*** Los catedráticos Stefano Tedeschi y Ana María González Luna abordaron la difusión de la literatura mexicana en el país europeo, y viceversa

 

*** “Para Italia, México ha sido un mundo por descubrir: lejano, exótico, violento, pasional, contradictorio y fascinante”, manifestó la investigadora de la Universidad de Milán

 

Con respecto a otros autores latinoamericanos, escasamente traducidos al italiano, la posición de los grandes escritores mexicanos en el umbral del llamado “boom” era privilegiada, al ser publicados por los sellos más prestigiosos de esa nación, como Feltrinelli y Mondadori; este aspecto creó un peculiar imaginario de lo mexicano en esas latitudes, el cual se quebró tras sucesos políticos como el 2 de octubre de 1968 y el caso del poeta cubano Heberto Padilla.

 

La literatura, de ida y vuelta, fue el eje de la cuarta y última sesión del seminario virtual “Italia y México: Relaciones culturales desde la Conquista hasta la actualidad”, organizado por la Secretaría de Cultura y la Embajada de Italia en México, a través de los institutos Nacional de Antropología e Historia (INAH), e Italiano de Cultura.

 

Para entrar al intercambio e influencias culturales entre México e Italia en la segunda mitad del siglo XX, el catedrático de la Universidad de Roma - La Sapienza, Stefano Tedeschi, abordó la difusión de la literatura mexicana en aquel y la creación del mito italiano de la América Latina.

 

Apenas arrancaba la década de 1960, dijo, y ya dos hitos de las letras mexicanas aparecían en italiano: Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y El laberinto de la soledad, de Octavio Paz. Del primero seguiría El llano en llamas, bajo la traducción de Giuseppe Cintioli, quien le dedicó un curioso título: La morte al Messico; mientras que del segundo, en 1964 se publicaría una antología poética en 1964, a partir de Libertad bajo palabra. Ese mismo año, en Italia comenzó a circular Aura, y entre 1966 y 1967, La muerte de Artemio Cruz y Cambio de piel; todos, autoría de Fuentes.

 

A pesar de lo anterior, “a partir de 1968, todo esto parece desaparecer. Los libros de Rulfo no se van a reimprimir, de Fuentes no se publicaría nada nuevo, sino hasta los años 90, y la obra de Paz quedaría en antologías. ¿Qué condicionó esta situación en detrimento de los autores mexicanos, posicionándolos en un segundo plano tras el boom latinoamericano?”.

 

Hay una razón que no es literaria sino política, explicó: “sabemos que gran parte de los traductores y autores involucrados en el ‘boom’ pertenecían al Partido Comunista o, en general, simpatizaban con la izquierda italiana. En mayo de 1968 se publicó Cien años de soledad; y entre julio y septiembre florece el movimiento estudiantil mexicano que, valga decir, tuvo gran repercusión en Italia a través de los reportajes de la periodista Oriana Fallaci, quien mostró una cara distinta de México.

 

“Entonces, México quedó fuera del mapa de esa Latinoamérica revolucionaria. Otro hecho significativo se daría, el 9 de abril de 1971, cuando Le Monde publicó la primera carta de intelectuales a Fidel Castro, para protestar por el arresto del periodista Heberto Padilla, firmada, entre otros, por Juan Goytisolo, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Octavio Paz”. De acuerdo con Tedeschi, eso provocó la desaparición de ambos autores, Paz y Fuentes, de las editoriales italianas, las cuales estaban muy influidas por las relaciones con Cuba.

 

Por su parte, la profesora de la Universidad Estatal de Milán, Ana María González Luna, abordó la presencia contemporánea de autores italianos en México. En su opinión, desde la Independencia, en 1821, para México esa nación ha sido paradigma cultural indiscutible, mientras que para Italia el territorio mexicano “ha sido un mundo por descubrir: lejano, exótico, violento, pasional, contradictorio y fascinante”.

 

Como destacó el propio Juan Rulfo en una conferencia, escritores como Vasco Pratolini, Elio Vittorini, Cesare Pavese, Carlo Cassola, Pier Paolo Pasolini e Italo Calvino, en particular, formaron un grupo de escritores valioso que impulsó la literatura universal de la segunda mitad del siglo XX, influyendo, incluso, a la norteamericana con su aspecto neorrealista y refinado.

 

Para comprender la imagen de México desde la letra italiana, Ana María González analizó obras de tres grandes: Bajo el sol jaguar, de Italo Calvino, el primero de tres libros resultado de un proyecto inconcluso que el escritor dedicaría a los cinco sentidos. En este caso, borda sobre el sentido del gusto, pues el protagonista va internándose en el saber a través del sabor, y en una cultura milenaria en visitas a antiguas ruinas.

 

En tanto, la espiritualidad del pueblo mexicano fue lo que cautivó a Carlo Cóccioli y permeó su obra. En su autoexilio en nuestro país, a mediados de los años 50 e inicios de los 60, publicó Omeyotl. Diario messicano (una recopilación de artículos periodísticos) y las obras Manuel el Mexicano, y Yo, Cuauhtémoc, con las que dio su visión universal del fenómeno mexicano.

Por último, citó al escritor, guionista y traductor Pino Cacucci, quien ha publicado una variopinta obra dedicada lo mismo a mujeres transgresoras como las artistas Frida Kahlo y Nahui Ollin (Carmen Mondragón), que a intrigas de novela negra, retratos grises de nuestra sociedad en Tijuanaland, Demasiado corazón y El polvo de México; o novela histórica como El Batallón de San Patricio.

 

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