Por: Victor Joel Santos Ramírez
Victor Joel Santos Ramírez
Arqueólogo egresado de la Escuela Nacional de Antropología e Historia y maestro en Arquitectura por la Universidad Autónoma de Sinaloa, adscrito al INAH desde 2002. Sus campos de estudio son la arqueología histórica, el arte rupestre, el simbolismo y la mitología del mundo antiguo; director de diversos proyectos de investigación en Sinaloa, además de autor, coordinador y editor de varios libros.
A su llegada al continente americano y durante las primeras décadas del siglo XVI, los españoles se encontraron con un juego de pelota muy practicado por los pueblos originarios de las Antillas, región que agrupa a las actuales nacionales insulares de Haití, República Dominicana, Puerto Rico y Cuba. Los taínos, migrantes de origen arawuako, procedentes de lo que hoy es Sudamérica, practicaban el ‘batey’, un juego que empleaba una pelota grande y pesada, y que requería de 10 a 20 personas por equipo, quienes jugaban casi desnudos entre hombres, mujeres o en grupos mixtos, ganando el que más rayas o puntos hiciera de acuerdo con determinadas reglas.[1]
La peculiaridad de este juego era que se jugaba con la cadera, los hombros, los glúteos y los codos, las manos no se utilizaban. La pelota, debido a su peso y los materiales con los que había sido fabricada (raíces, plantas y caucho), alcanzaba con su bote alturas mayores a la de los partícipes en las justas.
También en la Europa de la época se jugaba a la pelota. Esta era fabricada con una vejiga de cerdo cubierta con una funda de cuero inflada a presión, en la península ibérica se le conocía como pelota de viento, antecedente de la pelota vasca, la cual se jugaba con raqueta. La pelota de viento fue muy popular en el siglo XV y dio pie al ‘juego de palma’, llamado así porque se golpeaba con la palma de la mano; la popularidad de esta práctica aumentó debido al descubrimiento del caucho (del taíno kawcho, que significa ‘lágrimas de árbol’) que comenzó a emplearse en la fabricación de pelotas, precisamente, a partir del contacto con el continente americano.
En el territorio de la actual Italia también había un juego de pelota, que empleaba una bola llamada ‘balón’ o ‘palón’[2] en Lombardía y Nápoles, pero esta no botaba como la pelota de hule.
El origen del juego de pelota en el Viejo Mundo se atribuye a los lidios, quienes, de acuerdo con Heródoto, lo inventaron en el siglo XII a.C., para “divertir el hambre, pasaban un día entero jugando a fin de no pensar en comer y al día siguiente cuidaban de alimentarse y con esta alternativa vivieron dieciocho años”.[3]
Cuando los españoles llegaron a lo que conocemos como México y se adentraron en el territorio, descubrieron que muchas poblaciones de diversas lenguas practicaban, con similitudes y notables diferencias, aquel juego visto en las islas, de manera que, indistintamente, lo nombraron batey.
El vocablo caribeño prevaleció hasta que los evangelizadores, al dominar alguna de las lenguas originarias, principalmente el náhuatl, identificaron que en el centro del naciente virreinato, el juego era referido como ullamaliztli.
De acuerdo con Motolinía: “Lo llaman ulamaliztli y en nuestro castellano se dice juego de la pelota de viento, se encontraba en la misma plaza donde estaba el mercado, el lugar donde lo jugaban le llamaban tlachtli y tlachco, los españoles lo nombraban batey, que es el nombre de las islas”.[4]
La palabra ullamaliztli está compuesta por ulli, cuyo significado es hule, nombre que también recibía la pelota,[5] pues el jugador era llamado ollamani (el que golpea la pelota) y el segundo sufijo podría provenir de tlama (cazar o perseguir) o de tlaza (arrojar);[6] en maya yucateco colonial, al juego se le llamaba pokolpok, del sustantivo pok, pelota,[7] también se utilizaba pitz para nombrarlo, los jugadores eran pitziil. Lo cierto es que la mayoría de religiosos no omitieron en sus crónicas al ulama (forma abreviada y castellanizada de ullamaliztli): sus reglas, las características de los jugadores, la gente que acudía a observarlo, los tipos de apuestas, pero sobre todo, y lo que más les interesaba saber, si constituía o era parte de una idolatría que debía ser erradicada.
