La noche victoriosa: crónica de lluvia y gloria
El pasado 30 de junio, México volvió a ser testigo de uno de esos momentos que terminan inscritos en los libros de historia. En el calendario nacional, la fecha llevaba inscrita la idea de una Noche Victoriosa, casi como un presagio.
El encuentro entre la Selección Mexicana y su similar de Ecuador comenzó con una hora de retraso, antecedido por una tormenta eléctrica que sacudió a la Ciudad de México. La lluvia, fiel compañera de cada victoria reciente del combinado nacional, volvió a bautizar la cancha como si reclamara su lugar en el ritual.
Y no fue la excepción.
Bajo un cielo todavía cargado y con el césped brillando como espejo de obsidiana, la selección tricolor impuso condiciones y selló una contundente victoria por 2-0. Ahora, con el boleto asegurado y la confianza creciendo al ritmo de cada partido, México avanza al siguiente capítulo de su camino, donde la exigencia será mayor y el margen de error más estrecho. Porque si algo quedó claro aquella noche es que, cuando cae la lluvia, también parece caer la historia del lado mexicano.