Campanario de “La Purificación”: sincretismo texcocano
En la comunidad de La Purificación Tepetitla, dentro del actual municipio de Texcoco de Mora, se levanta la Parroquia de La Purificación de María, cuya construcción inició en 1681 y concluyó en 1771.
El templo fue erigido, según registros históricos, sobre el antiguo lugar de descanso del gobernante chichimeca Nezahualcóyotl, espacio que en época prehispánica albergó jardines, fauna y corrientes de agua.
Tras una epidemia en el periodo colonial temprano, la tradición local atribuyó a la intercesión mariana y al uso de plantas medicinales la recuperación de la población, motivo por el cual el sitio adoptó el nombre de “Purificación”, documentado ya en 1738 en el Archivo General de la Nación.
El edificio, levantado con muros de piedra, tezontle y cantera, responde al barroco regional conocido como barroco texcocano, con influencia mudéjar. Su campanario, de proporciones sobrias, forma parte de este conjunto y ha cumplido desde el periodo virreinal una función litúrgica y comunitaria: convocar, anunciar y ordenar el tiempo colectivo mediante el tañido de las campanas.
En distintas secciones del templo puede advertirse la superposición de tradiciones que caracterizó al arte novohispano temprano. La construcción de iglesias en el siglo XVI y su desarrollo posterior en regiones como Texcoco dependieron en gran medida del trabajo de canteros, albañiles y talladores indígenas, herederos de una sólida tradición escultórica prehispánica.
Cronistas como fray Jerónimo de Mendieta reconocieron la destreza de estos artífices, cuya habilidad se potenció con la incorporación de herramientas europeas. Historiadores del arte como Manuel Toussaint subrayaron el carácter simbólico y la potencia formal de la escultura indígena, forjada en piedra volcánica y cargada de significados profundos.
En este contexto surgió lo que la historiografía denomina “tequitqui”, término propuesto por José Moreno Villa para designar las manifestaciones artísticas realizadas por manos indígenas bajo dirección evangelizadora. En relieves, tallas y motivos ornamentales, la sensibilidad indígena dejó huellas perceptibles: predominan formas vegetales, figuras humanas y animales que dialogan con repertorios cristianos.
Así, el campanario y la fábrica misma del templo se integran a una historia más amplia que la del siglo XVIII: la de un territorio donde la piedra reutilizada, la técnica heredada y la nueva iconografía religiosa dieron lugar a un lenguaje mestizo. En sus muros perdura, discreta pero firme, la memoria entrelazada de dos cosmovisiones.