Manuel Orozco y Berra, Vicente Riva Palacio, Joaquín García Icazbalceta y Justo Sierra, recuperarían muchos de los escritos de soldados.

 

*** Se analizó en la mesa inaugural del Primer Coloquio Internacional Virtual “La Casa del Deán D. Tomás de la Plaza. Contextos y herencias culturales entre el Viejo y Nuevo Mundo, s. XVI”

 

*** La exclusión, mención o exaltación de ese personaje estuvo condicionada por la relación de los soldados y la nobleza indígena con la Corona española

 

 

 

Ignorada por Hernán Cortés en sus Cartas de relación, relativamente reivindicada por Bernal Díaz del Castillo, elevada a venerable madre por los cronistas mestizos, abstraída por la intelectualidad de los siglos XIX y XX como la contradicción del ser mexicano: Malintzin, Malinalli, Doña Marina o Malinche, fue la figura analizada en el inicio del Primer Coloquio Internacional Virtual “La Casa del Deán D. Tomás de la Plaza. Contextos y herencias culturales entre el Viejo y Nuevo Mundo, s. XVI”.

 

El historiador egresado de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, José Ángel Juárez Cruz, abordó el tratamiento historiográfico de este personaje, en el encuentro académico organizado por la Secretaría de Cultura del Gobierno de México, a través del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), en colaboración con los museos Regional de Puebla (Murep) y Casa del Deán.

 

La comprensión de Malinche como personaje histórico, dijo, debe empezar considerando que su exclusión, mención o exaltación estuvo condicionada en el siglo XVI por la relación y las prebendas que buscaron los soldados españoles y los herederos de la nobleza indígena ante la Corona española.

 

De modo que es comprensible que el capitán general Hernán Cortés, a quien sirvió como traductora y estratega, de quien fuera mujer y madre de uno de sus hijos (Martín), la omitiera en las misivas que envió a Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, pues el fin era exaltar en primer grado sus logros personales, así como los de sus hombres, en la empresa de conquista.

 

Molesto por el regateo que la Corona hacía de los méritos de los conquistadores y el arribismo de Francisco López de Gómara —quien se asumió cronista de los hechos sin haber cruzado el Atlántico—, Bernal Díaz del Castillo decidió escribir un relato más completo a partir de sus actores, indicó el ponente en la transmisión efectuada por el perfil del Murep en Facebook, como parte de la campaña “Contigo en la distancia”, de la Secretaría de Cultura.

 

En Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España asentó el papel estratégico de Doña Marina, contando brevemente su historia: hija de un cacique de Oluta, Veracruz, que a la muerte de este fue vendida a xicalancas, quienes la intercambiaron a los tabasqueños, de ahí su dominio del náhuatl y del maya.

    

En la segunda mitad del siglo XVI, los cronistas mestizos Diego Muñoz Camargo, Hernando Alvarado Tezozómoc y Fernando de Alva Ixtlilxóchitl se asumirían como herederos de la nobleza mexica y texcocana. Para ellos, la Malinche fue una madre venerable cuyas acciones, junto a las de los conquistadores, posibilitaron el nacimiento de la sociedad novohispana. Estos cronistas mestizos también buscaban mantener sus privilegios porque, tras la conquista, la nobleza indígena fungió de intermediaria entre las instituciones españolas dominantes y las dedicadas al adoctrinamiento de los indígenas”.

 

No obstante, continuó Juárez Cruz, esas obras no tuvieron impacto en la sociedad en que fueron creadas, y serían recuperadas hasta el siglo XIX, cuando se retomó la discusión de la conquista como hecho fundador de la nación mexicana. Intelectuales como Lucas Alamán y José María Luis Mora, defendieron la relevancia de la empresa de Cortés como parte de esta idiosincrasia; mientras que Manuel Orozco y Berra, Vicente Riva Palacio, Joaquín García Icazbalceta y Justo Sierra recuperaron los escritos de españoles y mestizos, bajo una mirada positivista que no cuestionaba las subjetividades de los relatos históricos.

 

Esa imagen permaneció inalterada hasta las décadas de 1920 y 1930, y pasaría de personaje histórico, monolítico, a uno simbólico. En El perfil del hombre y la cultura de México, Samuel Ramos reinterpretó la conquista como inicio de trauma, dada la unión de sociedades distintas. La sociedad mexicana, decía, está disociada entre las necesidades de pertenecer a la cultura europea y ser propios de esta tierra. Cortés y Malinche son metáfora de ese desgarramiento del mexicano que, como un niño, “no sabe a cuál de los padres apreciar más”.

 

Finalmente —dijo—, con el Laberinto de la soledad, Octavio Paz reiteró a la Malinche como ‘símbolo de la opresión constante del pueblo mexicano’: “Como hombre cosmopolita, este complejo de inferioridad le resultaba molesto; sin embargo, a través de su ensayo-protesta contribuyó a legitimar esta concepción del malinchismo (que él no creó, pero sí desarrolló), debido a que fue un personaje activo del régimen posrevolucionario”.

 

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