La conferencia de los arqueólogos del INAH Claudia Guerrero Crespo e Ignacio Rodríguez. Foto: Melitón Tapia, INAH.

 

 

*** Dentro del Seminario Historia, Filosofía y Sociología de la Dirección de Etnología y Antropología Social, investigadores reflexionaron en torno a los cimientos académicos del INAH

 

*** Se busca revisar el proceso de construcción del conocimiento dentro del instituto; áreas como la sociología y filosofía enriquecen a la antropología


 

 

Las celebraciones por los 80 años del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) continúan al interior de la dependencia fundada por Lázaro Cárdenas en 1939. Una jornada académica, dentro del Seminario de Historia, Filosofía y Sociología de la Antropología Mexicana, recordó este día los cimientos académicos de la institución, resultado de una pléyade de hombres y mujeres que comenzaron hacer antropología mucho tiempo antes de que naciera la institución.

 

De acuerdo con la antropóloga Amparo Sevilla, titular de la Dirección de Etnología y Antropología Social (DEAS) del INAH, donde se desarrolla dicho seminario, la jornada forma parte de una serie de eventos académicos conmemorativos organizados por el área y que en esta ocasión busca reflexionar sobre el proceso de construcción del conocimiento dentro del instituto.

 

El INAH no surgió de la nada, dice la antropóloga Matte Marie Wacher Rodarte, quien coordinó la jornada conmemorativa, hay toda una carga histórica que le dio existencia. Un Museo Nacional con una larga tradición que casi fue su columna vertebral, y una serie de personajes haciendo antropología y ciencia cuando no había títulos formales de antropólogos Ellos profesionalizan la antropología en México; eran ingenieros, médicos, profesionales que estudiaron las carreras que entonces había.

 

O se es crítico o no se hace Ciencia Social, dice rotunda la antropóloga Mechthild Rutsch Zehmer, coordinadora del Seminario Historia, Filosofía y Sociología de la Antropología Mexicana, surgido en 1991 como foro para el intercambio académico interdisciplinar en áreas de ciencias sociales y humanidades, como la sociología, historia y filosofía.

 

La antropóloga, quien ha sido investigadora de la DEAS por alrededor de 35 años, explica que es de gran importancia para la antropología este diálogo e intercambio con las ciencias sociales porque amplia la visión; la sociología, por ejemplo, aporta un enfoque del contexto social importante y es crítica; en tanto, la filosofía contribuye en términos teóricos.

 

Actualmente participan en el seminario poco más de una treintena de investigadores de diversas áreas del INAH, así como de la UNAM, del Instituto de Investigaciones Antropológicas, de la Facultad de Filosofía y Letras, y de las universidades Pedagógica Nacional, Iberoamericana, de la Ciudad de México y Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

 

Entre los temas abordados dentro del seminario están el significado del trabajo de campo, nuevas teorías en antropología, la historia de la antropología y la ética de la antropología. En las casi tres décadas de trabajo, se han producido y publicado diversos libros y revistas temáticas especializadas. El foro sesiona el último viernes de cada mes, en la sede de la Coordinación Nacional de Antropología del INAH, y está abierto a todos los académicos interesados.

 

La jornada académica abrió con la conferencia de título sugerente Con sacrificios se formó el Museo Nacional, en referencia a los materiales arqueológicos recuperados en la isla Sacrificios, localizada en Boca del Río, Puerto de Veracruz, explorada con motivo de la edificación de su fortaleza, donde se recuperaron diversos objetos que sirvieron a Lucas Alamán para que el presidente Guadalupe Victoria decretara la creación del Museo Nacional, a pesar de la negativa del Congreso.

 

La conferencia de los arqueólogos del INAH, Claudia Guerrero Crespo e Ignacio Rodríguez, miembros del proyecto de investigación INAH: Tiempo y Nación, se refirió a la constitución del Museo Nacional, antecedente del Museo Nacional de Antropología y del INAH.

 

Claudia Guerrero Crespo explicó que desde décadas anteriores a la Independencia, en la Nueva España se generó un interés por el pasado prehispánico, entre otros objetos por los monolitos mexicas que aparecían durante las obras de construcción. Una vez lograda la Independencia, el conocimiento de lo prehispánico dotó a la nueva nación de una fuerte identidad de nacionalismo y su conservación y estudio pasó a ser de interés y responsabilidad del Estado.

 

Todo lo relacionado con el pasado prehispánico quedó en manos de la secretaría que tuviera bajo su cuidado, la Educación, para entonces la Secretaría de Relaciones Exteriores e Interiores, encabezada por Lucas Alamán, dijo la arqueóloga. En este contexto, el secretario envió el 23 de abril de 1823 una circular a jefes políticos y directores de colegios, seminarios, academias, bibliotecas y universidades, pidiéndoles que informaran sobre libros, manuscritos, máquinas e instrumentos, así como de los monumentos preciosos de la antigüedad que tuvieran, con el objetivo de dar al gobierno las listas y conocimientos necesarios sobre la instrucción pública en el país.

 

Además, Alamán elaboró el Plan General de Educación, en junio de 1823, que disponía, entre otras acciones, la formación de un establecimiento que integrara las antigüedades, la historia natural y el jardín botánico, creado desde 1788. Para ello se debía reunir todas las antigüedades mexicanas, dándose los principios de un museo para mejorar la instrucción pública y generar los conocimientos públicos.

 

El secretario comisionó a Ignacio de Cubas para que recogiera y arreglara todos los monumentos y antigüedades registrados en la Secretaría de Relaciones Exteriores e Interiores, pero por falta de recursos económicos, según el Congreso, no se pudo realizar el museo. Sin embargo, el proyecto de reunir las antigüedades mexicanas no se detuvo, y a Alamán solo le faltaba un pequeño impulso para que el museo viera la luz, señaló Guerrero Crespo.

 

Las cosas se definieron de una manera insólita en 1825, involucrando a una pequeña isla ubicada en el Golfo de México, como quedó consignado en una lista de gastos aprobados por Hacienda, de enero a julio de dicho año, señaló Guerreo Crespo.

 

En la lista de gastos hay dos que llamó la atención de la investigadora: el primero se refiere a la fortificación de la isla de Sacrificio, y el segundo, que corresponde al último lugar en la lista, a gastos para la formación del museo. Ambos fueron considerados como parte de los más caros intereses de la República, destaca la estudiosa.

 

Guerrero Crespo recordó que en Veracruz la guerra contra España no terminó hasta 1825, porque San Juan de Ulúa quedó en manos de tropas peninsulares. En 1823, los españoles ocuparon la isla de Sacrificio y desde mayo de 1824, la defensa mexicana pensó en fortificarla; a finales de ese año la Secretaría de Marina ordena que se lleven a cabo los trabajos de fortificación, extendiéndose hasta 1825, durante los cuales se localizan objetos prehispánicos.

 

Entonces se da la orden de trasladar todo lo descubierto a la Ciudad de México, para destinarlo al Museo Nacional que se iba a formar. El 1 de marzo de 1825 se da a conocer la noticia de que junto con el oro de la nación que iba en camino a la capital, va a viajar un cajón con las antigüedades halladas en la isla.

 

Así, las piezas sirvieron a Lucas Alamán para convencer a Guadalupe Victoria de crear el museo que tanto anhela. El 18 de marzo, Lucas Alamán avisa al rector de la Universidad que el presidente Guadalupe Victoria ha dispuesto la creación de un Museo Nacional, para el cual se destinaría un salón de la Casa de Estudios.

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