Fotografía de la infancia humana


Se dice que el arte rupestre es “la primera fotografía de la infancia humana”. Pero la definición más acertada habla sobre la evidencia más antigua y tangible acerca de lo que pensaron, sintieron, necesitaron y comunicaron los hombres a sus contemporáneos, generalmente necesidades, ritos o mensajes propios de los códigos comunicantes usados por ellos.

 

Evidencias de este legado se encuentran en diferentes estados del país entre ellos Sinaloa, tierra de la música de banda y tambora, donde sitios como el Cerro de la Máscara, San Pedro Huayparime, Ocolome y Las Torres, entre otros, concentran grandes cantidades de petrograbados y pintura rupestre que arrojan información sobre la cosmovisión de esos pueblos.

 

Al estudio de estos vestigios se ha dedicado, por varias décadas, Francisco Mendiola Galván, investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), especialista en el tema, que ha realizado temporadas de campo tanto en Sinaloa como en Chihuahua por mencionar algunos.

 

En una de esas temporadas, realizada entre 1988 y 1991, el investigador se dio a la tarea de recorrer el norte del estado, viaje en el que pudo identificar 32 sitios arqueológicos con pinturas rupestres y petrograbados. Como parte de su investigación, realizó un análisis estético de los grabados en relación con la visión del mundo que poseían los grupos mayos de la época.

 

Según palabras del investigador, las formas grabadas y pintadas en las superficies pétreas resultan muy atractivas y conforman lo que él llama, estética de la cotidianeidad. Predominan las formas geométricas, antropomorfas, zoomorfas, de puntos que narran eventos astronómicos y otros relacionados con las fiestas de los pueblos apostados al norte de Sinaloa.

 

En esta parte del país, a diferencia de otros estados donde existe este tipo de vestigios, predominan las formas circulares asociadas al Río Fuerte y, en menor cantidad, abstracciones rectilíneas relacionadas a grupos nómadas dedicados a la caza y recolección.

 

Mendiola Galván destacó la existencia de una gran diversidad entre las formas y las abstracciones de los petrograbados que se concentran en los diferentes sitios del país. Sin embargo, a pesar de estas diferencias, el investigador encuentra asociaciones de carácter lingüístico y etnográfico entre ellos.

 

Tan sólo en el cerro de La Máscara se encuentran más de mil 300 petrograbados, agrupados en 60 unidades, es decir, grandes rocas que concentran de una hasta 30  figuras. Si bien son varios los sitios arqueológicos que aportan información relevante sobre el pasado, es La Máscara el lugar más emblemático de esa región.

 

El pasado sigue vivo y aunque los daños en el patrimonio cultural, relacionado al arte rupestre es significativo por el paso del tiempo y las constantes visitas, complementa la configuración cultural del México actual, ya que permite interpretar el pasado para entender, de mejor manera, el presente.

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