Registros históricos y evidencias arqueológicas
Los religiosos que llegaron al centro del país y conocieron el ulama, recogieron información básica sobre su práctica y, apenas, algunos aspectos míticos.[8] Contrariamente, admiraron su carácter lúdico, el alto nivel atlético, acrobático, la habilidad y destreza de los jugadores, así como el interés que despertaba entre la población o la adicción que causaban las apuestas, pues no faltaba quien empeñaba su fortuna y aun los pobres lo hacían con cosas de poco valor; había quienes apostaban casas, sembradíos, trojes de maíz, magueyes o, inclusive, vendían a sus hijos o se vendían a sí mismos.[9] Estas y otras circunstancias llevaron a la supresión del ulama, al igual que el juego del patolli, “por ser sospechoso de algunas supersticiones que en ellos hay”.[10]
Pese a ello el juego de pelota no desapareció del todo. En el siglo XVII aún se encontraba vivo en regiones hasta entonces difíciles de penetrar por los europeos, como eran la sierra de Topia, en los valles montañosos de Sinaloa y Durango, en el noroeste de México (figura 1) y en el extenso territorio bañado por los ríos Apure y Orinoco, el cual comparten los países de Venezuela y Colombia, en Sudamérica.
Los cronistas coincidieron en que el ulama se jugaba en un espacio con una arquitectura especialmente diseñada; sus recintos estaban delimitados por dos muros de dos metros y medio de alto, en promedio, más anchos de abajo que de arriba (taludes), separados por seis o nueve metros de ancho y doce o quince metros de largo.[11] Una raya marcaba la mitad del terreno y, a esa altura, a la mitad de los muros se encontraban empotradas dos piedras circulares con el centro perforado, tlachcomalacatl[12] (marcadores o anillos de piedra), lo suficientemente amplias para que en su interior pasara la pelota.[13]
Para jugar mejor, las paredes estaban encaladas y lisas, al igual que el suelo.[14] En náhuatl, la cancha del juego de pelota era llamada tlachtli o tlaxtli, de forma más común como tlachco; en tarasco su nombre era querehta[15]; en hñähnu maxei, en maya pokolpok o poktapok, y en quiché hom, cuyo significado también es ‘cementerio’.[16]
La arqueología revela que los juegos de pelota ocupaban un espacio importante en los centros ceremoniales, de hecho, después de los templos y montículos escalonados, eran los elementos principales en la arquitectura mesoamericana. Inconfundibles por sus espacios rectangulares, a veces hundidos o rodeados de muros, de plataformas y otros monumentos, formando en el interior un pasillo estrecho desde donde se levantan largos y anchos taludes que cierran en sus extremos con otros pasillos perpendiculares y de menor tamaño, formando la icónica planta de doble T (figura 2).
Es difícil precisar el origen del juego a través de los vestigios edificados, ya que, aunque es posible que su práctica se remonte a la época olmeca (1200 al 400 a.C.), no se cuenta con evidencias para demostrar su presencia en ese periodo.[17] En el occidente de México, aunque tampoco hay casos de arquitectura temprana, se cuenta con figurillas representando a jugadores de pelota, así como maquetas de canchas de arcilla, en las que se hallan figurillas practicando y observando el juego, por lo cual, se propone que comenzó a practicarse en esta región a partir del 1200 a.C.[18]
Del periodo Preclásico Tardío (400 a.C.-200 d.C.), se han encontrado canchas en la cuenca del Grijalva, en Chiapas, y en la costa noroeste de Yucatán. Los campos de juego, con formas de doble T o I, tuvieron una amplia difusión en el Clásico Tardío (600-900 d.C.), principalmente en la zona maya, teniendo su máxima expresión en Chichén Itzá, durante el Posclásico Temprano (900-1200 d.C.), con la construcción del Gran Juego de Pelota, que ostenta alrededor de 120 metros de largo por 30 metros de ancho (figura 3).
En el centro del país, los juegos de pelota más antiguos son los de Xochicalco, Morelos, El Tajín, Veracruz y el de Tula, Hidalgo,[19] este último del Posclásico Temprano. Aquí debemos incluir también a los tlachcos de Tenochtitlan, del Posclásico Tardío, ya que, aunque sus restos se encuentran en el subsuelo del Centro Histórico de la Ciudad de México y no han sido descubiertos, son los únicos que se encuentran documentados.
Como puede verse, el juego de pelota se practicó en toda Mesoamérica, con diferentes tipos de canchas y reglas, pero siempre empleando la cadera y los glúteos para golpear la pelota; sin embargo, el territorio de influencia puede ser más amplio, si consideramos que los taínos lo llevaron de Sudamérica a las Antillas, pues los otomacos del río Orinoco aún lo practicaban en el siglo XVII,[20] a menos que lo hayan aprendido a través del contacto que tuvieron con los mayas. Asimismo, se tienen registros de su práctica por los hohokam, en los ríos Salado y Gila, al sur de Arizona, en el suroeste de Estados Unidos.[21]
El juego y sus jugadores
El ulama era habitualmente masculino pero las mujeres no tenían ninguna prohibición para practicarlo. En las Antillas se jugaba entre equipos femeninos, en partidos de casadas contra vírgenes, así como de mujeres contra hombres.[22] Bartolomé de las Casas escribió a propósito del juego en las islas: “Era bien de ver cuando las mujeres jugaban a la pelota, la cual era como las de viento nuestras”.[23] Las otomacas sudamericanas lo jugaban con una pala y también apostaban.[24] En territorio mesoamericano no fue documentado entre mujeres, lo cual no quiere decir que no lo hayan practicado.
