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Las armas prehispánicas
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Jueves, 12 de Junio de 2008 17:00
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No producían la muerte

Creadas en su mayoría con materiales de origen orgánico, las armas producidas por los pueblos prehispánicos de Mesoamérica no tenían la finalidad de matar a los contrincantes en la guerra, sino de imposibilitarlos, con la finalidad de capturarlos con vida para su posterior sacrificio en actos rituales.
 
Así lo han revelado una serie de estudios sobre las características físicas y técnicas así como diversas recreaciones de manufactura del armamento prehispánico, cuyos resultados han permitido inferir que se trata de artefactos no letales, que únicamente generaban  fracturas o heridas que imposibilitaban a los enemigos.
 
Se trata de una investigación en materia de Arqueología Experimental, donde además de efectuar pruebas sobre la eficiencia de este tipo de armas, mediante la suma de datos históricos y hallazgos arqueológicos, así como pruebas tecnológicas, se han logrado reproducir los procesos de elaboración de estos artefactos bélicos, como se hacía en la época precolombina.
 
Formas, peso, tamaños y tipo de lesiones que provocaban las armas prehispánicas, son algunos de los aspectos que se han logrado determinar, a partir de la recreación de la manufactura de este tipo de instrumentos bélicos, que fueron un elemento clave para el desarrollo y expansión territorial de antiguas civilizaciones como la maya, la teotihuacana o la mexica.
 
Al respecto, Alfonso Garduño Arzave, arqueólogo experimental quien desde el año 2004, lleva a cabo una investigación alusiva a la reproducción de armamento mesoamericano, señala que en su mayoría, los implementos de uso militar fueron creados principalmente de madera, lítica y hueso, y servían para dar golpes contundentes o cortocontudentes, que provocaban fracturas múltiples.
 
Luego de referir que existen pocos estudios en la materia, particularmente en lo concerniente a la parte tecnológica, el arqueólogo señala que entre los objetos que generaban este tipo de daños se encuentran los mazos con cabeza esferoidal, el palo defensivo y el macuahuitl (espada de madera con navajas de pedernal u obsidiana), que se trataba de armas muy maniobrables que permitían dirigir con precisión y controlar la fuerza con que se asestaba el golpe, aunque también su eficacia radicaba en la habilidad de quien la usaba.
       
“En el caso del palo defensivo o conejero, —que consistía en un trozo curvo de madera plana y pulida, que presenta en su superficie unas bandas que permitían su sujeción—, se hicieron pruebas en un cadáver y se evidenció que se trata de un arma cortocontundente, que provocó fracturas y partió los músculos y los huesos en dos partes, como si fuese un cuchillo”, señala Garduño Arzave.
          
Durante una reciente visita al conjunto prehispánico de Atetelco, en la Zona Arqueológica de Teotihuacan, —donde se hallan una serie de murales in situ, que dan cuenta del discurso militar que imperó en esta antigua urbe—, el investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), efectuó la descripción y ubicación en los murales de algunos de estos objetos.
 
“En la pintura del pórtico 3 del llamado Patio Blanco, en Atetelco, está representado un personaje que se ha asociado con el Señor de la Aurora o Tlaloc B, que en una mano porta un palo defensivo con una serie de amarres, en actitud de sacrificar un ave”, comenta el arqueólogo.
 
Este sitio que desde 1945 ha sido explorado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), también en ese mismo pórtico y en el denominado 1, se observa la representación de guerreros ataviados con trajes de coyote y águila, quienes portan el artefacto conocido como propulsor o atlatl, que fue uno de los utensilios de mayor uso para el ataque ofensivo y que servía para lanzar dardos de punta de obsidiana o hueso pulido.
 
“Esta fue una de las armas antiguas que sí tenia fines letales, el cual constaba de un palo plano y tallado, en forma de “T” inversa, que en su mango tenía dos orificios en los que se introducían los dedos. En el otro extremo tenía un gancho en el cual eran colocados los dardos para su proyección, como si fuese una catapulta”, refiere Garduño Arzave.

De acuerdo con las pruebas físicas se ha definido que los dardos expulsados con este artefacto, llegan alcanzar una velocidad que oscila entre 60 y 80 kilómetros por hora, y un rango de distancia de alrededor de 40 metros, aunque esto depende de la fuerza del brazo y el tamaño del propulsor.
 
El investigador de la UNAM, explica que además de armas para uso militar, también se fabricaron con fines ceremoniales.  “Esto lo podemos determinar porque de acuerdo con las crónicas del siglo XVI y los pocos ejemplares que se conservan en museos, porque eran artefactos con acabados más finos, formas particulares y decorados”.
 
“Generalmente no eran usados de forma cotidiana porque no eran prácticos, y eran ocupadas en la ceremonias para el sacrificio de los cautivos de guerra, como es el caso de los cuchillos que también suelen ser muy recurrentes en las pinturas murales de Teotihuacan, y que servían para extracción el corazón”, comenta.
       
Entre los obstáculos que ha tenido que sortear el desarrollo de esta investigación experimental, destaca el hecho que a nuestros días han llegado pocos ejemplares de este tipo de artefactos de guerra, porque generalmente fueron creados con materiales orgánicos, salvo los casos de aquellos hechos con lítica.
 
“Desgraciadamente en el Altiplano Central, el PH de la tierra es muy ácido y no permite la conservación de materiales de origen natural”, manifiesta Garduño Arzave, al referir que para la reproducción de este tipo de artefactos bélicos se ha recurrido a los datos históricos y a los elementos que brindan los materiales arqueológicos, como la cerámica y la pintura mural con representaciones alusivas.
 
Asimismo, se acude a los elementos etnográficos, a través de la observación de la forma en la que actualmente los grupos indígenas fabrican sus armas para la cacería.
 
“La creación de este tipo de armamento se ha hecho lo más cercana posible a las técnicas prehispánicas, y con materiales que ofrece el medio ambiente. Un ejemplo es el caso de Teotihuacan donde abunda la obsidiana, el sílex y el pedernal, que permiten la creación de armas y herramientas de corte”, menciona.
 
Finalmente, Garduño Arzave señala que el uso de la arqueología experimental además de permitir la recreación y precisar características morfológicas, en este caso de armas, ha contribuido a comprobar o desmentir datos históricos, así como acercarse a aspectos de la vida cotidiana del hombre prehispánico y la forma en que estas antiguas culturas coexistían.

Última actualización el Lunes, 13 de Mayo de 2013 12:16
 

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