• En el contexto, localizado en 2012, dentro de una cueva de Chiapas, hasta el momento, se han identificado 83 cráneos de mujeres y 79 de hombres
• Dada la evidencia de cocción en los huesos y de hollín en la techumbre de la formación natural, pudo ser un sitio de peregrinaje en la época prehispánica
Si bien al momento de su hallazgo, en 2012, el tzompantli de Frontera Comalapa, Chiapas, pudo helar la sangre de sus descubridores, quienes contemplaron cientos de cráneos al interior de una cueva, hoy, este contexto, con el avance en su análisis, revela nuevos detalles de su simbolismo y de los individuos, mayormente mujeres, que en tiempos prehispánicos fueron depositados en él.
“En Frontera Comalapa se conservaba una historia que la investigación del INAH empieza a reconstruir: pudo ser un espacio de peregrinaje y prácticas rituales para las comunidades mayas. Estudiar este sitio con rigor nos acerca a su visión del mundo y convierte el asombro ante el hallazgo en conocimiento público sobre el patrimonio de Chiapas, el cual tenemos la responsabilidad de preservar y compartir”, señaló la secretaria de Cultura del Gobierno de México, Claudia Curiel de Icaza.
Expertos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), instancia de la Secretaría de Cultura del Gobierno de México, han definido que el total de cráneos asciende a 165, de los cuales, hasta el momento, se ha determinado que 83 son de mujeres y 79 de hombres, mientras que en los tres restantes, dada su fragmentación, no ha sido posible dicha identificación.
“Aunque la muestra presenta un aparente equilibrio entre ambos sexos, el análisis osteológico nos permite revalorar el papel de la mujer en la ritualidad antigua”, declara el investigador de la Dirección de Estudios Arqueológicos de la dependencia, comisionado al Centro INAH Chiapas, Josuhé Lozada Toledo.
Tras las primeras indagaciones en el conjunto, realizadas por el antropólogo físico Javier Montes de Paz, el proceso de estimación del sexo estuvo a cargo de las investigadoras Cristell Delesma Pérez y Abigail Reyes López.
Al no contar con huesos pélvicos, la apreciación se hizo a partir de dimorfismos craneales (el segundo diferenciador sexual más usado después de la pelvis), como el ángulo del maxilar inferior (generalmente recto en hombres y curvo en mujeres) y la supraorbita ocular, pronunciada en masculinos y más tenue o plana en femeninos.
Otros aspectos reconocidos en el tzompantli de Comalapa son: la presencia de 15 cráneos de infantes dentro del total; huellas de corte en los restos de tres personas, e indicios de cocción, no solo en los huesos sino en la cueva misma, ya que, a partir de evidencia fotográfica de archivo, se observa que en la techumbre de la formación hay hollín.
“Esto apunta a que los antiguos mayas ingresaron con antorchas y, quizá, realizaron allí diversos rituales que convertían a la caverna en un sitio de peregrinaje, anclado a la vida social de sus pueblos cercanos para pedimentos de lluvia u otras ceremonias”.
Sobre las edades de los individuos, Lozada Toledo explica que el rango predominante es el de jóvenes adultos de entre 25 y 35 años, aunque se han identificado dos de entre 55 y 70 años, muy por encima del promedio de vida precolombino, el cual, en el área maya lindaba las cuatro décadas en el Posclásico Temprano (900-1200 d.C.).
“El tzompantli de Comalapa es extraordinario por sus características, ya que, incluso, su temporalidad es anterior a la de los grandes altares del centro de México, erigidos en urbes como Tenochtitlan, en el Posclásico Tardío (1200-1521d.C.)”.
El arqueólogo refiere que algunas de estas estructuras, como el Huei Tzompantli de Tenochtitlan, colocado estratégicamente al centro del Recinto Sagrado de la ciudad flotante, pudieron obedecer a lógicas políticas de demostración de poder, al tiempo que eran espacios de vida, incomprensibles desde la visión occidental.
“Para muchas culturas mesoamericanas las entidades anímicas de una persona vivían en diferentes partes del cuerpo: el teyolía en el corazón, el ihíyotl en el hígado y el tonalli en la cabeza, este último era el que albergaba la esencia de los individuos. Visto así, el tzompantli pudo ser una gran acumulación de ‘almas’ que se ofrecían a las deidades dentro de sitios sagrados, como eran las cuevas”.
Respecto al estado de conservación de los restos óseos, los cuales se resguardan en el Laboratorio de Antropología Física del Centro INAH Chiapas, la arqueóloga Cristell Delesma anota que es bueno, tanto de los 165 cráneos como de los 51 huesos largos. Un ejemplo es el de un individuo del que se conserva el martillo del sistema auditivo, huesecillo que, por su tamaño –de entre 8 o 9 milímetros–, no suele preservarse en contextos arqueológicos.
Rasgos adicionales identificados en los cráneos son el modelado cefálico, principalmente del tipo tabular erecto (logrado mediante la colocación de tablillas en la cabeza durante la infancia); la ausencia de mandíbulas en la mayoría de los casos y el retiro de los dientes de los maxilares superiores. “Ello nos habla de rituales complejos de reingreso y remoción de huesos con fines ceremoniales”, concluye Lozada Toledo.
Enlace a fotografías: https://gofile.io/d/dKbhxe38
Enlace a video: https://youtu.be/xF-gLiP1q9I
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