Para jugarlo era necesario llevar protecciones: una faja de cuero y gamuza que se colocaba, a manera de calzón, para amortiguar y golpear la pelota, así como guantes y vendas, también de cuero, en manos, brazos y pies para no rasparse al momento de arrojarse de nalgas al suelo, en movimientos rápidos para recibir y regresar la pelota (figura 4).
A la mirada de quienes presenciaron este juego en el siglo XVI, su práctica era de carácter lúdico, un entretenimiento que no tenía otro propósito que el redituar ganancias y propinar pérdidas a quienes apostaban. Acudía una multitud de señores y caballeros, quienes apostaban joyas, esclavos, piedras preciosas, indumentarias de guerra, mantas, ropa y doncellas; el resto de la población asistía para admirar y reconocer la fuerza, habilidades de los jugadores y, si tenían suerte, ser testigos de que alguno tuviera éxito la proeza de pasar la pelota por el anillo de piedra.
El equipo que lograba esto último era el que obtenía la victoria y el partido concluía de manera inmediata, “embocando la pelota por la piedra, la gente, por salvar sus capas [las mantas de algodón que habían apostado], se daba a la fuga con grandísima fiesta y risa, mientras que otros recogían las capas para el vencedor”.[25]
A su vez, aquel jugador que ‘anotaba’ era rodeado de inmediato para cantarle alabanzas y bailar con él; como premio, le obsequiaban plumas y mantas, pero lo que aquel más estimaba era que lo distinguieran como un hombre que había vencido en combate.[26]
Por supuesto que la meta era pasar la pelota por el anillo de piedra, pero como esto era sumamente difícil, el juego se desarrollaba en el suelo y ganaban quienes más rayas o puntos realizaban conforme a un número previamente acordado (figuras 5).
Los juegos se realizaban en días festivos o propicios. De forma previa a cada encuentro, los participantes estaban obligados a realizar sacrificios al dios Xolotl[27], el cual tenía el rostro con la figura de un mono.[28] Venida la noche, tomaban la pelota y la colocaban en un plato limpio, sobre un palo colgaban los bragueros de cuero y los guantes que utilizaban; sentados en cuclillas oraban delante de estos instrumentos, hacían peticiones suplicando que la pelota les fuese favorable, invocaban a los cerros, las aguas y fuentes, quebradas, a los árboles, las fieras y culebras, al sol y la luna, a las estrellas, las nubes, los aguaceros, a todas las cosas creadas y a todos los dioses. Terminada la oración, tomaban un puño de incienso y lo echaban sobre un brasero ofreciendo un sacrificio ante la pelota y otros instrumentos; mientras el copal ardía, colocaban pan, algún guisado y vino (pulque) como ofrenda. Al día siguiente, cuando ocurría la competencia, volvían para comer los dones ofrendados y, con ello, estar seguros de ganar el partido.[29]
De acuerdo con Motolinía, las canchas en realidad eran templos, ya que en ellas se colocaban dos imágenes: una dedicada al dios del juego y otra al dios de la pelota. En un día de buen signo, a la media noche, realizaban ceremonias sobre los taludes y el suelo a la mitad de la cancha, acompañadas de cánticos, posteriormente, acudía un sacerdote con algunos ministros para bendecir tanto al terreno como a la pelota.[30]
Simbolismo
A la llegada de los españoles el juego de pelota era fundamentalmente recreativo pero, al tratarse de una práctica con al menos dos mil años de antigüedad, conservaba significados rituales que incluso han llegado a nuestra época por medio de mitos en los que, por ejemplo, el tlachco funge como escenario para combates cósmicos.
