Santa Ana del Valle: La comunidad zapoteca que teje el patrimonio
Al pie del cerro Guixéña, donde termina la cordillera de Cuajimoloyas, vive Shan Dany, «bajo el cerro». Así se nombran a sí mismos los habitantes de Santa Ana del Valle, una comunidad zapoteca de los Valles Centrales que no solo habita su territorio a 34 kilómetros de Oaxaca: lo sigue tejiendo, sembrando y hablando todos los días. Es un pueblo que ha conservado su sistema de cargos comunitarios y sus formas de vida: el cultivo de maíz, frijol y calabaza para la subsistencia, y, sobre todo, su identidad como pueblo de tejedores.
Desde hace generaciones, en Santa Ana del Valle, al igual que en Teotitlán y Díaz Ordaz, las familias elaboran textiles de lana con tintes naturales como la cochinilla. Tapetes, jorongos, gabanes y morrales con diseños tradicionales y contemporáneos no son solo artesanía: son la cultura viva que se aprende en el taller, en el telar de madera y que se refleja también en la Danza de la Pluma, símbolo del sincretismo de su pueblo.
De esa fuerza comunitaria nació su museo. En 1985, mientras se realizaban trabajos de embellecimiento en la plaza principal, fueron halladas piezas arqueológicas. Especialistas del Centro INAH Oaxaca, como la arqueóloga Nelly Robles, descubrieron un entierro prehispánico de una mujer de más de 30 años (650-200 a.C.), con ofrenda de un perro y vasijas símbolo de fertilidad. Ante el hallazgo, la comunidad decidió no dejar ir su memoria.
Así, el 12 de septiembre de 1986, con el impulso de toda la población que donó piezas y relatos, se fundó el Museo Comunitario Shan Dany: el primer museo comunitario de Oaxaca y uno de los proyectos pioneros que daría origen a la Red de Museos Comunitarios de México y América Latina.
El Shan Dany no es una vitrina del pasado, es la casa de la comunidad. En sus cuatro salas resguarda su historia viva: la Sala de Arqueología con el entierro, el relieve del Dios Cocijo y estelas zapotecas; la Sala de la Revolución Mexicana; la Sala de la Danza de la Pluma y la Sala del Textil, donde un antiguo telar explica el proceso de teñido y tejido que hoy sigue sosteniendo a las familias.
A 40 años de su apertura, demuestra por qué la creación de un museo comunitario es vital: porque es la comunidad misma decidiendo proteger, conservar y contar su propio legado.