La mujer dormida: ritual y cosmovisión en la Iztaccíhuatl
Desde tiempos antiguos, Iztaccíhuatl, “la mujer dormida”, ha sido mucho más que una imponente silueta en el horizonte. Para los pueblos indígenas que habitaron esta región, las montañas no eran simples accidentes del paisaje, sino espacios sagrados, cargados de significado y estrechamente vinculados con el agua, la fertilidad y el equilibrio del mundo.
En la cosmovisión mesoamericana prehispánica, los cerros y volcanes eran entendidos como lugares donde se concentraban fuerzas vitales. Las fuentes históricas describen a las montañas como depósitos de agua y escenarios privilegiados para realizar ofrendas y rituales destinados a propiciar lluvias y buenos temporales, indispensables para la vida agrícola. Esta concepción quedó plasmada tanto en los relatos de los cronistas del siglo XVI como en el registro arqueológico.
La Iztaccíhuatl ocupó un lugar destacado dentro de este paisaje ritual. Su presencia dominante y su visibilidad desde amplias zonas del valle la convirtieron en un referente territorial y simbólico. Investigaciones arqueológicas en sus laderas, particularmente en el sitio de Nahualac, han documentado estructuras de carácter ceremonial, cerámica ritual y alineaciones asociadas con fenómenos solares. Estos hallazgos confirman que la montaña fue un espacio de actividad ritual recurrente, aunque no de ocupación permanente.
La importancia ceremonial de la Iztaccíhuatl fue registrada tempranamente por fray Diego Durán, quien en el capítulo XVII del tomo I de la Historia de las Indias de la Nueva España describe a los grandes cerros como lugares de especial veneración para los antiguos mexicanos. Durán señala que en las montañas se realizaban ofrendas y sacrificios relacionados con el culto a las deidades de la lluvia, lo que refleja la estrecha relación entre el paisaje volcánico y la organización ritual del territorio.
La arqueología de alta montaña ha permitido corroborar muchos de estos testimonios. Estudios realizados por especialistas como Johanna Broda y Doris Heyden han demostrado que las elevaciones del Altiplano Central formaron parte de complejas redes simbólicas y ceremoniales, vinculadas al calendario agrícola y a la observación de fenómenos naturales. Estos espacios eran activados ritualmente en momentos específicos del año, reforzando el vínculo entre las comunidades y su entorno.
Hoy, la Iztaccíhuatl continúa siendo un referente cultural y simbólico. Para diversas comunidades indígenas, las montañas siguen siendo espacios sagrados, portadores de memoria y sentido. Su estudio nos recuerda que el paisaje no es sólo naturaleza, sino también historia viva, donde pasado y presente se entrelazan.