En efecto, dentro de los universos nahuas, mayas y de otros grupos originarios, en el juego de pelota se efectuaban batallas que representaban el acto cosmogónico de creación, el momento atemporal en el que el orden sucede al caos, explicado a través de un sacrificio original, y en donde los actores son seres sobrenaturales o incluso dioses. La cancha evocaba el plano terrestre y se encontraba unida a otras regiones cósmicas, al inframundo y al cielo (figura 6). En el mito maya-quiché descrito en el Popol Vuh, Huan-Hunahpú y Vucub-Hunahpú, al jugar a la pelota producían demasiado ruido y temblores[31], lo cual irritó a los señores del Xibalbá, quienes para castigar su atrevimiento, enviaron mensajeros a retarlos y disputar con ellos un partido en su cancha del inframundo.[32]
Ambos personajes descendieron, no sin varias peripecias, para jugar con los señores de Xibalbá, pero al final fueron sacrificados por estos. Según se narra, la muerte de Huan-Hunahpú y Vucub-Hunahpú fue vengada por sus hijos, Hunahpú e Ixbalanqué, quienes para honrar a sus padres “subieron en medio de la luz y al instante se elevaron al cielo, al uno le tocó el sol y al otro la luna. Entonces se iluminó la bóveda del cielo y la faz de la tierra. Y ellos moran en el cielo.”[33]
En otro mito, descrito por Tezozómoc en su Crónica Mexicana, después de haber construido el templo de Huitzilopochtli en Coatepec, los mexicas, a manera de altar, edificaron el juego de pelota de su dios y, en el agujero donde la pelota caía -el anillo de piedra-, vertieron agua por orden del propio numen solar, quien después de hacer esto, les habló sin que ellos pudieran verlo: “Ahora, sembrad y plantad árboles de sauces y ciprés de la tierra ahuehuetl, carrizo, cañaverales, tulares, atlacuezonauxochitl, flores blancas y amarillas que nacen dentro de la propia tierra.”[34]
Con humildad, reverencia y lágrimas, los mexicanos agradecieron a su dios, pero este se enojó y los reprimió con soberbia. De forma posterior se dirigió nuevamente a ellos para hacerles saber que dentro de poco caerían sobre él, con el propósito de matarlo, los centzonhuitznahua (las estrellas del sur), revelando también que en el teotlachco (cancha sagrada), había una mujer de nombre Coyolxauhqui, quien siempre los observaba y les causaba daño, por lo cual, tomó la determinación y “en el propio lugar de Tlachco, en el agujero de agua que está en medio, tomó Huitzilopochtli a la Coyolxauhqui, la mató, degolló y le sacó el corazón.”[35] Al otro día hizo lo mismo con los centzonhuitznahua, les quitó el corazón y se los comió. Se trata, como puede verse, de una variante oscura y poco conocida del mito relativo al nacimiento de Huitzilopochtli, en el que el dios solar asesina a su hermana (la luna) en la cumbre del cerro de Coatepec.
En otro relato acontecido en Tula, Tezcatlipoca descendió del cielo descolgándose de la tela de una araña para retar a Quetzalcóatl en el juego de pelota. Durante aquella partida Tezcatlipoca se transformó en jaguar, causando un espanto generalizado que llevó a los habitantes de la urbe a correr sin parar hasta llegar a la barranca de un río y despeñarse. Tezcatlipoca no pararía en perseguir a Quetzalcóatl hasta lograr su destierro, finalmente, este último llegaría a un lugar cerca del mar llamado Tlillan (lugar de oscuridad), donde murió, sus restos fueron cremados y su alma ascendió al cielo convirtiéndose en una estrella[36] (Venus). Este mito explica la caída del reino de Tula a través de la sucesión y batallas antagónicas que libraban cíclicamente Quetzalcóatl y Tezcatlipoca (figura 7).
Dentro de algunos códices nahuas, los juegos de pelota se encuentran rodeados o enmarcados por representaciones pictográficas de ojos nocturnos y, en sus interiores, aparecen figuras de cráneos, corazones humanos, sangre, corrientes de agua, colores, así como jugadores-guerreros, personajes sacrificados y la representación de varios dioses al exterior o cerca de las cabeceras, indicando su participación en el juego (figura 8). De igual forma, en los bajorrelieves y en anillos de piedra conservados en la arquitectura de algunos juegos de pelota, como los de Chichén Itzá y El Tajín, en Yucatán y Veracruz, respectivamente, se aprecian escenas mitológicas de batallas y sacrificios representando el simbolismo sacrificial que hemos señalado (figura 9).
Así observamos, por ejemplo, en la lámina 27 del Códice Borbónico (figura 10), donde se encuentra representado un juego de pelota en cuyas cabeceras aparecen cuatro dioses: en la superior Cinteotl (dios del maíz) e Ixtlilton (el dios negro, divinidad de la danza) y en la inferior, Quetzalcóatl (dios del viento) y Cihuacóatl (diosa de la tierra). La escena alude a la séptima veintena del calendario mexica, Tecuilhuitontli (fiesta de los señores), la cual iniciaba el 24 de junio. Esta fiesta estaba dedicada a Xochipilli[37] (príncipe de las flores), quien era también Cinteotl, el ya citado numen del maíz.
