La Quemada: paisaje, piedra y memoria
La zona arqueológica de La Quemada, cuyo nombre parece provenir de una antigua hacienda en las cercanías que se quemó, se localiza a 56 km al sureste de la ciudad de Zacatecas.
También conocida popularmente como Chicomostoc, se alza sobre un cerro al centro del Valle de Malpaso, como un testigo silencioso de los antiguos habitantes del norte de Mesoamérica. Los vecinos del lugar denominaban a este sitio como el Cerro de Los Edificios.
Ocupado aproximadamente entre 300 y 900 d.C., el sitio articuló espacios ceremoniales, residenciales y defensivos que integran arquitectura y paisaje en una relación estrecha con el entorno natural.
A diferencia de las grandes ciudades del centro de Mesoamérica, La Quemada no se organizó en una traza urbana regular, sino como un conjunto escalonado, unidos por pasillos, escalera y calzadas, compuesto por plazas, terrazas y recintos adaptados a la topografía accidentada.
Los principales conjuntos arquitectónicos son: El Salón de Columnas y su plaza, la cancha para el juego de pelota, La pirámide Votiva, El Cuarte, La Plaza de los Sacrificios y la Ciudadela.
Diversos estudios señalan que La Quemada funcionó como un importante centro de interacción regional, articulando contactos entre grupos del norte y del centro del actual territorio mexicano. Su localización estratégica y su arquitectura sugieren un papel relevante en el control simbólico y territorial del paisaje.
Las excavaciones han identificado, áreas habitacionales y contextos rituales, reflejo de una sociedad compleja que supo adaptar y transformar su entorno. Desde sus plataformas, el sitio ofrece amplias visuales sobre valles y cerros circundantes, lo que refuerza la idea de que el paisaje no fue un simple escenario, sino un componente activo en la organización social y simbólica.
Hoy, La Quemada preserva la memoria de una sociedad que leyó el territorio y lo escribió en piedra. Su arquitectura escalonada y su diálogo constante con el paisaje permiten comprender una forma de habitar el mundo en la que lo práctico y lo simbólico, lo social y lo sagrado, se entrelazaron en el corazón del norte mesoamericano.