El viaje de cuatro años por los nueve niveles del inframundo mexica. Un descenso del alma, nivel por nivel, hacia el descanso eterno.
Quien moría de forma natural emprendía una travesía de cuatro años por nueve niveles sucesivos, acompañado de un xoloitzcuintle y las ofrendas que su familia le dejaba en la tumba.
Lo que sigue es ese descenso.
La tierra… nuestra madre, el lugar que nos recibe al nacer y que también nos acoge al morir.
En la cosmovisión de diversos pueblos mesoamericanos, las cuevas eran consideradas espacios sagrados, entradas al inframundo y lugares de conexión con las fuerzas que daban origen a la vida.
En nuestro camino hacia el Mictlán, el agua ocupa un lugar fundamental. Es un elemento vital que limpia, purifica y renueva; pero también nos invita a reflexionar sobre el origen de la vida.
Si en el primer nivel la tierra nos recibe como madre y última morada, en este segundo nivel el agua nos remite a otro momento fundamental de nuestra existencia: la gestación.
En el tercer nivel del camino al Mictlán encontramos dos montañas que chocan entre sí.
Para comprender su posible significado, podemos acercarnos a la visión del mundo de los antiguos mexicas, en la que las montañas tenían un profundo sentido sagrado.
En el cuarto nivel del camino al Mictlán encontramos la Montaña de obsidiana.
Para comprender su significado, es importante conocer el valor que este material tuvo para los antiguos pueblos mesoamericanos, tanto por sus cualidades físicas como por su presencia en diferentes prácticas rituales.
En el quinto nivel de nuestro recorrido por el Mictlán volvemos a encontrarnos con la Montaña de obsidiana.
Desde algunas interpretaciones de la cosmovisión mesoamericana, los niveles del inframundo pueden entenderse como etapas de transformación del cuerpo después de la muerte, un proceso en el que la materia que nos constituye regresa poco a poco a la tierra.
En el sexto nivel del camino al Mictlán encontramos el lugar donde tremolan las banderas.
Su nombre nos remite al movimiento de una bandera agitada por el viento, una imagen que podemos relacionar con las transformaciones que experimenta quien emprende el viaje hacia el inframundo.
En el séptimo nivel del camino al Mictlán encontramos el lugar donde se flecha la gente.
De acuerdo con la interpretación de Mónica Luna López, en este sitio llegaban las flechas perdidas durante la guerra, que se convertían en un obstáculo para quienes emprendían el viaje al inframundo.
En el octavo nivel del camino al Mictlán encontramos el lugar donde son comidos los corazones.
Aquí aparece un enorme jaguar, un animal de gran importancia para los antiguos pueblos mesoamericanos, relacionado con el poder, la fuerza y la Tierra.
Después de cuatro años de recorrido, llegamos al noveno y último nivel del camino al Mictlán: el lugar sin orificio para el humo.
Aquí concluye el viaje de quien ha atravesado las distintas regiones del inframundo, en una travesía que podemos interpretar como un retorno al origen, allí donde todo comienza y termina para volver a empezar.