El Canto XIV de los Cantos religiosos de los antiguos mexicanos, conmemora una festividad que se realizaba cada ocho años, el nacimiento del dios del maíz en la casa del sustento, en el lugar de la lluvia y la niebla, donde se yerguen las flores, las cuales son sorbidas por varios pájaros quechol, “pronto será de día, cerca del mercado aparece Quetzalcóatl, mientras el viejo Xólotl juega a la pelota en el campo mágico (nahuatlachco)”. Piltzintli (otro nombre de Xochipilli y de Centeotl), cubierto de pluma amarillas, se establece sobre el juego de pelota, en la casa de la oscuridad.[38] Según Seler, la presencia de Pilzintli puede significar que el dios descienda al juego de pelota, al Yoanchan (la casa de la oscuridad) para que la fertilidad triunfe y el maíz madure.[39] Yoanchan es también Tamoanchan, el sitio donde se crea la vida, en la mitología maya es Ik’ Waynal (lugar del abismo subterráneo negro), asociado en el maya clásico al juego de pelota.[40] Nuevamente observamos en este caso, al tlachco como un lugar mágico en el que los dioses transitan por regiones cósmicas.
Los dioses fueron los primeros en jugar en el campo de pelota, ellos enseñaron a los hombres[41] sus reglas, simbolismo y todos sus significados formaban parte de un modelo arquetípico que era actualizado ritualmente en cada juego. El juego de pelota tenía su modelo en el cielo, en la constelación llamada por los nahuas Citlaltlachtli, (las estrellas del juego de pelota). Los huitotos (murui-muinane), pueblo indígena ancestral de la Amazonia, tienen un festival llamado Uike, con este nombre llaman a la pelota (también Yuaki o Yuak), es una fiesta dedicada a las frutas, el cual, comenzó cuando sus antepasados vinieron al mundo, pero uno de ellos, de nombre Huisiniamu, habita en la luna y es llamado “el niño”. Las frutas que colocan como ofrenda en el festival uike, son para alimentar “al niño”, porque la luna es voraz.[42]
Al ser un juego celeste establecido y jugado por los dioses, les correspondía a los reyes y nobles la dignidad de jugarlo. En Tenochtitlán había dos canchas principales, el Teotlachco (cancha o campo sagrado) y el Tezcatlachco (campo del espejo), el primero, dedicado a Huitzilopochtli, junto al gran Tzompantli y frente al Templo Mayor (figura 11), en este tlachco sacrificaban a los cuatro primeros cautivos de la fiesta de Panquetzaliztli, dedicada al dios tutelar de los mexicas.[43] El segundo, dedicado a Tezcatlipoca, estaba junto a un tzompantli dedicado a Omacatl, en este tlachco sacrificaban al dios Huitznahuac en la fecha con el signo de Omacatl (ome acatl - dos caña), el dios que preside los banquetes,[44] los señores y principales jugaban el último día de los sacrificios.[45]
Axayácatl, tlatoani de México, estando muy molesto con Xihuitlemoc, rey de Xochimilco, por no haber llegado a tiempo en la guerra contra los tlatelolcas, lo retó a jugar contra él a la pelota, el xochimilca era un gran jugador, pero no podía negarse a un mandamiento real y también sabía que era indebido ganarle al jerarca; en el juego apostaron rentas reales, algunos pueblos de la laguna y la ciudad de Xochimilco. Xihuitlemoc venció al tlatoani mexica, pero este, se rehusó a cobrar su apuesta, sin embargo, el mexica le insistió, lo hizo regresar a su pueblo con collares de flores para que lo recibieran como un ganador, pero al momento de su llegada, es ahogado por sus escoltas, pues el tlatoani así se los había ordenado. De este modo, Axayácatl ya no tuvo que pagar su deuda.[46]
Después de que aparecieron unas señales en el cielo, los adivinos y magos vieron en ellas una amenaza que traería consigo la ruina del imperio. Moctezuma, tlatoani de México, no creyendo estas interpretaciones, mandó llamar a Nezahualpilli, tlatoani de Texcoco, quien era astrólogo, conocedor del cielo, este le confirmó que aquel resplandor pronosticaba que vendría gente de otra parte a quitarles sus señoríos. Para demostrarle que estaba en lo cierto y por el mucho aprecio que este le tenía a Moctezuma, le apostó su reino a cambio de tres guajolotes en un juego a tres rayas o puntos. Moctezuma aceptó, en parte para certificar que estaba en lo cierto y por otra, porque ambicionaba el reino de Texcoco. Ambos, acompañados cada quien de los suyos, fueron al tlachco. Las dos primeras rayas las ganó Moctezuma, viendo esto, le dijo al texcocano “Paréceme señor Nezahualpilli, que me veo ya señor de los acolhuas como lo soy de los mexicanos”, el texcocano contestó “Yo, señor, os veo sin señorío y que acaba en vos el reino mexicano, porque me da el corazón, que han de venir otros que a vos, a mi y a todos, nos quiten nuestros reinos.”[47] Nezahualpilli remontó la desventaja y ganó el partido. El mexicano quedó sumamente triste, los músicos comenzaron a tocar como se acostumbraba en los juegos de reyes, todos fueron a felicitar a Nezahualpilli, quien para consolar a Moctezuma, le dijo: “Señor, ya que gané los pavos, me pesa no haber perdido mi reino, porque lo que ahora he ganado y lo que pude haber perdido, de todas maneras lo voy a perder después”.
