Leonardo López Luján, director del Proyecto Templo Mayor, ingresa a El Colegio Nacional.Foto: Melitón Tapia, INAH.

 

*** Tras un brillante ensayo, el investigador del INAH se convirtió en el miembro 37 de la institución que agrupa a los artistas, científicos y literatos más destacados del país

 

*** De Roma a las grandes culturas mesoamericanas, el arqueólogo del INAH mostró la fascinación que entre esas civilizaciones ejercieron las ruinas y las reliquias de sus predecesoras


    

 

De sus casi 55 años, Leonardo López Luján ha entregado 40 a la arqueología, una disciplina que le significa más que una vocación, al igual que los antiguos mesoamericanos, ha hecho del pasado la razón de su existencia. Esta entrega y pasión, le hicieron digno de engrosar las filas de El Colegio Nacional. Tras un brillante ensayo, el investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) se convirtió en el miembro 37 de la institución que agrupa a los artistas, científicos y literatos más destacados del país.

 

Previo a su alocución, el director del Proyecto Templo Mayor, una de las iniciativas de investigación arqueológica con más reconocimientos dentro y fuera de nuestras fronteras, reconoció al INAH como su casa a lo largo de esas cuatro décadas, donde se ha desarrollado a cabalidad como estudioso del pasado. López Luján es el cuarto arqueólogo ligado a este instituto, en formar parte de El Colegio Nacional (Colnal).

 

En la salutación de la ceremonia de ingreso, el presidente en turno del Colnal, Alejandro Frank, recordó que Alfonso Caso, primer director del INAH, se integró a este cuerpo de sabios en 1943, lo mismo sucedió con otro extitular del INAH y discípulo del primero, Ignacio Bernal, en 1972. Eduardo Matos Moctezuma, fundador del Proyecto Templo Mayor y mentor del nuevo integrante, lo hizo en 1993. Tampoco soslayó la presencia de la arqueóloga Linda Manzanilla Naim, de la UNAM, quien hace dos años se incorporó a esta comunidad que fomenta y difunde la ciencia y la cultura.

 

En el acto al que acudió el director general del INAH, Diego Prieto Hernández, y ante la presencia de los miembros del Colnal, el doctor en Antropología, Leonardo López Luján, dio lectura a su discurso intitulado de manera críptica Pretérito pluscuamperfecto. Visiones mesoamericanas de los vestigios arqueológicos, el cual dedicó a dos de los trabajadores más antiguos del Proyecto Templo Mayor, Tomás Cruz y Roberto Ruiz, oriundos del pueblo zapoteca de Santa Ana Yareni, Oaxaca.

 

Como quien excava en su propia historia, López Luján dio inicio a su ensayo con una imagen de su viejo álbum de filatelia, repleto de timbres en los que sobresalen imágenes de las imponentes ruinas y tesoros egipcios y grecolatinos. “Y como una cosa lleva a otra”, esto le trajo a la memoria los espigados obeliscos que sobreviven en Roma, gran parte de los cuales fueron mandados traer del antiguo Egipto a la entonces avasallante capital del imperio romano.

 

El arqueólogo señaló que de los 44 obeliscos consignados para el siglo XVI en Roma, hoy sobreviven 13, ocho de ellos egipcios. Es en este punto donde se esclarece el título de su ponencia Pretérito pluscuamperfecto, que hace referencia a un tiempo anterior a lo pretérito, el pasado del pasado. De la “Ciudad eterna” a las grandes urbes mesoamericanas, mostró la fascinación que entre esas civilizaciones ejercieron las ruinas y las reliquias de sus predecesoras.

 

El autor y coautor de 16 libros y 200 artículos, dividió su alocución en siete capítulos: Egiptomanía romana, Olmecomanía maya, El pasado (re)compuesto, El espectáculo de las ruinas, Dioses gigantes y toltecas, De regreso al porvenir y Antes, ahora y después.

 

Como explicó Eduardo Matos Moctezuma, investigador emérito del INAH, al dar respuesta al discurso de su discípulo, “no hay que olvidar que una característica del poder imperial en todo momento es hacer suyo lo que pertenece a otros pueblos, ya sea en el plano mítico o en su creación material”.

 

A esto se refirió López Luján al recordar en su ensayo cómo los imperios coloniales reactualizarían las proezas de los faraones egipcios, de los emperadores romanos y de los papas católicos. De manera que en el siglo XIX, “las de los obeliscos fueron empresas bajo el auspicio de soberanos, pero ahora financiadas por grandes magnates e inclusive logias masónicas”.

