Esto que ven ahora nuestros ojos
¿ está hecho de hoy, o de mañana?
¿cómo saber dónde quedó el recuerdo
y dónde ha comenzado la esperanza?

Jaime Torres Bodet

 
 

 

En México la construcción de un mundo de objetos y símbolos como eje articulador de nuestra noción de patrimonio cultural está íntimamente imbricada con los grandes acontecimientos históricos que han perfilado el rostro nacional.

En particular, la dimensión prehispánica ha sido el horizonte privilegiado, por lo menos desde el siglo XVIII, en el cual la sociedad puede imaginarse como una pluralidad de tradición milenaria común; cuando nos vemos y conocemos el legado precolombino, reconocemos las múltiples raíces que nos conforman pero, al mismo tiempo, nos asumimos como una colectividad con un pasado común.

Paradójicamente, a pesar de cumplir una función tan central, el acervo de arte prehispánico, que fue reunido durante décadas de paciente trabajo de exploración e investigación de generaciones de especialistas, no contó por un largo periodo con un repositorio dedicado exclusivamente a su apreciación, pues el paradigmático Museo Nacional también atesoraba y presentaba bienes históricos y , cuando en 1940 se crea el Museo Nacional de Historia, resultó evidente con el tiempo, que el viejo edificio de Moneda era insuficiente para mostrar, adecuadamente, le inmensa riqueza arqueológica que la labor había acumulado.

Es este lugar que ocupa, desde el 17 de septiembre de 1964, el Museo Nacional de Antropología (MNA), y lo hace de una forma majestuosa. La destreza de su autor, el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, aseguró que esta edificación no fuera un simple repositorio: por la belleza de su diseño arquitectónico, por la pertinencia y sabiduría con las cuales fueron planeados sus espacios de exhibición, el recinto es, en sí mismo, parte sustantiva de nuestro patrimonio cultural.

Esta extraordinaria conjunción entre una incomparable colección de arte prehispánico y un ejemplo brillante de arquitectura contemporánea han convertido al MNA en uno de los museos más importantes del mundo, en un imprescindible centro de peregrinación para connacionales y extranjeros, lugar de comunión del mexicano con su pasado y su presente indígena, espacio de asombro y estupor para el turismo, laberinto donde los miles de niños que lo visitan cada año buscan encontrar respuestas a sus preguntas más básicas, más esenciales ¿cuál es mi identidad, qué es aquello que me constituye?

Alfonso de Maria y Campos Castelló
Director General del Instituto Nacional de Antropología e Historia