A través de batallas cósmicas celebradas en —el juego de pelota—, el mundo y el universo fueron creados, de igual forma, el destino de los pueblos y reinos se determinó de esta manera, los juegos realizados en el campo sagrado de los tlachcos reproducían aquellas batallas y las actualizaba, es decir, cada juego que se realizaba ritualmente repetía el acto cosmogónico in illo tempore; la cancha volvía a situarse en la casa de la oscuridad, los jugadores regresaban al tiempo mítico y participaban en aquellas batallas, “el campo de juego se convierte en el marco celeste donde libran estas batallas épicas”[48] (figura 12), el acto sacrificial también se actualizaba, el resultado de los partidos se repetía, los ganadores representaban la victoria del orden, mientras que los que perdían representaban la derrota del caos. El simbolismo del juego como batalla cósmica se conservó aún perdiendo su ritualidad, hasta que este juego desapareció. Los españoles decían que los indígenas lo jugaban como si estuvieran peleando cuerpo a cuerpo en una batalla, el nombre taíno arawuako de “batey”, con el que fue conocido inicialmente este juego, tiene un parentesco fonético con el término maya yucateco ba teel, cuyo significado es “pelear” o “guerrear”.[49]
En la Sierra Madre Occidental, entre los actuales estados de Sinaloa y Durango, vivían los acaxees, hoy extintos, el último grupo cultural cuya práctica, ceremonias y representaciones de batallas del juego de pelota, fueron documentadas por el jesuita Hernando de Santarén SJ, en su informe (anua) de 1604, de la siguiente manera:[50]
El taste[51] (la cancha), es una plazuela muy llana y con unas paredes (bardas de poca altura) a los dos lados, de una vara (83 cm) de alto a modo de poyo (banco), el cual sirve para jugar la pelota, la cual, es de hule y pesa dos o tres libras (1 kilo o kilo ½), porque es tan grande como una cabeza, la hacen de la leche (resina) que destilan de unos árboles. El juego se juega de cinco en cinco y más por banda, como se conciertan, lo juegan con tanta destreza que no tocan la pelota con el pie, la mano ni parte alguna del cuerpo, sino es con el hombro derecho y con el cuadril (la cadera) de los cojines naturales (las nalgas), para lo cual, es necesario saltar muy alto y también arrojarse en el suelo teniendo grandísimas caídas. Sí tocan la pelota con cualquier otra parte del cuerpo, pierden el juego y los que pierden tienen que pagar las grandes apuestas que hacen, que va desde vestidos, calzones, jaquetas (chaqueta o cubierta de invierno), tilmas, arcos, flechas, plata y algunas veces se juega como desafío entre pueblos, escogiendo para esto a los mejores jugadores y poniendo más de quinientos pesos de apuesta.
El pueblo que desafía escoge a 6 o 7 jugadores, posteriormente, recogen las cosas que se han de jugar (las apuestas) y envían sus legados y mensajeros cargados con ellas a tres o cuatro pueblos desafiándolos y señalando el día del juego. Los pueblos tienen la obligación de admitir el desafío y entregan a los mensajeros las prendas que de su parte ponen, con las cuales regresan a su pueblo y avisan que el desafío fue aceptado el día señalado.
Posteriormente, los del pueblo desafiado aderezan (limpian) la cancha de manera que no le dejen una china (ninguna piedrita). Hecho esto, tres noches antes del desafío, todos los hombres y mujeres salen del pueblo y se dirigen a la cancha; la primera noche salen dos indígenas dispuestos y arreglados con vestimenta de guerra, ambos, subidos en las paredes de la cancha, dan grandes voces y luego salen los viejos y jóvenes, que estaban resguardados bajo una ramada, caminando en silencio hasta la mitad de la cancha y, estando ahí, cantan a grandes voces. Las mujeres, al escuchar estos cantos, salen de la misma manera y estando todos juntos, bailan tres horas cantando todos los títulos y valores que tienen para alegrarse.