 

En un salto trasantlántico, el arqueólogo se situó en la diversa Mesoamérica para ejemplificar las maneras en que nuestros antepasados “analizaban” los vestigios arqueológicos, cómo se enfrentaban ellos a su propio pasado. Se sabe de las visitas que los mayas del periodo Clásico realizaban a los desocupados sitios olmecas; lo mismo que mexicas, tlaxcaltecas y tlatelolcas, al acudir a Teotihuacan, Xochicalco y Tula, que eran enormes ciudades que para aquel entonces, el Posclásico, ya estaban abandonadas.

 

Daban con tumbas, con ofrendas, extraían antigüedades y les otorgaban un enorme valor, porque asumían que quienes las habían creado, no eran precisamente seres como ellos de carne y hueso, sino dioses, gigantes o pueblos legendarios como los toltecas.

 

“Las ruinas poseen esa capacidad intrínseca de transportarnos al pasado para hacernos entrever el futuro, son los sobrevivientes de épocas lejanas que, muy disminuidas, arriban al presente y con su tragedia pronostican nuestro destino.

 

“En su estado decrépito se proyecta no sólo nuestra propia fragilidad actual y condición de mortales, sino de la precariedad del mundo en que viviremos. De ahí que las ciudades arqueológicas inspiren en sus visitantes ese apocalíptico presentimiento de que las civilizaciones sólo se encumbran para luego colapsarse”, expresó Leonardo López Luján, quien ha obtenido reconocimientos como los premios de Humanidades Eugene Kayden, de la Universidad de Colorado, y Alfonso Caso, del INAH, en dos ocasiones.

 

Placas olmecas de piedra verde con inscripciones glíficas mayas; los ricos ornamentos y reliquias de antepasados mixtecos depositadas en el sitio zapoteca de Monte Albán; piezas teotihuacanas en las humildes casas de Xaltocan y Chalco; un Chac Mool de 700 Kg trasladado de la ruinosa Tula a Tenochtitlan; y el “sabor neoteolteca” en la arquitectura del Calmécac y la Casa de las Águilas de la capital mexica, fueron unos cuantos ejemplos dados por el arqueólogo.

 

La creación de “revival” (reinterpretaciones de las antigüedades), la reutilización de antigüedades y la exploración de ciudades arqueológicas, dijo, “fueron medios idóneos para establecer una conexión con paraísos míticos, tan lejanos como evanescentes.

 

“Remontarse por tales días a un tiempo pretérito más que perfecto, le significó a los mesoamericanos la oportunidad de entrar en contacto privilegiado con las entidades anímicas de sus ancestros y les permitió, al menos en el plano ideal, recibir el auxilio de sus infinitos poderes para asegurar cosechas abundantes, éxito en la guerra y amparo ante la adversidad.

 

“Muchas de estas creencias fundamentales, aunque con sensibles transformaciones, perviven entre los grupos indígenas de México: los relatos de una época antediluviana, marcada por las tinieblas y dominada por los antepasados”. A estas entidades anímicas que habitan en cuevas, manantiales, volcanes, montañas… “las esperan los pueblos originarios que hoy, en su propio país, sufren la opresión, la marginación y la miseria”, concluyó Leonardo López Luján entre una ovación interminable.

 

El profesor Eduardo Matos fue el encargado de dar respuesta al discurso, con un texto que llevó el emotivo título: “A mi mejor alumno, a mi mejor maestro”. Recordó cuando en 1980 recibió a un joven de secundaria como ayudante del Proyecto Templo Mayor, quien pronto se distinguió por entregar los mejores reportes, se trataba de Leonardo López Luján. A él, señaló, aplicaría la siguiente frase escrita por Manuel Gamio en Forjando Patria: “En arqueología, como en bienaventuranza, han sido muchos los llamados, y pocos los elegidos”.

 

Matos consideró que son las mejores manos sobre las que ahora descansa el Proyecto Templo Mayor, a él cedió la dirección de esta iniciativa “porque siempre he creído que hay que dar paso a las ideas de las nuevas generaciones para el avance de la disciplina arqueológica. Sin embargo, como en toda ciencia no hay verdades absolutas e inamovibles, “lo que hoy prevalece, mañana puede dejar de ser”.

 

Acto seguido Alejandro Frank, presidente del Colnal, entregó el diploma de ingreso a Leonardo López Luján. A partir de este momento se integra a esta institución que reúne a personajes ilustres como Juan Villoro, Antonio Lazcano, Jaime Urrutia, Javier Garcíadiego, Julia Carabias Lillo, Linda Manzanilla, entre otros, con quienes colaborará a favor de la cultura y la ciencia en México.

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  Arturo Méndez

 

Suli Kairos Huerta Figueroa
Directora de Medios de Comunicación

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