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La Tigrada de Chilapa de Álvarez: la memoria de la lluvia en la danza de los tigres

El jaguar, o “tigre” en el imaginario popular mesoamericano, ocupa un lugar central en las tradiciones rituales de numerosas comunidades del sur de México. En su figura convergen elementos festivos y simbólicos que remiten a antiguas concepciones sobre la naturaleza y la fertilidad. 

En el actual estado de Guerrero, particularmente entre las comunidades nahuas y ñuu savi, estas prácticas se relacionan con celebraciones comunitarias vinculadas con la petición de lluvias.

En Chilapa de Álvarez, esta tradición cobra forma en La Tigrada, una festividad que se realiza durante la primera quincena de agosto, en el marco de la celebración de la Virgen de la Asunción. Hombres, mujeres, jóvenes y niños se cubren con máscaras de madera y trajes amarillos con manchas negras para encarnar a los jaguares o tekuanimej, mientras el sonido de cadenas arrastradas o de chirriones evoca los truenos que anuncian la lluvia.

Durante esos días, las calles de Chilapa se llenan de música de banda, mezcal y comparsas de tigres que persiguen y asustan a los niños. Participan no solo habitantes de Chilapa, sino también de pueblos nahuas cercanos, como Acatlán, Quechultenango y Zitlala.

La figura del jaguar posee una profunda carga simbólica en las culturas mesoamericanas, donde se asocia con la fuerza, la noche y el poder. En celebraciones como La Tigrada, estas resonancias sobreviven transformadas en una expresión festiva y comunitaria que articula memoria indígena, teatralidad popular y antiguas prácticas rituales.