La noche siguiente hacen lo mismo, las letras que cantan son en alabanza a sus jugadores, celebrándolos y engrandeciendo su ánimo y ligereza, a todo esto dedican tres horas del día. El día siguiente, las mujeres se ocupan preparando un gran banquete para el día del juego, pues si los pueblos desafiados pierden, el pueblo que gana tiene que darles de comer, pero si el pueblo desafiado gana, no les dan bocado y consuelan a los suyos con la comida. La última noche, en víspera del desafío, salen a bailar como los dos días pasados y los que van a jugar al día siguiente, están obligados a bailar y cantar sin cesar desde que anochece hasta que amanece. Esta noche sus cantos están dedicados a la fortaleza, habilidades y gracia de los jugadores enemigos, animando a los suyos y exhortándolos para el desafío.
Llegado el día, si el padre (sacerdote) está en el pueblo, respetan que termine la misa para después hacer la entrada, pero si este no está, comienzan por la mañana. La entrada es de esta manera: salen dos guerreros como las noches pasadas, desnudos y empijados (amenazantes), con su lanza y adarga (escudo de cuero) y ya subidos en las paredes de la cancha, entran, como anteriormente, los hombres a bailar y después las mujeres; estando todos juntos, entran por un lado de la plaza los pueblos desafiados, todos vestidos como si fueran a pelear, estos comienzan a tirar flechas despuntadas a los guerreros que están sobre las paredes de la cancha, tirándoles además, bolas de ortigas, cardones y espinas, objetos de los cuales procuran defenderse, pues como están desnudos, podían pasarla muy mal si no se arrodelasen (protegieran) bien, pero, como los enemigos son muchos, ya desamparados tienen que retirarse y abandonar la plaza, mientras los enemigos la invaden, los que estaban bailando entran de nuevo en favor de los guerreros retirados. En ese momento, los jugadores del pueblo entran en gran algarabía y ruido, retirando a los enemigos hasta echarlos fuera de la plaza.
Salidos los enemigos, entran sus jugadores, quienes entrando echan la pelota en la plaza y cada uno se coloca en su puesto sin reparar en la ventaja del número de personas, porque los seis o siete del pueblo están obligados a jugar contra todos lo que salen del equipo contrario, aunque doblen el número en tres o cuatro. Aquí empieza el juego.
Como habrá podido apreciarse, el juego de pelota era el escenario de una batalla simbólica antecedida por ceremonias y simulaciones de escaramuzas, entre varios pueblos que participaban en ella y más que generar posibles disputas derivadas de la inconformidad de quienes perdían, consolidaba sus relaciones de amistad, regulaba la relación que existía entre estas poblaciones, las cuales eran de vocación guerrera, en la época en que este juego fue documentado, los acaxees mantenían guerras a muerte con otros pueblos y aún practicaban la antropofagia.
El juego de pelota se practicó en gran parte del noroeste de México en la época prehispánica y aún durante los primeros años de pacificación jesuítica (coras, xiximes, tahues y cahitas, además de los citados acaxees, lo jugaron), fue erradicado al imponerse la cristianización, sin embargo, continuó en algunas regiones del norte de Nayarit, en casi todo Sinaloa y sur de Sonora, posiblemente, debido a la expulsión de los jesuitas en 1767, ya que la presencia en estas regiones del juego coincide con el territorio que los jesuitas tuvieron bajo su dominio hasta antes de que fueran expulsados, acontecimiento que marcó a todas las comunidades indígenas, ya que el sistema social, económico, político y religioso impuesto por la Compañía de Jesús, se desintegró, la iglesia ya no logró controlar nuevamente el territorio, renaciendo así varias costumbres ancestrales. Durante siglos el juego supervivió en silencio, hasta su reaparición en el siglo XX, en Sinaloa, sin embargo, se llegó a pensar que nuevamente desaparecería (figura 13), debido a que eran muy pocos quienes aún lo practicaban; en los años setenta y ochenta apenas se reunía el número suficiente de jugadores para los partidos, pues los jóvenes tenían una mayor simpatía hacia deportes como el beisbol,[52] todo indicaba que su extinción era inevitable, pero, “la cancha y el juego mágico” no desaparecieron, su práctica ya no indígena sino mestiza, se mantuvo y se ha incrementado en el sur de esta entidad hasta la actualidad.
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Notas
[1] Fernández de Oviedo, 1851, p. 165-166.
[2] Fernández de Oviedo, 1851, p. 166.
[3] Pou, 1878, p. 74.
[4] Icazbalceta, 1903, p. 337.
