Imprimir

Deja Don Pepe Ramírez su impronta en el INAH. Foto: INAH.

Don Pepe Ramírez. In memoriam

(Ciudad de México jueves 5 de abril de 1945-miércoles 25 de noviembre de 2020)

Para Carmelita, su viuda

A todos los que le agradecemos.

José Luis Ramírez Ramírez nació el jueves 5 de abril del año en que por fin terminó una cruenta guerra que pareció llevaría al fin del mundo; a cuatro meses de su llegada a la Tierra, finalizaba esta guerra con la locura de dos grandes hongos de mortal fuego apocalíptico, con llantos y silencios que así lo anunciaban, y José Luis, a contracorriente, se dedicó a crear un mundo, a tejer una trama cargada de historias.

José Luis, quien prefería le llamaran Pepe, fue hijo único de una familia de comerciantes, y en sus primeras etapas de vida se dedicó a la industria textil, para dar paso a su labor a partir del complejo año de 1968, cuando empezó a trabajar en el INAH, primero como contador y después en el entonces archivo administrativo, bajo las órdenes del arquitecto Ignacio Marquina, entonces jefe del Departamento de Monumentos Prehispánicos.

A partir de ese momento, se dedicó a construir y fortalecer el acervo, con varios investigadores de alto prestigio como Jorge Acosta, su tocayo José Luis Lorenzo, Roberto García Moll, Ángel García Cook, Joaquín García-Bárcena y Alejandro Martínez Muriel, entre múltiples jefes con los que convivió, discutió, impulsó, defendió y acordó lo que se llegó a convertir en el Archivo de Arqueología, el que con el paso del tiempo se volvió uno mismo con Pepe.

Un archivo que es un conjunto ordenado de documentos que se constituyen en la memoria resguardada, patrimonio histórico envuelto en su forma terrena de documento, y al que ennobleció aún más al resistir regresivos embates y lograr conservar esa memoria social plasmada en miles de volúmenes de informes, proyectos, documentos, levantamientos, dibujos, planos, expedientes, poligonales, fotografías, películas, diapositivas, libros e, incluso, acervos de varios connotados investigadores fallecidos, toda una gama de información que además permanecía en la privilegiada mente de aquel que la abría ante el leve impulso de la simple pregunta que se le planteaba un día sí y al otro también: “Pepe, ¿me podrías ayudar con…?

Pepe se volvió guardián y memoria de palabras colectivas, a veces contradictorias pero complementarias y valiosas, documentos que conservan los discursos arqueológicos que se han escrito en múltiples formas, bajo una amplia variedad de perspectivas, con miradas cargadas de sus propios tiempos y espacios, y que él lograba que funcionaran en ese mundo de papeles y de materiales.

Su vida fue siempre tiempo para agradecerle a quien se mereció más abrazos, ese gran memorialista quien atesoró para dar a los demás la oportunidad de saber, quien defendió a esos bienes de todos con herramientas forjadas y tomadas de su forma de ser meticulosa. Pero de esos, sus tiempos, destaca el homenaje organizado en su honor, en 2014, en el Museo Nacional de Antropología, cuando se tuvo la feliz oportunidad de decirle en público y de frente: “Gracias Pepe”, y hacerle patente nuestro cariño por su labor de resguardar la memoria histórica que siempre puso a nuestra disposición, atesorada con la paciencia obligada y que volvió compartida y compartible.

Su labor fue semejante a la de otro José que también tenía por pasión el buscar y reunir la información que estaba en riesgo de perderse, como nos narra el enorme José Saramago en su novela Todos los nombres: “Don José mira y vuelve a mirar lo que se halla escrito en la ficha, la caligrafía, excusado sería decirlo, no es suya, tiene un trazo pasado de moda, hace varios años otro escribiente anotó las palabras que aquí se pueden leer”.

