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Celebremos la fiesta otomí a San Miguel Arcángel
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Martes, 25 de Octubre de 2011 23:46
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Por Jorge Luis Sáenz
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Temprano, antes de la siete, suena una retahíla de cuetes en San Pedro Tolimán, después las campanas de la iglesia no dejan dormir. Arriba, hay que sumarse a la peregrinación de las cuadrillas de la danza, formadas por niños y adolescentes, para ir al encuentro de San Miguel Arcángel, patrono de los habitantes territorio semidesértico de Querétaro.

Hay que echar a caminar por los rumbos del panteón, añadirse a los ríos de peregrinos rojos y azules y enfilar para los rumbos de San Miguel Tolimán, que dista seis kilómetros. Como todos los años, nos toca levantar el Chimal, escudo contra la adversidad, símbolo de unidad del pueblo otomí y ofrenda de agradecimiento por los bienes recibidos.

Acompañémonos todos, una voz, un cansancio, un solo sudor porque vamos a celebrar con danza y música, con rezos y cantos a San Miguelito, “el Morenito”, crisol que funde nuestras dos raíces y creencias: aquélla de los dioses viejos y la de la Cruz y la espada, la del Cáliz y el arrepentimiento…

Vamos peregrinando en dos filas, haciendo sonar el tambor y el violín, siguiendo la danza de La Conquista. Llevamos nuestras réplicas de San Miguel, para reposarlas junto a la “original” del Arcángel, “gran batallador, presenta las almas al juicio de Dios”…

Allá vamos las cinco cuadrillas de Danza, los Cargueros de San Miguel, responsables de preparar y levantar el Chimal, y los Xitales, que ayudan al orden, danzan y levantan la ofrenda. También van los músicos y el pueblo; comienzan a llegar fuereños y curiosos, para allá va el señor Cura y las autoridades para la fiesta grande, la fiesta del patrón de todos nosotros.

Orden cósmico y sistema de cargos

Fue la investigadora Aurora Castillo Escalona, fallecida en enero de 2010, quien contribuyó notablemente a la desentrañar la compleja cosmogonía otomí: “Los otomíes aprendieron a adaptar sus ceremonias al ritual católico vinculándolas al ciclo anual agrícola, que conlleva la práctica de varias festividades relacionadas a las diferentes etapas del crecimiento del maíz”.

En torno al santo patrono otomí: San Miguel Arcángel –explica Castillo–, se desarrolla una serie de festividades que, en primera instancia “produce un proceso de adecuación entre componentes de la cultura mesoamericana y la incorporación de la religión católica de los colonizadores y, por otra, la resistencia que presentan los colonizados”.

Autora del estudio Persistencia histórico-cultural. San Miguel Tolimán (2000), la antropóloga egresada de la ENAH aseguraba que “la mayor parte de la población otomí participa alguna vez en su vida en el desempeño de un cargo específico o como apoyo de un pariente o amigo que lo tenga”.

Y añadía que este sistema organizativo “les da la oportunidad de mantenerse unidos socialmente y reforzados a través de la convivencia que mantienen con toda la población otomí de la región que se reúne en torno a las ceremonias... Éste funciona a base de cuadrillas que presentan una estructura fuerte, definida y cimentada, que permite la continuidad de las fiestas tradicionales”.

Así, los responsables se dividen en cuadrillas (Alberos, de Danza, Cargueros y Xitales, entre otras), que son las encargadas “de llevar a cabo las fiestas en honor al santo patrono durante el año; además, cuentan con réplicas del Arcángel, a las que llaman San Miguel Peregrino o San Miguelito”.

Por su parte, el investigador Alejandro Vázquez Estrada, autor del artículo “Rituales en torno al cerro, el agua y la cruz, entre los chichimeca otomíes del semidesierto queretano”, destaca que la fiesta patronal de San Miguel Arcángel “tiene un carácter multidimensional, ya que por una parte está el festejo a San Miguel y por otra el agradecimiento por el buen temporal y la presencia del agua”.

De esta forma, el levantamiento del Chimal, “escudo espiritual contra la adversidad” para el pueblo otomí, es la culminación de un enorme complejo ritual que arranca los primeros días de julio, y finaliza el 30 de septiembre.