[5] Según Tezozomoc a la pelota la llamaban Itzompa, un nombre propio, topónimo, cuya etimología proviene de: itz (cuchillo o navaja), tzontli (cabello o cabeza) y el sufijo locativo pan (en, sobre, encima), su significado por lo tanto sería “sobre la cabeza del cuchillo” o “en la cumbre de la navaja”, su composición es similar al de la palabra Atzompa, cuyo significado es “en la cumbre del agua”.
[6] Krickeberg, 1948, p. 118.
[7] Velásquez, 2015, p. 256.
[8] La mitología más amplia sobre el juego de pelota se descubrió más tarde en documentos indígenas, en los códices prehispánicos y coloniales, así como en la iconografía descubierta en la cerámica, pintura, escultura y arquitectura.
[9] Los esclavos eran vendidos en una carga de ropa, cenanquimilli, equivalente 20 mantas.
[10] Sahagún, 1577, lib. 8, folio 19r.
[11] Según Torquemada tenían de largo hasta 20 brazas, lo equivalente a 33 metros, pero Diego Durán dice que tenían de largo 100 (30 m) y 150 (45 m) pies y hasta 200 pies (60 m) con los rincones cuadrados.
[12] En el Códice Tudela, a un lado del anillo derecho del juego de pelota representado, se encuentra la glosa: “tlaxtemalacatl, rueda de fuego”. Batalla, 1999, p. 544. También le llamaban el “hoyo pozo de agua”. Veytia, p. 1836, p. 107.
[13] Sahagún, 1577, lib. 8, folio 18v.
[14] Torquemada (b), 1723, p. 553.
[15] Jiménez, 1944, p. 24.
[16] Velásquez, 2015, p. 262.
[17] Taladoire, 2015, pp. 193-194.
[18] Hernández, 2015, pp. 207-208.
[19] León Portilla, 2004, p. 429.
[20] Gumilla, 1745, p. 190.
[21] Marquina, 1944, p. 254.
[22] Fernández de Oviedo, 1851, p. 165-166.
[23] De las Casas, 1876, p. 507.
[24] Gumilla, 1745, p. 190.
[25] Torquemada (b), 1723, p. 553.
[26] Duran, 1880, pp. 243-244.
[27] Según el Códice Magliablechiano, a Xolotl (cuya cabeza era de perro), lo colocaban pintado o en bulto en los juegos de pelota. Nutall, 1903, p. 33 (bis).
[28] Duran, 1880, p. 243.
[29] Duran, 1880, pp. 245.
[30] Icazbalceta, 1903, p. 338.
[31] Como los dioses sumerios, que molestos por el ruido que causaban los hombres decidieron enviar el diluvio o en la mitología griega, cuando Momo le sugiere a Zeus provocar la guerra de Troya para disminuir la sobrepoblación humana, ya antes, Zeus había destruido a la humanidad con un diluvio debido a su impiedad, Deucalión y su esposa Pirra fueron los únicos sobrevivientes.
[32] Recinos, (2012), p. 115.
[33] Recinos, (2012), p. 152.
[34] Tezozomoc, 1878, p. 228.
[35] Tezozomoc, 1878, p. 229.
[36] Mendieta, 1870, p. 82.
[37] En Xicotepec de Juárez, Puebla, el 24 de junio se celebra en la actualidad la fiesta de “la Xochipila”, una celebración sin duda de origen prehispánica en la que predominan flores, además coincide con la fiesta cristiana de San Juan Bautista y con el solsticio de verano.
[38] Seler, 2014, p. 359.
[39] Seler, 2014, p 369.
[40] Velásquez, 2015, p. 262.
[41] A los mexicas, la idea y método de ejecutarlo se los enseñó Huitzilopochtli. Veytia, 1836, p. 108.
[42] Este mito fue recuperado por Konrad Preuss en 1920 (Knauth, 1961, p. 188).
[43] Sahagún, 1577, lib. 2, folio 10r.
[44] Graulich, 2002, p. 3.
[45] Sahagún, 1577, lib. 2, folio 114r.
[46] Torquemada (a), 1723, pp. 180-181.
[47] Torquemada (a), 1723, p. 212.
[48] Federico, 1973, p. 129.
[49] Velásquez, 2015, p. 254.
[50] La siguiente redacción es un resumen actualizado del español del siglo XVII al español moderno realizada por quien suscribe, tomado del texto publicado por González, 1980, pp. 355-394.
[51] Tlachtli en el náhuatl de occidente evolucionó en taste, con este nombre se conservó en el noroeste de México, en Sinaloa, particularmente en el sur de la entidad, donde actualmente se sigue practicando. En el norte de Sinaloa, el término taste, se refiere en la actualidad a la pista donde se llevan a cabo las carreras y apuestas de caballos.
[52] Leyenaar, 1992, p. 149.