El bahareque de Teteles de Santo Nombre: una casa que habita el pasado
El Museo de Sitio de Teteles de Santo Nombre resguarda la memoria de la ciudad prehispánica más grande de la región de Tehuacán-Zucatlán, uno de los asentamientos urbanos más importantes del periodo Clásico (200-1000 d.C.) en el centro de México.
A través de una panorámica general del desarrollo de las poblaciones antiguas que ocuparon esta área, el espacio museográfico, conformado por ocho salas, nos acerca a la época de esplendor del sitio, entre 400 y 650 d.C., aunque su ocupación se extendió durante mil años.
En su cuarta sala, dedicada a la vida cotidiana, se alza la reconstrucción hipotética de una casa de bahareque, la que podemos ver en la imagen. Es la casa de la población común del Clásico mesoamericano y, en su sencillez, revela cómo se articulaba la rutina doméstica de los antiguos habitantes de la región.
El bahareque, uno de los sistemas constructivos tradicionales más antiguos y ecológicos de América Latina, nos habla de una sabiduría ancestral: a partir de restos de improntas de postes y fragmentos de lodo endurecido hallados en las excavaciones, se dedujo el método constructivo tradicional, que comenzaba con un esqueleto de postes firmes de madera local; continuaba con el entrelazado de varas más delgadas, carrizos o cañas en forma vertical y horizontal para crear un entramado flexible, y culminaba con capas de una mezcla húmeda de barro, agua y fibras vegetales que, al secarse al sol, formaban paredes sólidas e impermeables.
Al recorrer esta vivienda reconstruida, comprendemos las actividades diarias dentro y alrededor del entorno doméstico. Los fogones eran el núcleo familiar, centro de la actividad económica interna, y la casa ofrecía una gran resistencia climática en el valle: fresca bajo el intenso sol del día y cálida durante las noches más frías. En los patios exteriores anexos se manufacturaban herramientas líticas o cerámica y se tejían fibras silvestres, en un ir y venir que sostenía la vida.
Teteles, sin embargo, guarda también el silencio del abandono. Según el arqueólogo Blas Castellón, antes de dejar el sitio, sus habitantes realizaron un ritual de terminación en el que destruyeron objetos y edificios, y posteriormente sepultaron todo con arena y tierra. Aún no se tiene certeza del motivo, aunque se piensa en posibles causas naturales o en ciclos de productividad.