Y se entendía que, básicamente, así de grande por sencilla, era la función que hizo Pepe en “su” archivo histórico, pues radicó en construirlo como un conjunto ordenado de documentos, ante múltiples disposiciones, criterios y normas, con la aplicación de los cuidados que pudo obtener, aunque en muchas ocasiones las instrucciones que recibía le resultaran contradictorias o lesivas. A pesar de ello, consiguió una misión más importante, que fue la de servir, es decir, el exponer los archivos para que el que ahí llegue cuente con la posibilidad de explorar en los miles de hojas y materiales, intentos de construir historias, esa memoria colectiva de los pueblos y de las arqueologías.

De “su archivo”, se debe resaltar, en breves palabras, su antigüedad, su profundidad histórica, su diversidad temática y de miradas, el valer de su continuidad, así como destacar el peligro de su dispersión y del riesgo por pérdida de sus valiosos fondos, muchos de ellos conformados por documentos inéditos, construidos por trabajadores de nuestro querido INAH y de otras valiosas instituciones nacionales y extranjeras.

Pepe fue un trabajador que se caracterizó por la constancia, la congruencia, la paciencia, la bondad de la transmisión, el respeto al otro, aspectos de su ser que lo enaltecieron aún más por su enorme valía. Su trayectoria laboral, la cual se formó casi como su vida, rebasó sexenios y soportó cambios en líneas políticas, en prioridades que cambiaban mientras él mantenía su espacio bajo resguardo, ese archivo de Pepe dijo con mucha verdad: “Esta es una fuente en busca de investigadores”.

En los acervos que Pepe atesoró se encuentran también los cambios de perspectiva, de práctica, de definición en la política y organización del quehacer arqueológico e institucional. Basta una mirada somera para encontrar datos e informes, de propios puño y letra o de sus máquinas de escribir o computadoras, de personajes como Batres, Piña Chan, Acosta, García Payón, Armillas, Gándara Vázquez, Caso, Mendiola Galván, Lorenzo Bautista, Carballal Staedtler, Noguera, Ruz L’huiller, Lítvak King, García-Bárcena, Gamio, Olay Barrientos, Contreras, Martínez Muriel, Ruiz Gordillo, Gamio, Sánchez Vázquez, Nalda Hernández, González Licón, Sánchez Nava, García Payón, Acosta, Navarrete, Armillas, Berlín, Blom, Cevallos, Rubín de la Borbolla, Marquina, Du Solier, Medellín, Manzanilla Nahim, Moedano, Noguera y Palacios, así como un enorme, por fortuna creciente e indispensable etcétera.

Como acertadamente dijo, en 2004, Laura Pescador “Lo paradójico de la vida profesional de Pepe es el hecho de que, a pesar de saber como nadie lo que se ha hecho en cada uno de los sitios arqueológicos, solamente ha visitado algunos de ellos” (“Homenaje a José Luis Ramírez”, Laura Concepción Pescador-Cantón, abril 2004, revista Arqueología, número 32), que fue un gran desacierto y enorme deuda que, a instancias de los arqueólogos Gustavo Ramírez y María de la Luz Aguilar Rojas, fueron enmendados al menos parcialmente, contando con el apoyo de autoridades e investigadores del INAH.

El mejor homenaje a Pepe consistiría en que ese archivo, “Su archivo”, sea fortalecido a través de más apoyos en recursos de todo tipo, sin escatimarle nada, pues es un hecho que contiene una parte sustantiva de nuestra memoria social, lo que está a contracorriente de las tentaciones para su desarticulación, pues parte de la misión colectiva de nuestra casa, entendido lo valioso de esa inversión social, lo que con mucha claridad sostenía Pepe. Descansa en paz, hombre memorioso. Buen viaje.

Luis Alberto López Wario.

Dirección de Salvamento Arqueológico-INAH.

 

 

Archivos adjuntos:
Descargar este archivo (20202511_pepe_ramirez.pdf)20202511_pepe_ramirez.pdf[ ]