Elda Lastra

Fotos INAH

 

Un hallazgo frente al Templo Mayor de Tenochtitlan permitió entender el significado que los mexicas le daban al colibrí. Se trata de las dos únicas ofrendas registradas hasta el momento con restos de esta pequeña ave tornasol.

Todo empezó en 1994 cuando el equipo del Programa de Arqueología Urbana (PAU) realizaba calas de sondeo, durante los trabajos de remodelación del edificio de las Ajaracas, para reforzar los cimientos dañados en el temblor de 1985.

Las ofrendas fueron localizadas en la parte sur del recinto, dedicada al dios mexica de la guerra, Huitzilopochtli. Dentro de la cosmovisión de esta cultura, el colibrí era relacionado con esa deidad debido a la actitud agresiva que ejerce al defender a una hembra ante otro macho, y por ello, en la época prehispánica se le conoció como huitzitzilin.

Uno de los colibríes se encontró en la ofrenda 99, ubicada a 2.32 metros de profundidad con dimensiones de un metro por 80 centímetros, junto con los restos de varios animales, además de un disco de turquesa con la imagen de Huitzilopochtli y puntas de proyectil de pedernal y de obsidiana.

Cuarenta centímetros más abajo se halló la ofrenda 100, dentro de una caja de sillares que media 43 por 30 centímetros, ahí estaban depositados 16 esqueletos más de colibríes, un águila, una tortuga, moluscos, serpientes de cascabel, restos de flores, cascabeles de cobre y tejido de canastos.

Debido a la importancia simbólica de las ofrendas que pudieron haber sido depositadas entre 1502 y 1521, una vez recolectados los materiales arqueológicos, la restauradora María de Lourdes Gallardo y la bióloga Norma Valentín Maldonado, se enfocaron al estudio de los restos de colibríes.

En el análisis microscópico, realizado en la Subdirección de Laboratorios y Apoyo Académico del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), se detectaron fragmentos de plumas, huesos pequeños y de las extremidades inferiores.

A partir del estudio de los huesos, la bióloga Valentín Maldonado confirmó que los colibríes fueron preparados para su ofrendamiento. “Antes de colocarlos les quitaron toda la parte blanda: tibia, quilla, costillas, vértebra toráxico y cintura pélvica, dejando únicamente las alas, las patas y el cráneo”, explicó.

Esta última parte no fue modificada, pues se encontraba pegada a la piel, tampoco la última vértebra caudal, llamada pigostilo, que es donde van pegadas las plumas de la cola. “No la quitaron, de lo contrario se les hubieran desprendido las plumas a los colibríes”, detalló la investigadora del Templo Mayor.

La restauradora María de Lourdes Gallardo, encargada de limpiar los huesos de las aves, explicó que el aseo lo realizó con agua y alcohol, ayudada con un bisturí; después los sumergió en un polímero (Mowilith DM1H) para evitar el quiebre de los restos. A los demás elementos sólo se les aplicó agua destilada debido a su buen estado de conservación.

Aún no se sabe cuál es la especie de la ofrenda 99. En cambio, en la 100 se identificaron 11 especies a partir de su comparación con esqueletos de la Colección Osteológica de Aves del Laboratorio de Arqueozoología del INAH y con los ejemplares de la Colección de Aves del Laboratorio de Cordados Terrestres, del Departamento de Zoología de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas, adscrita al Instituto Politécnico Nacional.

Las especies que identificó Norma Valentín son Lampornis cf. amethystinus, Hylocharis c.f. leucotis, Amazilia violiceps y Eugenes fulgens.

De la Lampornis cf. amethystinus se reconocieron dos ejemplares, éstos miden 12 centímetros, sus alas son verdosas y su garganta rojiza. Esta especie se localiza en Nayarit y Tamaulipas, hasta Honduras. De la Hylocharis c.f. leucotis también coinciden dos ejemplares, esta especie mide ocho centímetros, es verde con azul y morado brillante, se encuentra desde el norte de México hasta Nicaragua.

Al Amazilia violiceps correspondió un ejemplar, éste mide 11 centímetros, es blanco con café grisáceo y azul, se encuentra desde Sonora y Chihuahua hasta Chiapas. Y el resto de vestigios corresponden al Eugenes fulgens que mide 13 centímetros, es verde metálico y se localiza en toda la República Mexicana.

Los cráneos de los colibríes se conservan en el Museo del Templo Mayor, mientras que el resto de los vestigios aún se encuentran en estudios de laboratorio.

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