Bandera de México: relato tejido en tela
Antes de ser emblema, fue presagio. El mito de la fundación de México-Tenochtitlan habla de una señal: un águila posada sobre un nopal, en medio del lago, marcando el sitio donde habría de levantarse una ciudad. Esa imagen, registrada en crónicas del siglo XVI, permanece en el centro de la bandera nacional. No como ornamento, sino como memoria activa: una señal que atravesó los siglos y que aún hoy, al desplegarse en tela, vuelve a situarnos frente a nuestro origen.
Cada 24 de febrero se conmemora en México el Día de la Bandera. La fecha recuerda la adopción, en 1821, del estandarte trigarante que dio origen al lábaro patrio, antecedente directo del diseño actual, definido en sus rasgos esenciales a lo largo del siglo XIX y regulado hoy por la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales.
La bandera de México se eleva como un relato tejido en tela. Las franjas verde, blanca y roja, dispuestas verticalmente desde 1821 y vinculadas al Plan de Iguala y al Ejército Trigarante, han resignificado sus valores con el tiempo. El escudo retoma la tradición mexica documentada por fray Bernardino de Sahagún y Hernando Alvarado Tezozómoc: el águila que señala origen y destino.
El diseño actual del escudo fue establecido oficialmente en 1968, a partir del trabajo de Francisco Eppens Helguera, quien integró la herencia indígena con una composición heráldica moderna. Así, la bandera no es solo un símbolo cívico, sino una síntesis histórica: memoria antigua e historia independiente reunidas en un mismo paño que, al ondear, vuelve a contar quiénes somos.