Son declarados como Patrimonio Cultural Inmaterial; el ritual del volador inicia “nuevo vuelo”.

 

Con la inscripción de La Ceremonia Ritual de Voladores en la Lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO, el pasado 30 de septiembre, esta manifestación ancestral inició una nueva etapa; en pleno siglo XXI sus portadores y las autoridades correspondientes se han comprometido en la salvaguardia de esta expresión que va más allá de las fronteras del Totonacapan, Veracruz.

En conferencian de prensa, Francisco López Morales, director de Patrimonio Mundial del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH-Conaculta) hizo hincapié en que se espera que este hecho —resultado del trabajo interinstitucional de los tres niveles de gobierno—, coadyuve a una mayor promoción de la ceremonia a nivel local, regional e internacional, y que se vea reflejado en una mayor atracción turística.

Pero más aún, “la inscripción les dota de una estructura de protección para esta parte de su cultura y también de compromiso al dar seguimiento al Plan de Salvaguardia que se presentó en la candidatura, y con ello asegurar su preservación y transmisión no sólo en  Veracruz, sino también en los estados de Puebla y San Luis Potosí”.

“Por otra parte, la Ceremonia Ritual de Voladores nos proporciona como país, la oportunidad de estrechar lazos de cooperación e intercambio de experiencias en el ámbito cultural con Guatemala, en donde también se encuentra un grupo de voladores importante pero con una gran necesidad de preservación”, expresó López Morales en la reunión con los medios de comunicación realizada este viernes en el Museo Nacional de Antropología.

Para la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) —dijo—, las medidas de salvaguardia son aquellas que podrían permitir consolidar la visibilidad actual de la manifestación, como: la identificación, documentación, investigación, preservación, protección, promoción, valoración, transmisión (mediante la enseñanza formal y no formal).

Con todo ello, “se asegura que su viabilidad no se ponga en peligro en un futuro, especialmente como resultado involuntario de la eventual inscripción en la Lista Representativa y su consiguiente incremento de atención pública”.

Aquí cabe citar los avances de la Escuela de Niños Voladores, en la que actualmente cien menores comprenden los significados y valores del ritual originado en la época prehispánica; hasta los pendientes, como el que atañe a la recuperación del tsakáe kiwi (chicozapote) árbol del que se obtiene el palo para el ritual de volador y que está en peligro de extinción.

En ese mismo sentido, Salomón Bazbaz, director del Parque Takilhsukut, dio a conocer que el próximo 12 de octubre se formará un consejo intergubernamental para la protección del ceremonial, y el cual sesionará cada seis meses para evaluar las acciones tendientes a su permanencia y revitalización.

Para continuar con los festejos, ese mismo lunes en que se conmemora el Día de la Raza, se ha convocado a que en punto del mediodía se “emprenda el vuelo” en lo largo y ancho del país, en donde existen este tipo de palos rituales  los palos, ya sea en las regiones huasteca, totonaca u otomí, por mencionar algunas.

Por su parte, Niklas Schulze, representante de la UNESCO, detalló que la inclusión del Ritual del Volador en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial, demuestra “la convicción de que las tradiciones no sólo tienen un lugar en el mundo moderno, sino que son necesarias para no perder de vista quiénes somos y a dónde vamos”.

Lo anterior, “hizo que los voladores encontraran su lugar en la Lista Representativa al lado de otros elementos mexicanos: Los lugares de memoria y tradiciones vivas de los otomíes-chichimecas de Tolimán, Querétaro. La Peña de Bernal, guardiana de un territorio sagrado”.  

Reconocimiento a una tradición ancestral

La arqueología ha demostrado que el Ritual del Volador tiene una antigüedad de más de mil 500 años, y que se practicó desde el norte de lo que hoy es México hasta Nicaragua,  de ahí que la reciente declaratoria —en opinión de Narciso Hernández Jiménez, miembro del Consejo de Voladores de Veracruz— “se da a todos los voladores, los vivos de todos los sitios donde se celebra la ceremonia o alguna vez se realizó”.

El rito remonta a tiempos míticos que narran la sequía impuesta por los dioses debido al olvido de los hombres. “Fue por eso que debió, con el permiso del Dios del Monte, buscarse el árbol más alto y a cinco jóvenes castos, para que mediante la invocación de los cuatros rumbos cardinales (cada uno de ellos rectores de los cuatro elementos: fuego, tierra, agua, aire) y del centro del universo, regresara la lluvia”, explicó Hernández Jiménez.

Eso es lo que cada cierto tiempo, rememoran los cerca de 600 voladores que se distribuyen en el país, cuando vuelven a buscar el tsakáe kiwi, lo cortan, lo arrastran y lo siembran nuevamente, previamente, se ofrendan flores blancas, copal, tabaco, aguardiente, veladoras y una gallina, para ahuyentar al dios de la discordia, al que no le gusta el trabajo en equipo. Todo esto se hace al compás del son y del rezo.

“En los años 70 surgió la primera organización de voladores, pero también la competencia desleal y se perdió su sentido espiritual, proyectándose como espectáculo. Ante este peligro se fundó la Escuela de Niños Voladores, en donde se enseñan los principios espirituales del rito, el significado, la elaboración de la indumentaria y el rezo, parte fundamental del mismo”.

“Con la inscripción como Patrimonio de la Humanidad inicia una nueva etapa de la vida del volador, nos abre una gran puerta de mayor trabajo, integración y más responsabilidad. Estamos seguros que juntos sortearemos los caminos sinuosos y saldremos avante de las adversidades habidas y por haber”, concluyó el volador Narciso Hernández.

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Gabriel Ulises Leyva Rendón

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