• La investigadora Fátima Cerdenares Valentín dictó una conferencia sobre las transformaciones de la atsatsilistli de Zitlala, y la tigrada de Chilapa
• Su participación se enmarcó en el ciclo de presentaciones de la Red DEAS, organizado por la Dirección de Etnología y Antropología Social del INAH
La figura del jaguar, también llamado tigre o tecuán, es un elemento distintivo de la identidad guerrerense y un símbolo sagrado que forma parte de una compleja ritualidad, con una fuerte presencia en prácticamente las ocho regiones del estado; sin embargo, en los últimos años ha transitado a un elemento cultural híbrido, marcado por la modernidad, la mercantilización y la fetichización.
Ese fue el eje de la ponencia La adaptación del jaguar al espectáculo: Chilapa y Zitlala, Guerrero, dictada por la investigadora de la Universidad Autónoma de Guerrero (UAGro), Fátima Cerdenares Valentín, en el marco del ciclo de presentaciones de las Redes de Experiencias, Diálogos y Aprendizajes en Etnología y Antropología Social (Red DEAS), impulsadas por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), a través de la Dirección de Etnología y Antropología Social.
La académica contrastó la forma en que se vive la ritualidad en torno al jaguar en ambas comunidades de origen nahua, enclavadas en la Montaña Baja de Guerrero, mediante dos festividades: la atsatsilistli, en Zitlala, y la tigrada, en Chilapa. Aunque precisó que este felino tiene presencia en, al menos, 12 danzas en el estado, entre ellas los tlacololeros, tecuanes, maizos, tejorones, tlaminques y porrazo de tigre.
Dentro del calendario agrícola de Zitlala, la atsatsilistli o petición de lluvias se efectúa cada 5 de mayo, cuando se realizan las peleas de tigres, cuyo principal objetivo es que la sangre corra para que la tierra se alimente de fuerza y sea dadora de vida.
“Los nahuas encuentran una identidad nahualli, relacionada con la transmutación de hombres y mujeres a diferentes animales, en este caso, jaguares. Intercambian golpes para pedir agua, por lo que son conocidos como hacedores de lluvia”.
No obstante, explicó, a lo largo de los años se han generado modificaciones y ahora es posible percibir la politización y turistificación de la ceremonia. Reveló que anteriormente se realizaba una pelea a la vez, mientras que hoy se efectúan hasta cinco de manera simultánea y en un ring, con espacios reservados en las gradas para las autoridades municipales y sus familias.
Asimismo, en las comunidades ya se tiene una amplia comercialización de la figura del jaguar en estas fechas, que ha sido adaptada a productos artesanales, como gorras, moños, diademas, trajes para bebés, alcancías o monederos, entre otros objetos que son adquiridos como recuerdo de la asistencia al ritual.
Mientras que las máscaras, hechas de madera de colorín, que se utilizan en las peleas, pueden venderse a un precio mayor que al que fueron adquiridas y, ante la demanda, hay una producción de máscaras de papel maché, de menor tamaño y costo.
Cerdenares Valentín puntualizó que la comunidad continúa como la principal responsable de la organización de la fiesta y se apoya en el municipio. “El uso compartido de símbolos de jaguares en festividades y objetos cotidianos crea además un sentido de unidad, solidificando los lazos entre miembros de la comunidad y fomentando un orgullo compartido por sus tradiciones”.
En este sentido, el profesor de la UAGro, Amaury Velázquez Martínez, comentó que hay resistencia en los trajes, en los cuales se mantienen ciertos códigos; si bien hay innovaciones, se trata de mantener la vestimenta. “En estos objetos rituales está el control de la comunidad y se resiste al cambio, pero en las artesanías sí hay mayor flexibilidad”.
Ello contrasta con la tigrada, donde Cerdenares Valentín ha observado que el Ayuntamiento de Chilapa tomó el mando total de su organización. Anteriormente, la festividad se hacía únicamente el 15 de agosto, día de la Virgen de la Asunción, cuando los tecuanes salían a jugar y corretear a los niños; actualmente, se extiende por una semana, con los hombres jaguar recorriendo todo el pueblo, además de invitar a otras danzas del estado y contar con toda una infraestructura detrás.
Al respecto, Velázquez Martínez notó que los ayuntamientos ya lo hacen con un fin comercial, por lo que la ritualidad se convierte en espectáculo, ya que el capitalismo, lejos de querer borrar una identidad, paradójicamente busca enfatizarla o diferenciarla. “Que cada lugar tenga sus tradiciones es un encanto para el turismo. El capital, a veces, busca exacerbar esas diferencias, pero bajo su control y a su conveniencia”, finalizó.
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