La primera parte de este ceremonial se conoce como “velaciones”, y consiste en la visita del santo peregrino a las casas de los Mayores y miembros distinguidos de las cuadrillas. En estas ceremonias, la comunidad reza y canta, también se ofrece comida como mole de guajolote, chocolate, pan y atole, así como frutas de la temporada.

La fiesta grande se lleva a cabo entre el 26 de septiembre y el 1 de octubre, siendo el día 29 el cumpleaños del Santo patrono. En septiembre de 2009, las capillas familiares y tradiciones vivas de los pueblos otomí chichimecas de Tolimán, Querétaro, fueron declaradas Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.

Para hacer un Chimal

Nadie recuerda cuándo comenzó la tradición de levantar el Chimal, físicamente es un armazón de carrizo de más de 20 metros de altura y tres de ancho que remata con una cruz y se adorna con hojas de sotol. Algunos viejos me cuentan que por allá de 1920, se alzó el primero en una capilla familiar de Peña Blanca; otros piensa que es una tradición que viene desde que se fundó San Miguel, otros más aseguran que el Chimal se alzaba airoso en tiempos de nuestros antepasados chichimecas o pames, que no pudieron ser sometidos ni por aztecas ni españoles, y de los aliados otomíes.

El Chimal, llega a medir 20 ó 22 metros, lo hacemos con cañas de carrizo que traemos de los ríos Tolimán y San Pablo, y con hojas de sotol que se entretejen en forma de “cucharilla”, así va quedando todo blanco. También con el sotol se hacen los adornos, el Cáliz, la Hostia, la Cruz, que corona el Chimal.

El otrora Mayordomo de los Cargueros, conocido en el pueblo como Ezequiel, pero quien en realidad se llama Eleuterio Pérez Morales, me cuenta que el levantamiento del Chimal en San Miguel sólo lleva 23 años. “Antes se hacía en la capilla de Peña Blanca y era más chico. Yo comencé como Carguero en 1978 con la idea de traerme el Chimal para San Miguel, lo logré diez años después, en 1988, y aquí seguimos”.

Mientras vamos haciendo el Chimal le tocamos y bailamos, esto se conoce como albas y también le cantamos las mañanitas. Un día antes del levantamiento, salen de sus comunidades las cinco cuadrillas de danza, a saber, la de San Miguel, La Loma, El Molino, Higueras y Casa Viejas, llevando sus imágenes, estandartes, ofrendas y músicos.

Todos nos juntamos en el barrio de Tierra Volteada, muy cerca del lugar original del Chimal, y allí en el templo del Santo Niño de Atocha, danzamos y celebramos la misa; después proseguimos hacia San Miguel. Al cuidado del Cerro de Cantón, los San Miguel peregrinos llegan a la capilla de Los Luna o de la Cruz, donde se reúnen con sus pares y la virgen de El Pueblito y la imagen del Divino Salvador; todos juntos llegamos hasta el templo de San Miguel.

Cuauhtémoc contra Cortés

Durante los seis días, niños y niñas bailamos la Danza de la Conquista. Nos dividen en dos bandos: indios y españoles. Las fuerzas mexicanas son Monarca, Chimal, Cuauhtémoc, Tlaxcala, Texcoco, Chalco, la Malinche, princesas y flecheros; al frente de los hispanos viene Cortés, seguido de Alvarado, Solís, Alférez, solados y españolas.

Los indios vestimos de rojo, con capas que llevan bordado con lentejuelas a San Miguel o una estrella; además adornamos nuestros trajes con espejos y listones de colores. Llevamos la bandera mexicana y coronas de chaquira. Los españoles portamos uniformes azul marino, parecidos a los de los gendarmes de antes, con listones amarillos y rojos, así como la bandera de España. Mexicanos y españoles llevamos sonajas.

Enfrentamos fuerzas, flecheros y solados cruzamos nuestros machetes; recitamos con desgana parlamentos de memoria. Bailamos junto al Chimal y vamos adentro del templo. Siempre en dos filas, ordenados, a veces jugando, corriendo, siempre sonando las sonajas. “¡Vénganse para acá!, ¿no quieren ser princesas?”, les dice Maximino González (Cortés) a unas chiquillas. Nos acompañan duetos lacónicos que suenan violín y tambora.

