Conferencia

Los mayordomos y los sacristanes se regresan a sus casas a descansar, los músicos acuden invitados a las casas para tocar en los altares. Foto: Edith Camacho, INAH.

 

*** Sk´Ak´Alil Anima´Etik se exhibe en el patio del recinto museístico, donde permanecerá hasta el 3 de noviembre 

 

*** El Museo Nacional de Antropología, si bien se ocupa de los pueblos del pasado, también lo hace de los actuales que siguen defendiendo y recreando sus tradiciones: Diego Prieto


 


El ancestral aroma del copal y la embriagadora fragancia de la flor de cempasúchil impregnaban el aire que se respiraba en el patio del Museo Nacional de Antropología (MNA), donde cientos de personas de congregaban para apreciar una de las manifestaciones culturales vivas más importantes del país: la celebración Todos los Santos y Fieles Difuntos, esta vez, concebida bajo la cosmogonía mayense de la comunidad tzotzil de Zinacantán, en Chiapas.


Ataviados con sus vistosos trajes bordado, los integrantes de la comunidad zinacantense daban los últimos preparativos a la ofrenda que colocaron frente al majestuoso Paraguas, como si se cobijara con la titánica fuente invertida, a la espera de compartir con los asistentes, en su mayoría familias completas, los rituales de la celebración conocida como Sk´Ak´Alil Anima´Etik, Días de Muertos, que llevan a cabo los días 1 y 2 de noviembre en ese municipio de la región de Los Altos, de Chiapas.


En este sistema de creencias, el funeral y los primeros días de noviembre tienen objetivos compartidos. Uno de ellos, convertir el alma de un muerto, potencialmente destructiva y maligna, en la figura de un ancestro respetable por medio de los rituales en su honor. En los días de Todos Santos y Fieles Difuntos se reafirma esta misión: otorgar al difunto el estatus de ancestro, el cual visita a sus familiares para reforzar los lazos sociales de la comunidad más allá de la muerte.


Y precisamente en la “casa de todas las culturas mexicanas”, el MNA, el antropólogo Diego Prieto Hernández, director general del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), manifestó que esta manifestación cultural da muestra de un México orgullosamente pluricultural y multilingüe, heterogéneo y diverso en su geografía, sus composiciones etnolingüísticas, sus universos simbólicos y su vida toda.


En la inauguración de la ofrenda Sk´Ak´Alil Anima´Etik, Días de Muertos, hizo hincapié en que el MNA, si bien se ocupa de los pueblos del pasado, también lo hace de los actuales, que siguen defendiendo y recreando sus tradiciones.


“Estos pueblos que saben que los muertos siguen viviendo, que no veneran a la muerte sino a los difuntos, a los antepasados, a las ánimas que siguen en contacto con las familias, con las comunidades y los pueblos, y que se comunican con los vivos de diferentes maneras, a través de los sueños, de los rezos y de estas celebraciones”, indicó el antropólogo.


Prieto Hernández detalló que se trata de una muestra de cómo todos los ancestros siguen presentes, en otro lugar y camino, pero entre los vivos, concepto importante para entender la trascendencia de la vida, para comprender que sin muerte no hay vida y para pensar que el partir —de alguna manera— es una forma de vivir de otro modo.


El titular del INAH resaltó que, en esta ocasión, la ofrenda está dedicada a Miguel León-Portilla, un gran defensor de los pueblos indígenas de México, quien supo recoger del pasado enseñanzas para defender las causas de las comunidades indígenas del presente. También mencionó al investigador estadounidense de la cultura maya, Walter F. Morris Jr., hablante de tzotzil y quien fuera gran amigo de los pueblos indígenas de Los Altos, en Chiapas.


En el acto inaugural estuvieron Antonio Saborit, director del MNA; Arturo Gómez Martínez, subdirector de Etnografía del MNA; María Eugenia Sánchez Santana, curadora de la Sala Pueblos Mayas de las Montañas; Domitilo Martínez Pérez, primer regidor de Zinacantán; Ricardo Juan Hernández López, director de la Casa de Cultura de esa localidad; y Ana Isabel Salazar, responsable de programa Noche de Museos de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México.


Tras el discurso de apertura, inició el ritual, el cual se divide en dos: el que se realiza en las casas y el que se lleva a cabo en el panteón. Las mujeres de la comunidad, entre las que se encontraban niñas de ocho y 12 años, procedieron a colocar las frutas en una mesa de madera, situada ante el altar familiar, en la que se esparce juncia (puntas de pino), al igual que en el suelo, y se acomodan la comida y las bebidas tradicionales.


