Bajo su sombra: memoria del Popocatépetl
El Popocatépetl respira desde hace milenios. Tras un periodo de relativa calma, reactivó su actividad en 1994 y hoy es observado de manera permanente; sin embargo, su historia es mucho más profunda, inscrita tanto en la investigación científica como en la memoria de los pueblos que han habitado su entorno.
En 1519, Hernán Cortés registró la fuerza de su columna de humo. Pero mucho antes de esa mirada, las sociedades mesoamericanas ya reconocían en las montañas algo más que relieve: las concebían como espacios vivos, vinculados con la lluvia, la fertilidad y el equilibrio del mundo. Por ello, las cumbres del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl fueron escenario de ascensos rituales y depósito de ofrendas, prácticas que articulaban la relación entre el entorno natural y el orden simbólico.
Algunas narraciones nahuas del siglo XVI, como la “Leyenda de los Soles” (1558), describen una secuencia de eras o “soles”, cada una concluida por fuerzas naturales. En este relato, la tercera de estas etapas termina a causa de una “lluvia de fuego” que transforma y destruye el mundo. Estas imágenes, inscritas en una visión cíclica de renovación, dialogan con el conocimiento geológico actual, que ha identificado episodios eruptivos de gran magnitud en el pasado del volcán.
Entre ellos destaca una erupción ocurrida hacia el siglo I d.C., cuyos materiales cubrieron amplias zonas de sus laderas y modificaron de manera significativa el paisaje. La evidencia arqueológica muestra que las poblaciones lograron resguardarse, aunque enfrentaron cambios profundos en su entorno.
Con el tiempo, el volcán adquirió nuevos significados. Durante el periodo de conquista, fue explorado con fines prácticos, como la obtención de azufre, insumo clave para la producción de pólvora.
A lo largo de los siglos, el Popocatépetl se ha mantenido como un eje del paisaje geográfico y cultural. En sus laderas y en la persistencia de su actividad convergen la ritualidad, la memoria y nuestra relación con la naturaleza.