Por Carmen Mondragón Jaramillo
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Cientos, miles de capitalinos se transportan a diario en la línea 2 del Metro, y sólo unos cuántos reparan en los nombres de las estaciones preguntándose el porqué se llaman así, por ejemplo, quizá piensen en General Anaya. Esta cavilación es un pretexto para adentrarnos en un episodio heroico, pero también de vergonzoso: la Intervención Estadounidense de 1846-1848 y, en concreto, la Batalla de Churubusco.

Si usted sale de la citada estación del Metro, se hallara de inmediato en la calle 20 de Agosto, que hace referencia a la fecha en que sucedió la citada contienda en 1847, y si camina sobre ella, en cuatro minutos se encontrará frente al ex convento de Churubusco, lugar en que se libró y que hoy es sede del Museo Nacional de las Intervenciones, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

Allí, si usted acude un sábado o domingo de este mes (agosto), al mediodía y a las 13:00 horas, será recibido ni más ni menos que por el general Pedro María Anaya (1759-1854), quien encarnado por un actor contará este trágico hecho: la Batalla de Churubusco.

Curiosamente, esta contienda ocurrió un domingo hace 162 años, y dio inicio por ahí de las 11:30 horas, prolongándose por tres horas. Sin embargo, más que una lucha fue una defensa de la Ciudad de México, porque diversas cuestiones  entorpecieron el desempeño de las huestes mexicanas y del Batallón de San Patricio, formado por irlandeses que habían desertado del ejército norteamericano para unirse a nuestra causa.

Pues aquí van algunas de las ineptitudes. La primera, ocasionada por el extravío del presidente Antonio López de Santa Anna, quien consideró que las tropas estadounidenses llegarían por el rumbo de Puebla (hoy calzada Ignacio Zaragoza), particularmente por Peñón Viejo, de ahí que el cuartel de Churubusco se hallaba desprotegido para esos momentos.

En Churubusco no había municiones. El segundo traspié: Santa Anna mandó provisiones que habían sido recogidas anteriormente al ejército norteamericano, por lo tanto, no sirvieron para el armamento de la milicia mexicana. Esto motivó la célebre exclamación del general Anaya: “Si tuviera parque, usted no estaría aquí”, al deponer las armas frente al general Twiggs.

Junto con Anaya, el general Manuel Rincón estuvo al frente de la defensa de Churubusco. En el fragor de la batalla, para variar, un chispazo cayó sobre las municiones ocasionando una explosión, el saldo: seis combatientes quemados, entre ellos Pedro María Anaya, quien fue de los primeros en salir frente a sus batallones y ya iba herido de la espinilla.

 

El Batallón de San Patricio

Llegó a 85 el número de cautivos de las compañías de San Patricio, quienes fueron encadenados en las prisiones establecidas con este propósito en San Ángel y Mixcoac. Se decidió someter a 75 de ellos a consejo de guerra. La mayoría fue condenada a la horca, porque se consideró que no merecían el honor de morir fusilados.

A unos pocos, que lograron así salvar la vida, entre ellos el propio John Riley, les impusieron la pena de 50 azotes. También los marcaron con la letra D, con un hierro candente, en la mejilla, cicatriz que evidenciaría su traición mientras vivieran.

Los primeros 16 condenados fueron ahorcados en San Ángel el 10 de septiembre de 1847. La ejecución de los restantes 30 sucedió el día 13. Sucumbieron en la horca en un camino desde donde se podía observar a la distancia el Castillo de Chapultepec.

Desgraciadamente, los sobrevivientes no recibieron las tierras cultivables ni el trato digno prometido por Santa Anna, y algunos de ellos fueron vistos poco tiempo después mendigando en los rumbos de San Ángel.

En recuerdo de estos héroes y mártires, el primer domingo de cada mes, en la explanada del Museo Nacional de las Intervenciones, la banda Batallón de San Patricio toca sus gaitas en punto de las 17:00 horas.

 

Corolario

Pese al arrojo de los generales y sus batallones, se perdió la Batalla de Churubusco y las tropas norteamericanas se apostaron en Molino del Rey y Chapultepec, donde acaecería una derrota más del ejército mexicano. En 1847 no hubo grito de Independencia y para las fiestas patrias, la bandera que ondeaba en la Plaza Mayor no era la mexicana sino la de Estados Unidos.

Un trago amargo que bien cabe recordar a 162 años de distancia. Nuevamente una invitación para visitar el Museo Nacional de las Intervenciones (20 de Agosto y General Anaya s/n, colonia San Diego Churubusco), en cuya barda perimetral se montaron once pendones en los que se relatan estos tristes acontecimientos y pueden observarse algunas imágenes históricas de la batalla allí acaecida.

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