Panorámica de la plaza de armas. Foto: Alejandro Navarrete, INAH.

 

*** La publicación marca el inicio de las celebraciones en Sonora por el 80 aniversario del Instituto Nacional de Antropología e Historia

 

*** En el marco del Festival Ortiz Tirado, el libro de la Colección Patrimonio se presentó en el Museo Costumbrista de Sonora, en el municipio de Álamos


 


La riqueza histórica y material acumulada entre los siglos XVIII y XIX perdura en el en el conjunto arquitectónico y urbano de la Zona de Monumentos Históricos de Álamos, Sonora, declarada como tal, el 24 de noviembre de 2000. Ahora es compartida al gran público a través de una coedición del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y el Instituto Sonorense de Cultura, el nuevo título de la Colección Editorial Patrimonio: Álamos, Zona de Monumentos Históricos.


La colección editada desde 2013 por el INAH, nació con la finalidad de motivar a los lectores a la valoración de las áreas del país con decreto de zonas de monumentos históricos, que a la fecha suman 59. Recién salido de imprenta, el nuevo volumen fue presentado en el Museo Costumbrista de Sonora, en el municipio de Álamos. La obra reúne una decena de textos, en su mayoría escritos por investigadores del Centro INAH Sonora, y despliega interesantes fotografías actuales e históricas.


Ubicada al sur del estado de Sonora, en el municipio del mismo nombre, Álamos es considerada una de las ciudades más importantes en el noroeste de México por su cultura, arquitectura novohispana y riqueza histórica de más de tres siglos. Se fundó a finales del siglo XVII, como consecuencia del descubrimiento y explotación de ricos yacimientos mineros contenidos en las entrañas de la Sierra de Álamos.


La Zona de Monumentos Históricos comprende un área de 0.62 kilómetros cuadrados, compuesta por 59 manzanas con 188 edificios de valor histórico. Su eje rector es la Plaza de Armas, seguida por el trazo octogonal de calles, manzanas y lotes irregulares adaptados a la topografía del terreno.


La composición urbana y arquitectónica crea una clara complicidad formal entre el espacio religioso y el habitacional de finales del siglo XVII, advierte la arquitecta Martha Martina Robles Baldenegro, autora del texto de apertura, titulado Zona de Monumentos Históricos, en el que da cuenta de la arquitectura de Álamos.


Robles Baldenegro destaca que los edificios agrupados en la Plaza de Armas, en su mayoría del siglo XVIII, están elaborados con materiales de la región: madera de amapa y sabino, vara blanca, tierra, cantera y cal, y forman parte de los sistemas estructurales y constructivos con gruesos muros de adobes de tierra, en algunos casos combinados con cantería. Al norte de dicha plaza se consolidó una expansión urbana que representa la periferia urbana del siglo XIX, y queda definida por la Plaza de la Alameda, donde se edificó el mercado municipal en 1892.


Ambas plazas, de Armas y de la Alameda, con sus edificios colindantes, son ejemplo de la interacción humana, marcada por el lenguaje arquitectónico, las técnicas constructivas y los desplazamientos urbanos de diferentes épocas, dando origen a los barrios, asentados entre calles que serpentean por la loma de Guadalupe y se topan con el arroyo Agua Escondida y el cerro El Perico.


En tanto, Elvira Rojero Díaz, especialista en ecología, de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas, en su artículo Paisaje cultural y patrimonio natural destaca el grupo de sierras y montes que circundan Álamos como elemento clave para el desarrollo del asentamiento, pues lo proveyeron de agua para el consumo humano y de la producción minera en su apogeo. Cabe recordar que la minería fue uno de los principales motores para el poblamiento y desarrollo del noroeste.


Álamos fue un asentamiento populoso y de primer orden, lugar de asiento de mineros, comerciantes, autoridades y religiosos seculares, pobladores dedicados a actividades agropecuarias que, gracias al señorío de sus construcciones, fueron modelando un centro poblacional de belleza excepcional, escribe el historiador Gilberto López Castillo en su artículo El poblamiento hispano de la región, en el que toca aspectos del devenir novohispano.