La comida consiste en un caldo de pollo con repollo; se prepara café, atole agrio y carne de res ahumada que se sirven en platos y jarros de barro. Chayotes, mazorcas de maíz, cañas, naranjas, ramos de flores de cempasúchil, dalias y geranios rojos son distribuidos en montones cubriendo la superficie de la mesa.


Una jícara llena de tortillas hechas a mano, un platito con sal, una copita de posh (aguardiente), fotos de los antepasados, un refresco y un vaso con agua complementan la ofrenda. Se colocan velas en el suelo, junto con incensarios y veladoras. Frente al altar se acomodan sillas pequeñas para que las almas se sienten a descansar y a consumir los alimentos mientras dura su visita en estos días festivos.


En este montaje se agregó otra ofrenda dedicada a su protector san Antonio, cuya figura remata el cuarto piso del altar; lo acompañan diversos ramos de flores a los costados y, en el centro de cada nivel, imágenes de santos y vírgenes; al pie, un sahumerio con copal y un par de velas blancas colocados sobre un pequeño banco.


Ricardo Juan Hernández López, director de la Casa de Cultura de Zinacantán, explicó al público que las familias no duermen, desde la noche del 31 de octubre al amanecer del 1 de noviembre realizan los preparativos de la ofrenda.


“Esta fiesta para nosotros es parecida a la Navidad, que es cuando se reúne toda la familia, pero también las almas de los difuntos. El 1 de noviembre es el día en que salen las almas que se cree que están resguardados en el ‘lugar de los huesos ardientes’, el K´Atin-Bak, (purgatorio cristiano, en tzotzil), donde son purificados, si en vida se portaron bien, respetaron las fechas de guardar y las fiestas, tienen el permiso de salir los dos días, no todos lo consiguen, si en vida, una persona inició un algún trabajo y no lo concluyó al morir, su alma no saldrá a descansar”, comentó.


Una vez colocadas las ofrendas, en la mañana del 1 de noviembre, las familias se dirigen al panteón para llevarles viandas a sus seres queridos: elotes y chayotes, que se dan en la región, cañas, naranjas y plátanos, que se compran; son depositados en las cabeceras de las tumbas, a un costado de una cavidad que se construye como símbolo de la entrada al inframundo, junto con las velas de cera, las cuales representan a la divinidad, y de cebo, que aluden a las almas.


Al lugar llegan dos mayordomos de San Antonio (chico y grande) y los sacristanes, así como los ayudantes, quienes se reúnen desde la iglesia. Los mayordomos se encargan de hacer las ceremonias de Todos Santos y Fieles Difuntos, los acompañan los músicos tradicionales. Ataviados con sus jorongos negros de lana y calzados con taloneras (tipo de huarache maya que data de la época prehispánica), pasan en cada tumba a rezar responsos en latín para pedirle permiso al guardián del lugar, donde están resguardadas las almas, para que puedan salir.


“Las almas pasan un solo proceso de purificación, se cree que el tiempo que vivieron será el mismo que pasaran purificándose en el ‘lugar de los huesos ardientes’, para, posteriormente, volver a la vida como otra persona o animal”, comentó.


Los fallecidos son enterrados según el motivo de su deceso. Cuando se trata de un adulto que murió de forma natural, su cabeza se coloca hacia el oriente; si es un menor de edad o si la causa de la muerte fue por un acto violento, la cabeza se ubicará al poniente. Así, la tumba es cubierta con puntas de árbol de pino llamadas juncias y, posteriormente, con gran cantidad de pétalos de cempasúchil.


Ya en la noche, al terminar sus responsos, los mayordomos y los sacristanes se regresan a sus casas a descansar, los músicos acuden a las casas para tocar en los altares, mientras las familias recogen los frutos ofrendados para volver a depositarlos al día siguiente. El 2 de noviembre, se repite el ritual y, en la tarde, los mayordomos junto con sus ayudantes, juntan los alimentos para llevarlos al atrio de la iglesia y repartirlos entre la gente. En las casas, se levanta la ofrenda para evitar que los malos espíritus también la disfruten.


La ofrenda del MNA podrá ser apreciada hasta el domingo 3 de noviembre.

 

 

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