de los restos óseos de los héroes patrios guardados en la Columna de la Independencia.

Mainou explica que después de la apertura de las urnas cada individuo tuvo un estudio profundo de su estado de conservación, ya que dependiendo del momento del fallecimiento y de las condiciones particulares de enterramiento, cada uno tenía diferente grado de deterioro, por lo que también cada uno fue tratado de manera distinta con el método Mainou FQ95.

Aplicaciones del proceso Mainou FQ95 A decir de la restauradora, una ventaja importante de su método es que no es lineal, sino que se aplica, en cantidades y orden (bioconsolidación o remineralización), de acuerdo con el grado de deterioro. “Teníamos restos, como el de Nicolás Bravo, con un 80 por ciento de conservación, es decir, en óptimas condiciones; pero otros con hasta el 98 por ciento de deterioro, en esos segundos casos el hueso corría el riesgo de pulverizarse si se tomaba con una ligera presión”.

La restauradora explica que en los restos más deteriorados, como los de Leona Vicario, Andrés Quintana Roo y los huesos cortos de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez, fue necesario iniciar con la bioconsolidación porque de lo contrario, los huesos se hubieran deshecho durante el proceso de limpieza  en húmedo.

En cambio explica que en los restos mejor conservados comenzaron la restauración con una limpieza para eliminar tierra, porque tenían capas que en algunos de ellos estaban endurecidas por el contacto con la humedad y cubrían todas las marcas que debían interpretar los antropólogos físicos.

“Inicialmente, todos los restos fueron impregnados con quitosán, ya que también sirve de desinfectante; dejamos la aplicación 24 horas, con la finalidad de eliminar cualquier microorganismo patógeno que pudiera estar alojado en las urnas; Mainou destaca que “esta labor implica riesgos para la salud de quienes estudian y trabajan con los huesos, por lo que tuvo que hacerse el trabajo con todas las medidas de sanidad necesarias”.

Luisa Mainou narra que siempre estuvo segura del buen resultado que tendría el tratamiento; sin embargo, no dejaba de sentir preocupación cada vez que sumergía un hueso en las tinas con fluour: “Todos los restos que trabajo son patrimonio cultural, invaluables, pero tener en mis manos los restos óseos de las personas que lucharon hace más de cien años por la Independencia de México cobró un significado especial, no sólo a nivel profesional, sino como mexicana”, dice la especialista.

La restauradora recuerda que mientras trabajaban con los restos de Leona Vicario, un verdadero reto para conservar, su colega Sara Fernández quien formó parte del equipo de restauradores llevó al laboratorio un libro sobre la vida de este personaje; mientras se trataba su esqueleto, su compañera les leía algunos fragmentos sobre pasajes históricos, Mainou no pudo evitar sentirse emocionada por la vida de quien restauraba.

“A cada héroe le tuvimos que adaptar un sistema de guarda especial elaborado con crepelina de seda, impregnada con quitosán que funciona en este caso como barrera biológica para evitar que se contaminen nuevamente; la guarda más compleja fue la de Vicario: sus falanges fueron cubiertas con una especie de guantes y colocadas sobre una placa de acrílico, porque los huesos de las manos estaban muy deteriorados”.

También detalla que el cabello encontrado en la urna de Nicolás Bravo fue cuidadosamente trenzado para evitar maltrato. En tanto que los cráneos que se encuentran en el interior de la urna vitrina, de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez, fueron colocados en soportes de acrílico diseñados a la medida y forma de cada cráneo, y se fijaron a la base de la urna con imanes.

Además de los restos óseos, especialistas del INAH restauraron las urnas, textiles, documentos y objetos de metal que acompañaban a los restos.
 
Los detalles del proceso de restauración y conservación de todos los objetos y de los huesos pueden consultarse en el tomo II de la obra Los restos de los héroes en el Monumento a la Independencia (INAH-INEHRM), de reciente publicación.

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