El transeúnte de Paseo de la Reforma podrá admirar la delicadeza de piezas prehispánicas elaboradas con estos exoesqueletos, a través de 62 imágenes. Foto: Melitón Tapia. INAH.

 

*** Los transeúntes de Paseo de la Reforma podrán admirar la delicadeza de piezas prehispánicas elaboradas con estos exoesqueletos, a través de 58 imágenes

 

*** Es un diálogo entre los estudios de Lourdes Suárez Diez, investigadora emérita del INAH y pionera en el tema; y la mirada de la fotógrafa Martha Alicia López Díaz


 

 

Por venir del mar, para nuestras antiguas culturas los caracoles y las conchas representaban cuerpos del firmamento, estos materiales malacológicos adornaban a deidades vinculadas con las estrellas, la luna o Venus. Ese “universo maravilloso” se despliega en la Galería de las Rejas de Chapultepec, a través de 58 fotografías que revelan la delicadeza de piezas prehispánicas elaboradas con estos exoesqueletos marinos.

 

En la inauguración de la exposición, Aída Castilleja González, secretaria técnica del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), explicó que la muestra parte de una colaboración entre la antropóloga Lourdes Suárez Diez, cuyos estudios de más de 50 años sustentan el discurso museográfico, y la fotógrafa Martha Alicia López Díaz, autora de varias de estas impresionantes imágenes.

 

Conchas y caracoles. Ese universo maravilloso, apuntó Aída Castilleja, también es resultado de un diálogo fructífero entre arqueología y etnohistoria, disciplinas que permiten reconstruir múltiples aspectos de las antiguas culturas, en especial de Mesoamérica y Aridoamérica, y de sus extensos e intensos vínculos en los cuales el intercambio de bienes marinos jugaba un papel central.

 

Los estudios emanados “nos permiten evaluar el grado de desarrollo de un grupo gracias a la fabricación de ornamentos, ya que, para obtenerlos, sus artífices debieron utilizar técnicas avanzadas de percusión y desgaste, así como de acabados, llegando a dominar el esgrafiado, el tallado, el calado, el acanalado, el alto y el bajorrelieve, y la pintura, obteniéndose muchas veces verdaderas obras de arte”.

 

Tras presentarse con éxito en espacios del extranjero y nacionales, entre ellos 11 museos regionales del INAH, la exposición —que permanecerá hasta el 8 de marzo a la vista de los transeúntes de Paseo de la Reforma— es, a su vez, un viaje por la “transformación” de estas materias primas: conchas y caracoles, en objetos suntuarios de alta carga simbólica.

 

Ese trabajo, como señaló Guadalupe Lozada León, directora general de Patrimonio Histórico, Artístico y Cultural, de la Secretaría de Cultura capitalina, trascendió incluso la Conquista y se expresó a través de trabajos como los “enconchados”, las pinturas novohispanas incrustadas de concha nácar.

 

La doctora Lourdes Suárez, investigadora emérita del INAH, comentó que cuando ella inició esta línea de investigación, hace medio siglo, “en los estudios arqueológicos el bagaje cultural intrínseco en la fabricación de estas piezas, era prácticamente desconocido. Situación que ha cambiado gracias a profesionales interesados en el análisis de materiales malacológicos usados en objetos prehispánicos; y su cotejo en códices, donde dioses —principalmente del panteón mexica— aparecen portándolos.

 

 “La muestra deja ver que se trataba de una verdadera industria. La concha se traía de diferentes mares con un fin comercial; había determinadas especies del género Spondylus princeps, las cuales eran las más solicitadas, lo que estableció una red de comercio importante entre los pueblos de la costa, sobre todo del Caribe, como la cultura maya, y los del Altiplano, desde Teotihuacan hasta Tula”, abundó durante el recorrido inaugural de la exhibición.

 

El discurso museográfico —continuó— parte con la funcionalidad de las piezas, es decir, por el tipo de ornamentos de concha elaborados en el México antiguo: cuentas, pendientes o colgantes, collares (manufacturados a partir de los dos primeros), pectorales, orejeras, narigueras e incrustaciones.

 

El guion remata con imágenes de códices que representan a dioses ataviados con algunos de estos elementos, por ejemplo, Tetzcatlipoca se caracteriza por portar el pectoral de concha conocido como anáhuatl, mientras que Huitzilopochtli aparece con un antifaz negro rodeado de incrustaciones de concha, el cual representa la noche estrellada. Un caso particular es el de Tecciztécatl, dios del caracol marino, convertido en deidad lunar durante el holocausto de la creación del Quinto Sol, es decir que las conchas y los caracoles podían ser, en esencia, divinidades.

 

Conchas y caracoles no se limita a mostrar estas bellas piezas, sino que también da cuenta de sus representaciones en la pintura mural, presente en la figura del hombre-escorpión de los murales de la Zona Arqueológica de Cacaxtla; en la arquitectura, caso de la serpiente-dragón esculpida en la Pirámide de Quetzalcóatl, en la ciudad de Xochicalco; y en la cerámica, como una vasija maya en forma de caracol y de la cual emerge un personaje que representa el nacimiento del hombre.

 

En la exposición sobresale la fotografía de un mosaico de concha, descubierto en la Zona Arqueológica de Tula, en Hidalgo, el cual representa a un personaje surgiendo de las fauces de un animal. Es posible que se trate de la interpretación del gran señor de la mítica Tollan: Topiltzin-Quetzalcóatl, cuya leyenda influyó en la conquista española.

 

Lourdes Suárez, especialista adscrita a la Dirección de Etnohistoria del Museo Nacional de Antropología, precisó que la pieza fue elaborada con un mosaico de incrustaciones de concha nácar, proveniente de lo que hoy es Chiapas. En tanto, los caparazones con los que se confeccionó fueron extraídos de varios litorales: Golfo de México, mar Caribe y mar de Cortés, Pacífico, así como de cuerpos de agua dulce”.

 

Otra pieza capturada por la lente de Martha Alicia López Díaz, es un pectoral en forma de “peineta española” —de 20 centímetros aproximadamente, hecha de un gasterópodo (caracol), posiblemente de la especie Turbinella angulata—. En su interior se realizó un altorrelieve que combina la técnica de calado con el esgrafiado, y representa una escena ritual en la cual se bebe pulque, licor sagrado de los mesoamericanos.

 

La artista también fotografió una pieza hallada en el sitio de Huitzilapa, Jalisco, en la que se observa un personaje vestido con una túnica compuesta por 86 mil piezas del género Spondylus princeps; así como la “Coraza de Tula”, una vestimenta ceremonial compuesta de casi mil 500 pendientes de concha y caracoles, la cual fue ubicada en el Palacio Quemado de esa zona arqueológica del estado de Hidalgo.  

 

La apertura de la exhibición en la Galería de las Rejas de Chapultepec fue presidida, a su vez, por el doctor Cuauhtémoc Velasco, director de Etnohistoria del INAH; por José Manuel Rodríguez, director de las Galerías Abiertas; y por la fotógrafa Martha Alicia López Díaz. También se contó con la presencia del doctor Antonio Saborit, director del Museo Nacional de Antropología.

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