La ofrenda

El mero 27, desde temprano a Cargueros y Xitales nos toca la fajina de sujetar los troncos de 20 metros que trajimos del Cerro Zamorano, a los nudos le ponemos mezcal para que aprieten mejor; otros suben a lo alto para tensar las gruesas cuerdas que van a izar la ofrenda. La plaza de la iglesia se convierte en cubierta de barco, con dos mástiles que representan uno al hombre y otro a la mujer, son una pareja.

Hablo con Jaime Baltasar, Mayordomo de los Cargueros, lleva diez años en la tarea de organizar las fiestas para “Miguelito, el Morenito”. Su fe es inquebrantable y me cuenta que el Santo ya le ha hecho dos milagros, “me quitó las piedras de la vesícula, y me sacó de un apuro de 25 mil pesos”, para llevar a operar a su hijo.

Entonces llega a mi memoria la letra de la canción de Liliana Felipe: “San Miguel arcángel, santito/ no te quedes tan duro, tan quietecito/ no te regocijes en tu pasado/ que ahora es de veras cuando te necesito… Ahora es cuando Mefisto se pone listo/ ahora es cuando las vacas se ponen flacas/ ahora es cuando los peras a veinticinco/ ahora es cuando la vida se opone al brinco”.

Una vez que ponemos el Chimal frente a los troncos, todos contribuimos a adornar la ofrenda con flores y banderas de papel, crisantemos y cempasúchil, gladiolos y flores del campo;  también uvas, naranjas, guayabas, peras, manzanas, cidral y dulces y galletas, así como tortillas azules y verdes, y mazorcas tiernas en sus cañas.

Después el señor cura lo bendice arrojándole agua bendita con racimo de flores y luego con incienso. El padre reza una letanía de San Miguel: “Defiéndenos en la lucha. Se nuestro amparo contra la adversidad y las acechanzas del demonio. Y Tú, Príncipe de la milicia celestial, con la fuerza que dios te ha conferido, arroja al infierno a Satanás y los demás espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para perdición de las almas”.

El señor cura, desde el sonido dirige las acciones, habla del Chimal como signo de unidad, de las familias, de las parroquias, y pide por el Papa, los enfermos y los niños, y canta también: “Quién como dios. Nadie como dios… los ángeles buenos siguen a Miguel, los ángeles malos siguen a luzbel”, etc.

Luego viene, como me dijo el Mayordomo Jaime Baltasar,  la “bendición material”: Parejas de hombre y mujer van pasando a zahumar con copal el Chimal y se postran frente a los grandes mástiles. Finalmente, hombres y mujeres, sacan bidones de 20 litros de mezcal con el que literalmente bañan la ofrenda. El aroma del alcohol impregna el ambiente. El señor cura ordena: “¡Échenlo todo, no se vale dejar nada para ustedes, hay que echarle todo el aguardiente!”

Entonces, cientos de brazos y manos, voces y gritos, con gran estruendo de tambores y banda, subimos lentamente el Chimal. Como una vela, se levanta poco a poco. Órdenes y chiflidos. Repica la campana en la torre de la iglesia, estallan cuetes aislados. Caen algunas flores y dulces, los niños corren a sus pies y, al final, se amarra la ofrenda a los troncos. Símbolo de la unión de hombres y dioses. Escudo de fraternidad. Arriba ondea la bandera mexicana. Todos los miramos agradecidos por los bienes recibidos.

Los días subsecuentes sigue la fiesta, el 28 son el ritual de Malinches, el baile de los Xitales, los toritos, ofrendas y comuniones. Oficia el representante del Señor Obispo. El 29, es el cumpleaños de San Miguelito, a quien despertamos con las mañanitas y tempranito sale a recorrer las calles del pueblo, acompañado de las cuadrillas de danza, coros y música de mariachi y rondalla. Por la noche quemamos el castillo y los Xitales vuelven a correr con los toritos.

Para el 30, regresan a sus casas las santas imágenes y las cinco cuadrillas van entregando las sonajas. Y el uno de octubre, con llantos y abrazos, entregamos los cargos, lo llamamos “cuelgas y descuelgas”, para el año próximo. Y el día primero de octubre, entregamos rocas y ofrendas por parte de las cinco cuadrillas a los nuevos danzantes y Xitales. Así se termina y así se comienza…

Última actualización el Lunes, 05 de Diciembre de 2011 10:58
 

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