La presencia de un camino, de Esperanza Donjuán Espinoza, aborda el camino de Álamos a El Fuerte dentro del Camino Real. La cartografía de la época, en parte elaborada por jesuitas y franciscanos, revela la persistencia de esta ruta que seguía el curso del arroyo Cuchujaqui, dando como puntos clave, las poblaciones de Los Tanques, Gerocoa y Tapizuelas, que aún existen. En estos lugares hay rutas de terracería que persisten porque las personas los mantienen vivos con su andar, y en ocasiones suelen ser llamados aún con el nombre de caminos reales, explica la investigadora.


De la época prehispánica en la región da cuenta el artículo de la arqueóloga Cristina García-Moreno. En Huellas del pasado prehispánico en la región anota que en terrazas aluviales y afluentes de los ríos Mayo y Álamos se han encontrado vestigios de sitios arqueológicos, posiblemente aldeas y rancherías. En la mayoría no se han hallado rastros de arquitectura, pero sí diversas herramientas de molienda que sugieren que sus casas debieron estar cerca.


Algunos investigadores mencionan que la región de Álamos pudo haber sido habitada intermitentemente por grupos semisedentarios desde el periodo Arcaico (9000 a.C.) hasta los primeros años de nuestra era, es información aún por ampliar. Las aldeas incipientes comenzaron a formarse alrededor de 650 d.C., y para 900 d.C. estaban fortalecidas y se habían multiplicado, ocupando varios valles. Hasta antes de la llegada de europeos, la región mantuvo grupos de agricultores.


La historiadora Raquel Padilla Ramos aborda la relevancia de los bienes muebles religiosos, de los que poco se ha hablado. Artefactos litúrgicos, mobiliario, vestimentas, esculturas e imágenes de pincel, varios del siglo XVII, están diseminados en templos y casas particulares. La autora ofrece un acercamiento al arte religioso de Álamos desde su contexto histórico y lo coloca en el lugar que hoy ocupa en la religiosidad de los lugareños.


Con base en fuentes históricas y relatos de la memoria social, Padilla Ramos esboza una ruta de devociones marianas en la zona minera de Álamos, expresada en sus fiestas patronales. A su vez, el arquitecto Pável Tiburcio Verdugo aborda la historia y características de la Misión de Macoyahui, establecida en el avance de los misioneros desde el delta del río Mayo hacia el noreste. Como asentamiento humano Macoyahui, hace referencia a un pueblo cuya población histórica ha estado integrada por miembros de las etnias mayo y guarijío.


Siguiendo la ruta de la etnografía, la obra editorial continúa con los artículos de los antropólogos Alejandro Aguilar Zeleny y José Luis Moctezuma Zamarrón, quienes, respectivamente, abordan a los macurawe (guarijíos) y los mayos.


Hoy día los macurawe cruzan las calles empedradas, andan por las altas banquetas, atraviesan grandes y antiguos portales y acuden al Palacio Municipal de Álamos para gestionar proyectos comunitarios, arreglar papeles, títulos oficiales y defender su existencia y su cultura, escribe Aguilar Zeleny. En tanto Moctezuma Zamarrón aborda los préstamos de la lengua mayo al español en uno de los municipios sonorenses donde se mantiene viva esta lengua.


El recorrido por Álamos termina con un texto sobre los escritos que dejaron diversos viajeros de los siglos XVII al XX, acerca de la apariencia de esta ciudad que ha logrado sobrevivir a través de las centurias, no solamente como un conjunto de habitantes enclavado en la Sierra Madre, sino como un lugar que ha sabido conservar su herencia arquitectónica.


El INAH investiga y protege el patrimonio cultural de Álamos desde 1986, cuando inició la catalogación de sus monumentos históricos. Posteriormente, realizó los estudios de gabinete y campo para el proyecto de declaratoria como Zona de Monumentos Históricos.


Actualmente, finaliza el antropólogo José Luis Perea González, director del Centro INAH Sonora, que el instituto dirige sus esfuerzos hacia el desarrollo de proyectos y programas de conservación, restauración, recuperación y difusión del patrimonio arqueológico e histórico de la región. Asimismo, impulsa acciones conjuntas con el gobierno municipal y organismos de la sociedad civil para el conocimiento y disfrute de dicha riqueza.

 

 

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